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lunes, 1 de febrero de 2010

El periodismo canalla y otros artículos


El periodismo canalla y otros artículos



Patricia Galindo Lozano

“La comedia humana nunca se queda sin material, nunca te defrauda”, afirma Tom Wolfe, considerado el fundador del nuevo periodismo, en su libro El periodismo canalla y otros artículos, y quien, con un humor muy agudo, hace un análisis de la sociedad contemporánea estadounidense a través de una serie de artículos sobre temas que están en el candelero desde finales del siglo pasado, como la tecnología electrónica, el Internet, la neurociencia, la sociobiología y temas cuyo interés nunca pasa de moda, como la literatura, el periodismo y el arte.

El libro se divide en tres apartados: “La bestia humana”, “Vita robusta, ars anorexica” y “El caso del «New Yorker»”, integrados cada uno por artículos de diversas extensiones.

El primero de éstos inicia con una apasionante crónica sobre la fundación de Silicon Valley en Palo Alto, California, sede de las grandes empresas dedicadas a la electrónica y la computación, como Hewlett Packard, IBM e Intel, entre otras. Toma como punto de partida la vida de Robert Noyce, inventor del microchip, quien fue uno de los primeros en establecerse en esa zona e implantar una nueva forma de trabajo, más democrática e igualitaria, sin jerarquías laborales, ni trajes elegantes, ni comidas de negocios en restaurantes caros, y que transformó en una filosofía de trabajo y estilo de vida.

De una manera muy amena Wolfe relata las alianzas de las grandes firmas, el “pirateo” de empleados entre las empresas y el desarrollo de la tecnología contemporánea, desde la invención del transistor, en 1948, hasta el microprocesador utilizado en la actualidad, principalmente en la industria computacional.

Siguiendo en el mismo tema, comenta los orígenes teóricos del Internet en la década de los 20, en las ideas del visionario Pierre Teilhard de Chardin, sacerdote jesuita quien fue el primero en concebir “una especie de sistema nervioso que uniría a toda la humanidad”, a la que llamó noosfera, conectada a través de la radio, el teléfono y la televisión. Más tarde, Marshall McLuhan retomaría estas ideas para desarrollar su concepto de aldea global, término vigente hasta nuestros días y muy citado por quienes se mueven en el medio de las redes computacionales y el Internet.

Los últimos dos artículos de este capítulo tratan sobre el desarrollo de la
sociobiología por Edward Wilson, entomólogo norteamericano que dedicó la mayor parte de su vida al estudio de las sociedades de insectos, sobre los que publicó varios libros. El más importante fue Sociobiología: la nueva síntesis el cual provocó gran conmoción entre los científicos, ya que en él establece que el hombre y las obras humanas son producto de una serie de pautas arraigadas que se repiten en el transcurso de la evolución. Wilson fundamentó su teoría en la genética y la evolución darwiniana, y con ello dio lugar al desarrollo de una nueva disciplina llamada neurociencia, la cual echa por tierra una buena parte de las teorías sociales, filosóficas y psicológicas del comportamiento humano. La neurociencia estudia el determinismo genético del ser humano, establece que el cerebro no es una pizarra en blanco en espera de ser llenada por la experiencia (como sostenía Aristóteles) sino un negativo que se va revelando a lo largo de la vida; es decir, la información ya está ahí desde que nacemos, encerrada en los genes. Lo anterior significa que nuestras elecciones no son producto del libre albedrío sino de tendencias grabadas en el hipotálamo o en otro órgano cerebral. Como Wolfe lo define muy bien, “la belleza no depende del cristal con que se mire sino de los genes de quien la mira”.

El estudio de esta nueva corriente ha tenido tanto éxito que el número de estudiantes interesados en esta materia se incrementó de 1100 en 1970 a 26 000 en el 2000, aunque hay, como en todo, su contraparte: muchos científicos no están de acuerdo con estas teorías. Sólo el futuro tiene la respuesta a esta polémica.

En el siguiente apartado, “Vita robusta, ars anorexica”, Tom Wolfe se expresa con ironía de ciertos intelectuales contemporáneos, quienes han acuñado términos para opinar sobre cualquier tipo de fenómeno social, político, económico, etc., sin conocer a fondo la situación. Como él mismo los define, citando a un diplomático francés: “un intelectual es una persona versada en un único campo y que sólo opina sobre otros”.

Wolfe se remite al año de 1898 cuando Clemenceau usó por primera vez esta palabra para referirse al trabajador intelectual que adopta una postura política; en este caso a Marcel Proust y a Anatole France, quienes se aliaron con Emile Zola en la defensa del acusado en el famoso caso Dreyfus. Zola, a diferencia de éstos y otros escritores, conocía profundamente el caso en cuestión y estaba verdaderamente comprometido con su defensa. Los “otros intelectuales” no necesitaban hacer fastidiosas labores de investigación, ni requerían una educación especializada, sólo necesitaban indignarse ante el poder y los burgueses, y manifestarlo públicamente. A estas actitudes Wolfe las llama marxismo rococó, por el hecho de que este tipo de académicos, escritores y periodistas se enredan en complejas discusiones de forma pero no de fondo, es decir, “de dientes para afuera”, porque comprometerse verdaderamente requeriría de esfuerzos que “estos intelectuales” —es decir el tipo de intelectuales con los que Wolfe está peleado a muerte— no están dispuestos a realizar.

En “El artista invisible”, el autor denuncia la indiferencia que han sufrido los verdaderos artistas de Estado Unidos por parte de los críticos de arte, o sea los encargados de decir qué se considera arte y qué no, y a partir de ahí el artista en cuestión puede obtener reconocimiento, fama y, por supuesto, dinero, ya que sus obras se venden a precios altísimos. Menciona un caso en particular, el de Frederick Hart, talentoso escultor que pasó desapercibido en el mundo de las artes plásticas pero que luchó para recuperar el verdadero arte —el clásico— de manos de los artistas abstractos modernos. Hart también destacó por idear una técnica para modelar figuras en resina acrílica, hecho que le valió ventas millonarias de sus figuras, aunque para los críticos esta popularidad equivalía a superficialidad.

El siglo XXI, dice Wolfe, quien publicó el libro en el año 2000, iniciará con el gran reaprendizaje, etapa en la que la humanidad volteará hacia el siglo XX y se horrorizará de la guerras mundiales, de la destrucción del planeta por el hombre, de la hambruna, de las epidemias como el SIDA, de la decadencia de los valores éticos y morales, y se asombrará “de la insolencia prometeica [del hombre] de desafiar a los dioses y llevar la libertad y el poder humanos hasta extremos absolutos”, todo con el propósito de empezar de cero e instaurar un nuevo orden social. En cambio, el hombre se dispondrá a vivir la resaca del siglo xx. Instalado cómodamente en su casa, matará el tiempo navegando por Internet.

El último texto de la segunda parte lo dedica a sus “tres comparsas”, como Wolfe llama a John Updike, John Irving y Norman Mailer, tres reconocidos novelistas norteamericanos que criticaron enconadamente la última novela del propio Tom Wolfe, Todo un hombre. Después de 11 años de no publicar un libro, apareció esta novela, que alcanzó grandes ventas a lo largo y ancho de los Estados Unidos y muy buenos comentarios por parte de diversos críticos de importantes medios de comunicación, con excepción de estos tres “ciudadanos de la tercera edad” que levantaron sus voces para decir que la novela no era literatura sino entretenimiento. Con una buena dosis de sarcasmo, Wolfe responde que sus detractores no sólo sentían una gran envidia por su éxito sino que estaban asustados porque Todo un hombre marcaba una nueva dirección en la literatura de finales del siglo XX, basada en la investigación de la realidad social de Estados Unidos del presente, y esto representa su decadencia como escritores.

Luego de hacer un repaso de la literatura norteamericana del último siglo, Tom Wolfe señala que “la novela estadounidense necesita escritores con la energía, el ímpetu para aproximarse al país de la misma manera que lo hacen los creadores de cine, es decir, con una curiosidad feroz y el deseo imperioso de mezclarse con los 270 millones de almas que los rodean”.

El último de los capítulos de este libro lo dedica a relatar la guerra entre periódicos en Nueva York durante la década de los sesenta, concretamente entre la revista semanal New Yorker y el suplemento dominical del Herald Tribune, New York, del cual el autor fue colaborador en esa época. La importancia del tema radica en que precisamente las rivalidades públicas entre columnistas de uno y otro semanario dieron lugar a lo que hoy se conoce como el nuevo periodismo. Dio color y vida a la rigidez de la información periodística de entonces y habló de temas marginales en ese momento.

El libro es sumamente entretenido. Los artículos se pueden leer en cualquier orden, aunque es recomendable la secuencia que llevan por la forma en que el autor va entretejiendo cada tema dentro de cada apartado. Los artículos están magníficamente bien escritos, con un sentido del humor fino e inteligente, y aunque el lector puede no estar de acuerdo con las opiniones del autor, no podrá dejar de reconocer que los temas están ampliamente investigados por Wolfe para ofrecernos una síntesis clara y explícita de cada uno de ellos.


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El periodismo canalla y otros artículos (Hooking Up), de Tom Wolfe. Traducción de María Eugenia Ciocchini. Está editado en pasta dura por Ediciones B (Madrid, 2000), 304 págs., y en edición de bolsillo por Suma de Letras, en su colección Punto de Lectura (Madrid, 2002), 342 págs.


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El autor

Tom Wolfe nació en Richmond, Virginia, en 1930. Trabajó en diversas publicaciones como el Washington Post y el New York Herald Tribune. Ha publicado: La banda de la casa de la bomba (1968), El nuevo periodismo (1973), La palabra pintada (1975), Elegidos para la gloria (1979, ganador del premio American Book), y Las décadas púrpuras (1982). La novela La hoguera de las vanidades (1987), lo convirtió en uno de los autores más leídos de la década, más tarde fue llevada al cine por el realizador Brian de Palma, con Tom Hanks, Melanie Griffith y Bruce Willis en los papeles principales. En 1998 publicó la novela Todo un hombre, la cual provocó fuertes polémicas en el ámbito literario norteamericano. En 2005 públicó Soy Charlotte Simmons.


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En Internet

Su sitio de Internet (en inglés): http://www.tomwolfe.com/

Información sobre el autor, en español: http://es.wikipedia.org/wiki/Tom_Wolfe



[Lecturas 1. Mayo-agosto 2003]

domingo, 1 de noviembre de 2009

Entrevista a Carlos Manuel Valdés


Entrevista a Carlos Manuel Valdés

Patricia Galindo Lozano



Carlos Manuel Valdés es maestro en Historia; ha publicado varios libros en esta materia entre los que se cuentan Esclavos negros en Saltillo (1989); La gente del mezquite (1995), el cual obtuvo el Premio Nacional Clavijero; el libro de Historia para tercero de primaria (en 1997 la primera edición y en 2000 la quinta, con un tiraje de 325 mil ejemplares), Sociedad y delincuencia en Saltillo en la época colonial (2002) y Ataque a la Misión de Nadadores (2002). Durante siete años dirigió el Archivo Municipal de Saltillo. Actualmente es catedrático de la Escuela de Psicología donde imparte la materia de Psicología existencial. Su relación con los libros es muy completa, pues además de escritor es editor y, por supuesto, un lector voraz.

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Patricia Galindo: ¿Cuándo empezaste a leer?
Carlos Valdés: Empecé a leer a los 10 años, cuando estaba en quinto de primaria. El maestro nos leía en clase El corsario negro de Emilio Salgari. Nos gustaba mucho pero nos parecía que iba muy lento, entonces algunos compañeros y yo comenzamos a comprar libros de Salgari, nos costaban $5.95 y los intercambiábamos entre nosotros. De ahí pasé a Conan Doyle con sus historias de Sherlock Holmes, luego leí a Neruda, Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

PG: ¿A esa edad te tocaba la poesía, la entendías?
CV: Tal vez no mucho pero sí me impresionaban sus poemas, sobre todo el 1 y el 20, que hasta me los aprendí de memoria.

PG: ¿Tienes algún libro preferido o los has tenido según la etapa que estabas viviendo?
CV: Bueno, cuando estaba en secundaria leía a los clásicos, me gustaban Balzac, Dostoyevski... de éste estaba prohibida su lectura en el Seminario, así que a sus libros les pegábamos portadas de otros libros como La vida de Santa Teresita de Jesús para que no se dieran cuenta. Todavía tengo por ahí uno con portadas diferentes.

PG: ¿Por qué estaba prohibida su lectura?
CV: Tal vez por la pasión que Dostoyevski imprimía en sus personajes, la rebeldía a la autoridad y a Dios, y el rector del Seminario pensaba que esto nos podría hacer sufrir; los personajes eran muy intensos.

PG: ¿Algún otro libro o autor por el que tengas preferencia?
CV: Releo a Rulfo, a Borges, Camus, Sartre, Kierkegaard. La lectura de los filósofos inspira mi trabajo.

PG: ¿Qué te dan esas lecturas?
CV: De Rulfo disfruto mucho el vocabulario, la sintaxis, el uso y dominio del lenguaje, como en El llano en llamas, “Anacleto Morones”, “Luvina”... Borges, en cambio, es un reto, descubro nuevas cosas cada vez que lo leo, en “Funes el memorioso”, “El Aleph” y otros.

PG: ¿Hay algunos autores que hayan influido en tu vida?
CV: Marx y Freud, en su momento, por haber creado un nuevo modelo teórico; Platón en el aspecto conceptual y de belleza, y algunas partes de la Biblia.

PG: ¿Tienes libros de cabecera?
CV: Antes de dormir me gusta leer poemas de Octavio Paz, Verlaine, Miguel Hernández.

PG: ¿Cuáles serían, a tu juicio, las características de un libro de cabecera?
CV: Primero te divierte, te da placer, y en segundo lugar, algunas visiones concretas sobre temas que te preocupan.

PG: ¿Cuáles son lo géneros que más lees?
CV: Filosofía, historia y literatura. La filosofía me gusta mucho, aunque tengo la obligación de leerla por mi trabajo; y de historia leo principalmente sobre la época colonial.

PG: Hay quienes opinan que en Saltillo, y en Coahuila en general, se lee más sobre historia, ¿tú qué piensas?
CV: Sí, se lee más sobre historia, y literatura, hace tiempo me lo comentó un librero. El volcarnos sobre nuestro pasado es un fenómeno coahuilense, no sólo de Saltillo; en Torreón les interesa mucho, en Múzquiz. Sin embargo, Chiapas está produciendo más que Coahuila, incluso en tzoltzil y tojolobal. Jalisco y Michoacán también están más actualizados, tienen más infraestructura. En Coahuila estamos muy atrasados todavía.

PG: ¿Crees que de todo libro se puede sacar algo bueno?
CV: No. Hay libros malos que no deberían de existir pero que se deben respetar por la libertad de expresión.

PG: ¿Cómo cuáles y por qué los consideras malos?
CV: Porque están mal escritos, con ideas fascistas, racistas, que no deben ser. A mis alumnos les digo que no lean a Luis Pazos, a Carlos Cuauhtémoc Sánchez, a Guadalupe Loaeza, pero es su decisión si lo quieren hacer.

PG: ¿Estás de acuerdo en que se lee poco en nuestros días?
CV: No, yo creo que se lee más, por dos razones: antes había gente que leía mucho pero eran pocos los que tenían acceso a los libros y ahora la gente tiene inquietudes científicas, literarias, trata de informarse, está entendiendo al mundo, aunque es un proceso que va lento. Los mexicanos vamos nueve libros atrás que los uruguayos, lo cual es una vergüenza, porque es un país muy pobre. Tuve una alumna de 61 años que me comentó que conmigo había leído su primer libro en toda su vida. En México se leen pasquines: el libro vaquero, la novela semanal, eróticos, etcétera. México tiene el primer lugar mundial en lectura de monitos y segundo en consumo de refrescos. Pero en 10 o 20 años México va a cambiar.


PG: ¿Qué aconsejarías hacer para incrementar el nivel de lectura en el país?
CV: Existe un programa en una escuela de aquí, en primero de secundaria, en el que se premia al niño lector del mes. El alumno tiene que platicar qué leyó, de qué se trata y escribir algo sobre el tema. Por ejemplo, se lee "El gigante egoísta" de Óscar Wilde, luego lo escriben, con ciertas variaciones en las que incluyen aspectos personales, etcétera, pero aprenden a sintetizar la información y a desarrollar su capacidad de escribir. Yo creo que esto ayuda mucho. Para algunos niños es un gran logro ser el lector del mes, más que tener el primer lugar en futbol o cualquier deporte, incluso hay niños que leen más libros que sus propios maestros.


[Lecturas 1. Mayo-agosto de 2003]

lunes, 26 de octubre de 2009

Entrevista a Carlos Monsiváis


Entrevista a Carlos Monsiváis

Patricia Galindo


Autor de numerosos libros, periodista de crítica aguda, ensayista, pero sobre todo cinéfilo e insaciable lector, Carlos Monsiváis es uno de los escritores más reconocidos de México. Lo mismo escribe sobre cultura, política e historia como de artes plásticas y literatura, siempre con gran humor e ingenio. Ha recibido múltiples reconocimientos y premios, entre ellos, el premio Anagrama de Ensayo por su libro Aires de familia y el Premio de Ensayo Latinoamericano Lya Kostakowsky.

Más que una entrevista nuestro encuentro fue una amena charla de más de dos horas entre el maestro Monsiváis, Jesús Guerra, editor de esta revista, y yo. Lo que a continuación se presenta es una síntesis de lo que Monsiváis nos dijo sobre su relación con los libros y la lectura.

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Patricia Galindo: ¿En qué momento de su vida se inicia en la lectura? ¿Cómo fue?
Carlos Monsiváis: Bien. Estrictamente, la pequeña distancia cronológica me impide saber cómo fue. Me acuerdo de las circunstancias: yo acababa de terminar mi curso de introducción al desciframiento de signos sobre la página y estaría terminando mi primer año de primaria, y me pasaron un ejemplar de La Odisea en la versión comprimida. Entonces me entusiasmé con Odiseo o Ulises y sé de un modo confuso, entre los debates de la mitomanía, lo que puede ser la exactitud evocativa, que me leí luego La Iliada, La Eneida, una versión también muy reducida de La Divina Comedia y me leí luego toda la editorial Billika. Y luego, a partir del quinto año de primaria, empecé a frecuentar los domingos librerías de viejo que estaban cerca de mi casa y empecé ya a variar. Me leí Los bandidos de Río Frío, no en versión reducida, y fue como descubrí que si yo no sabía hacer nada, hacía nada más gozosamente leyendo.

PG: Entonces usted no empezó con El tesoro de la juventud, como la mayoría de los lectores.
CM: Empecé con El tesoro de la juventud también, pero El tesoro de la juventud me llegó después ya de Billika, y que también tenía biografías de héroes: San Martín, O'Higgins, Juárez, Bolívar, desde luego. En ese tiempo, la Secretaría de Educación Pública publicaba una serie que se llamaba Biblioteca Enciclopédica Popular que a mí me fue muy útil; por un lado, eran locuras como Una excursión a los indios ranqueles del general Lucio B. Mancilla, un libro del siglo XIX, argentino; pero luego había la poesía de Renato Leduc o cosas que me fueron diversificando en lo que va de quinto año de primaria a tercero de secundaria que leí muchísimo de este tipo. De El tesoro de la juventud recuerdo poemas, recuerdo las ilustraciones; El tesoro de la juventud tenía, además, poemas que después encontré que eran portentosos, toda una serie de información internacional sobre las guerras, la gran guerra, en fin. Pero yo no distinguía, vamos, era un continuum de lectura. Sé que leí El tesoro de la juventud dos veces, por lo menos, pero que lo mezclaba siempre; y entonces, en secundaria descubrí la novela policial, que leí compulsivamente. Había la editorial Sopena, que era de Argentina-España, que publicaba una serie... Agatha Christie, que leí lo que pude y que sigo leyendo porque uno nunca acaba de leer un libro de Agatha Christie, siempre se equivoca en la adjudicación de la culpa, desde luego la primera novela, ¿Quién mató a Roger Akroyd?, Navidades trágicas, Tres ratones ciegos, Un triste ciprés, Maldad bajo el sol.

PG: Diez negritos...
CM: Sí, que era una canción infantil que en aquel entonces descubrí pero era Diez inditos...one little, two little, three little indians, four little, five little, six little indians...” no era Ten little neggers era Ten little indians.
[i] Luego, descubrí en la secundaria, enloquecido, a Dashiell Hammet y a Raymond Chandler que han continuado siendo mis lecturas. Entonces leí historia, leí poesía. Yo no sabía que era un lector pero era un lector, eso ya es una vocación y un oficio y una profesión y un encarnizamiento, lo que se quiera.

PG: Y, ¿tiene escritores o libros preferidos?
CM: Bueno, todo el tiempo la Biblia, siempre vuelvo a la Biblia, por lo menos una vez al día la consulto, no soy particularmente religioso pero sí soy particularmente adepto a la Biblia, tanto en la versión de Casiodoro de Reyna y Cipriano de Valera como en la versión que manda a hacer el rey James: The King James' Bible; desgraciadamente no sé alemán para poder leer la Biblia de Lutero que creo que es espectacular. Dickens, siempre vuelvo a Dickens; Balzac; Eça de Queiroz; Christopher Isherwood; Kafka, Borges, no puede pasar un día sin que lea una página de Borges, es lo más reconstituyente; pero, en fin, uno vive organizando sus lecturas.

PG: Entonces, se podría decir que las obras de esos escritores serían sus libros de cabecera...
CM: No, no puedo tener libros de cabecera porque mi cuarto es un desorden regido por los libros; la idea de libros de cabecera va cambiando conforme las torres de libros se precipitan al vacío, entonces hay que ordenarlas, organizarlas, pero estoy con deudas siempre, pagando deudas. Ahora estoy leyendo a Dostoievski con método, inmediatamente después me propongo Chéjov, luego Pushkin, Turgueneiev, es decir, una temporada rusa y luego todo lo que no he leído reciente de Estados Unidos que me interesa, en fin.

PG: ¿Qué autores norteamericanos lee?
CM: ¿De lo reciente? Phillip Roth, leí The Human Stain, me gustó bastante, leo Paul Auster que me gusta mucho, me gustaba mucho Donald Barthelme, todos esos cuentos minimalistas me parecían formidables, y bueno, siempre le recomiendan a uno algo.

PG: ¿Cuáles son los géneros que más lee?
CM: Historia, poesía, novela y literatura testimonial. Hay que leer siempre porque es la manera de mantener el idioma en renovación.

Jesús Guerra: ¿En qué idiomas lee?
CM: Básicamente en tres: español, inglés y francés; si me aventuro, intento el portugués, aunque he fracasado con Lobo Antunez, puedo más o menos con Eça de Queiroz con ayuda de diccionario, con Saramago, pero ya algo muy experimental ya no puedo. Italiano, pero la verdad es que en italiano no he pasado del XIX, cosas del Resorgimentto.

PG: Usted escribe sobre muchos temas, ¿cómo le hace?, ¿qué tanto lee?, ¿a qué horas lee?
CM: Todo el día, todo el día.

PG: ¿Lee periódicos?, ¿lee revistas?
CM: Bueno, pero eso lo leo de 6:30 a 7:30 de la mañana, me cuesta trabajo porque me irritan mucho las noticias, entonces, tengo que asimilar y luego hablar por teléfono como para ir degustando el horror; luego trabajo hasta las 3:00 digamos, si entendemos 'trabajo' de una manera muy generosa, y luego leo.

Jesús Guerra: A mí me impresiona mucho la cantidad de lecturas que hace porque me gustaría ser igual pero no puedo, en general, yo soy muy lento para leer, ¿cuántas revistas lee al mes?
CM: Leo Newsweek, Time, The Nation, eso cada semana regularmente; The Guardian, ésa me gusta bastante; The Independent, Milenio, Proceso, yo creo que ya de revistas.

Jesús Guerra: Y, ¿cuántos libros...?
CM: No, ni idea, como 200 páginas diarias, pero bueno, es que uno tiene que tener un método de lectura rápido y no buscarlo a través de cursos sino de golpes de vista, los periódicos me llevan poco tiempo porque los leo a través de golpes de vista, no me doy cuenta, y si me preguntan, recuerdo, pero es a través de una suerte de lectura fotográfica.

JG: Pero, ¿la literatura no?
CM: Bueno, la literatura puedo recordar, pero si estoy leyendo un libro a saltos, sé que lo voy a dejar, porque no me interesó. Una novela policial ya es raro que la lea tal cual, en general, la leo a saltos porque creo que el género no está en su mejor momento.

PG: Leí una entrevista que le hicieron en uno de sus cumpleaños en la que usted decía que lamentaba no haber leído más, ¿todavía sigue lamentando eso?
CM: Sí, cada vez peor, porque es la sensación de pérdida de todo aquello que pudo haberme enriquecido y que por mi culpa no sucedió.

PG: ¿Por falta de tiempo?
CM: No por falta de tiempo, por dedicarle tiempo a esa superstición que llaman la vida, ¿no?, entonces por conocer, por ejercerme como persona, si tal cosa pudiera, todo eso me quitó muchísimo tiempo. Lamento mucho haberme enamorado, lamento mucho no recordar de quién estuve enamorado, pero es un tiempo que debí invertir de otra manera.

PG: (Risas) Es más constructivo, más productivo.
CM: Sí, sí, en vez de una reconstrucción de cirugía plástica debería de haber una reconstrucción de memoria afectiva.

PG: Y, ¿qué está leyendo en estos días?
CM: Estaba leyendo un libro de un señor que se llama José Miguez Bonino sobre el protestantismo latinoamericano y estaba empezando a leer Tío Vania porque además quiero ver mañana Tio Vania en la calle 42; quiero leer también Tres hermanas porque tengo la versión de Lawrence Olivier y quiero cotejarla; luego tengo ganas de leer una obra de O'Neal, The iceman came in, Llegó el hielero, porque la vi hace mucho y me pareció formidable con un reparto suntuoso encabezado por Robert Ryan. Entonces, como redescubrí esta obra, quiero releer a O'Neal y a Tennessee Williams, la posibilidad de ver además Un tranvía llamado deseo y la película que en inglés se llama The Fugitive Kind con Marlon Brando, y bueno, está la otra obra, De repente en el verano, con Elizabeth Taylor, Montgomery Cliff, Katharine Hepburn; entonces así, releer a Tennessee Williams combinando con las películas. Pero son como disciplinas de fanático, no pretenden otra cosa.

PG:¿Usted cree que de todo libro se puede sacar algo bueno?
CM: Ay, no. La lucha contra corriente puede ser buena pero demasiado fastidiosa. De un libro de Carlos Cuauhtémoc Sánchez se puede sacar el odio a la alfabetización, tal vez, pero no... Estoy exagerando. Toda esa falsa literatura me irrita mucho, aunque me divierta recordada, padezco todo esta quincallería verbal que nos inunda, yo no podría ya.

PG: También con todos los libros de autoayuda, por ejemplo.
CM: Bueno, eso es chistoso si uno piensa que alguien lo pueda leer creyendo en ellos, eso tiene la virtud que uno se imagina una comunidad de ansiosos del éxito que siguen lavando pisos —con todo el respeto para los que lavan pisos, con toda la falta de respeto a los que anhelan el éxito—, pero fuera de eso no me dice nada, salvo eso, salvo imaginarme quién puede leerlos candorosamente, y luego siempre llego a la conclusión que los miembros del gabinete de Fox. No, no, pero no lo digo como crítica, el primer acto del gabinete de Fox, esto es cierto, fue una sesión de autoayuda, porque, pensando en Fox, es aquello en lo que él puede creer, ¿no? "Autoayúdate que Dios te autoayudará", supongo que así piensa que es el refrán.

PG:¿Usted cree que en México se lee poco?, según las encuestas los mexicanos leen un libro al año. ¿Cree que estas encuestas son confiables?
CM: Es obvio que sí. Se lee poco, se lee cada vez menos, el Internet ha centuplicado las posibilidades de lectura pero de un modo que no se relaciona con lo que era la lectura tradicional, ya está todo hecho por fragmentos, por saltos, por el intercutting, entonces ya es una lectura como de montaje, y todavía no sé adónde vaya a concluir y ya no lo sabré, en mi caso sí ya es una conclusión terminal, un adjetivo que uno debe ya aplicar para todo. Espero que Fox sea un presidente terminal y que no vuelva a verlo, por como es... Lo que sucede es no sólo se lee poco, todo lo que se sabía dejó de saberse y no se ha establecido con claridad cuál es el nuevo sistema de conocimientos. José Emilio Pacheco tiene un término que me parece muy ilustrativo, las alusiones perdidas, decirle a alguien algo que cuando yo era adolescente todavía se podía decir sin problema, el tonel de las danaídes, ahora el talón de Aquiles, gracias a Brad Pitt, se ha rehabilitado como metáfora, pero cuántas cosas hay que ya no funcionan: Venus nace de la amarga espuma o todo lo que era de referencia mitológica, de Zeus, de Minerva, de Juno, todo eso ya no está y las referencias cinematográficas, salvo algunos casos, no alcanzan el grado de mitología internacional perdurable, es decir, Red Butler, Scarlet O'Hara, son una excepción, pero, en general uno no puede ya pensar como antes se hablaba de Abelardo y Eloísa, ¿qué quiere decir para un joven Abelardo y Eloísa?, ya nada. Entonces, como se ha perdido ya todo un sistema de alusiones culturales, es obvio que la lectura que respaldaba, nutría, solidificaba el sistema de relaciones culturales está muerta, entonces, ¿qué se está leyendo y cómo se está leyendo?, no sabría decirlo, pero ciertamente el lugar que ocupaba Mefistófeles en el menudo o mayoreo con Fausto, lo ocupa Darth Vader, o los villanos de El señor de los anillos. Ha habido un tal desplazamiento de conocimientos y de referencias que hace pensar que la lectura que se conocía sí está desapareciendo porque implicaba un método que no estaba sustentado en las imágenes y ahora es iconósfera todo, todo es vida de la imagen.

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Nota:



[i] No es por afán de corregir al maestro Monsiváis, quien tampoco tiene que saber todo sobre todo —aunque a veces da la impresión de que sí lo sabe—, pero me parece un dato interesante: después de la entrevista revisé mi vieja edición de las obras selectas de Ágata Christie y no sólo comprobé que el título castellano es Diez negritos, sino que por increíble que parezca el título original es Ten Little Neggers. ¿Y qué pasó con Ten Little Indians? Indagué un poco más y encontré la explicación en The Bedside, Bathtube and Armchair Companion to Ágata Christie, editado por Dick Riley y Pam McAllister, y publicado por MJF Books, de Estados Unidos. El título original en Inglaterra fue Ten Little Neggers porque en dicho país la palabra negger no era considerada despectiva, por lo menos en el momento en que el libro se publicó por primera vez (1939), y procedía de una canción infantil de Gran Bretaña. En Estados Unidos fue donde los editores consideraron que la palabra en cuestión era ofensiva y cambiaron el título a Ten Little Indians, que procede también de una canción infantil pero norteamericana.


[Lecturas 5. Octubre 2004-marzo 2005]

domingo, 25 de octubre de 2009

Entrevista a Elsa Cross


Entrevista a Elsa Cross

Patricia Galindo


El 12 de noviembre de 2006 estuvo en Saltillo la reconocida poeta, ensayista y traductora literaria Elsa Cross, invitada por la Coordinación General de Bibliotecas, Publicaciones y Librerías para cerrar, con la lectura de algunos de sus poemas, el Primer Maratón de Lectura. Momentos antes de su presentación, nos concedió esta entrevista.

Elsa Cross es doctora en Filosofía y Letras por la UNAM, y actualmente es catedrática en la misma universidad. En 1990 recibió el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes por El diván de Antar, y en 1992 recibió el Premio Nacional de Poesía Jaime Sabines por Moira. Entre sus poemarios se encuentran, además, Espejo al sol, Canto Malabar y otros poemas, Jaguar, Cantáridas y Los sueños.

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Patricia Galindo: ¿Cuando empezó a leer?
Elsa Cross: Alrededor de los nueve o diez años, gracias a una biblioteca que había en mi casa; mi papá tenía una colección de libros clásicos adaptados para niños, de la serie Araluce de Barcelona. Incluía autores como Shakespeare, Calderón de la Barca, Tirso de Molina, Goethe, Dante, Wagner. Además en casa de mi abuela también había una biblioteca; estaba rodeada de libros. En mi adolescencia leí muchísimo a Dostoyevski, Flaubert, Homero, y también algunas porquerías porque a esa edad no sabía distinguir entre los buenos y malos libros.

PG: ¿Qué libros o autores la marcaron?
EC: Me impactó mucho la lectura de fragmentos de la Ilíada, su lenguaje; me ayudaba que yo ya tenía referencias sobre la mitología griega, que es básica para entrar a la cultura occidental porque ésta se encuentra llena de alusiones a ella, en la pintura, la música, la danza, la escultura; si uno no la conoce es difícil entender una obra, un poema, la ópera de Monteverde, la de Puccini.

PG: ¿Qué le aporta la lectura?
EC: Los grandes libros son los que en cada lectura te enriquecen, te descubren un aspecto nuevo. Los libros que no son tan buenos se agotan en la primera lectura, como las películas malas. Algunos poetas a los que siempre regreso son Saint-John Perse, Ezra Pound, Octavio Paz; los griegos: Cavafis, Elytes y Seferis; otros como Paul Celan, porque tienen una extraordinaria riqueza de lenguaje, de recursos poéticos, un trasfondo que no se puede captar tan fácilmente.

PG: ¿A qué autores recomienda para quienes se inician en la poesía?
EC: Sabines, Pablo Neruda, García Lorca, son buenos poetas y al mismo tiempo muy accesibles, son directos en los temas. Les sugiero que no lean a la fuerza, si algo no los jala, si no les dice nada, déjenlo, busquen otro autor; si una puerta está cerrada, entren por la ventana; no hagan de la lectura una obligación odiosa.

PG: ¿Y en el género de novela?
EC: Hay una novela del siglo I, de un autor latino llamado Apuleyo, El asno de oro, que trata de un hombre que queda accidentalmente convertido en burro. Es un relato gracioso que muestra las costumbres de aquella época, y sería una película fantástica. Está llena de historias, como el Quijote, en donde hay muchos relatos dentro de la novela, lo que la hace muy ágil. El asno de oro tiene un fondo profundo y bonito, se lee muy fácil, puede ser una buena entrada antes de comenzar con algo más complicado, y continuar con los clásicos. Otro clásico es el Decamerón de Bocaccio, que son 100 cuentos llenos de cosas pícaras y divertidas.

PG: ¿Qué está leyendo actualmente?
EC: Algunos libros que tienen que ver con filosofía de la India y de religiones antiguas. Recientemente acabo de leer un libro de poemas de Julián Herbert que me gustó mucho. También leí Relatos verdaderos de Luciano, autor del siglo II, y cuenta de un viaje a la luna; es de los primeros autores que trataron acerca de un viaje a la luna; van navegando en el mar y un ventarrón los lanza a la luna; tiene muchas sorpresas.



[Lecturas 7. Primavera-verano de 2007]

domingo, 4 de octubre de 2009

Entrevista a don Antonio Malacara




Entrevista a don Antonio Malacara
Patricia Galindo Lozano



Antonio Malacara Martínez nació en Saltillo, Coahuila. Se inició en el periodismo en 1957 en el diario El Sol del Norte y desde entonces ha escrito para diversas publicaciones. Es autor de los siguientes libros: Dos momentos de una historia, 1990; Los días y los temas, 1990; Antología de la poesía de Felipe Sánchez de la Fuente, 1991; De todos los días, 1997 y Señales de humo, 2001, este último editado por la SEPC a través de la Dirección Estatal de Bibliotecas [y posteriormente Memoria de papel, 2005, editado también por la SEPC a través de la Coordinación General de Bibliotecas, Publicaciones y Librerías]. Obtuvo el Premio Estatal de Periodismo en 1990 y la Presea Saltillo 2000, otorgada por el Republicano Ayuntamiento de Saltillo.

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Lecturas: ¿Cuándo empezó a leer?
Antonio Malacara: Entre los 7 y 8 años de edad, mi padre me regaló Corazón, diario de un niño. Fue mi primer libro. Un libro que me impactó porque me dio a conocer muchas cosas que yo desconocía, mejor dicho, cosas a las que yo no había prestado atención o no había advertido: las desigualdades sociales, la solidaridad, el patriotismo, en fin, una serie de lecciones muy valiosas. Nunca lo he olvidado.

L: ¿Lo releyó después?
AM: Sí, años después. Inclusive alguna vez vi una película basada en uno de los cuentos: “De los Apeninos a los Andes”, o algo por el estilo.

L: ¿Ha tenido algún libro preferido, ya sea a lo largo de su vida, o quizá por etapas?
AM: Sí tengo libros preferidos y me ha sucedido una cosa: libros que me gustaron, digamos a los 15, 18 años, después que los releí ya a los 30, 40 años, no les encontré nada. Y dije: “¿Pues por qué me gustaban?” Pero obviamente el que cambió fui yo, no el libro. Tengo libros preferidos; de cuestiones filosóficas me gusta lo de Julián Marías, Ortega y Gasset... De literatura siempre me gustó Hemingway, John Dos Passos y Sherwood Anderson, y hay otros... y sobre todo, sobre todas las cosas... Shakespeare. Es un tesoro inagotable. No es, como se pensaría, un autor aburrido, de ninguna manera.

L: Usted, ¿relee con frecuencia?
AM: De vez en cuando, no de una manera determinada. Releo cuando me apetece; ciertas circunstancias me hacen recordar determinado libro y lo releo.

L: ¿Por qué lee?
AM: Bueno, fíjate que en la lectura encuentra uno, en la escritura mejor dicho, encuentra uno inquietudes, o sentimientos que uno trae. Pero de todas maneras se hace un hábito si se toma desde temprana edad. Ya después, es como el cigarrillo, es una cosa muy agradable y ya no se lo puede uno quitar... aunque no es dañino para la salud.

No pude estudiar una profesión, tuve que ponerme a trabajar pronto. Entonces no quería yo ignorar de temas como derecho, política, economía, educación, etcétera. Esto fue lo que me hizo comenzar mi biblioteca, mejor que un diccionario, tengo cantidad de libros sobre estos temas que me sirven de consulta.

L: ¿Hay libros o autores que usted reconozca que han influido directamente en su vida, de alguna manera?
AM: Hay dos autores franceses que me impactaron mucho y en alguna forma moldearon mi manera de pensar: Jean- Paul Sartre y Albert Camus. Son los dos escritores que en una determinada época de mi vida me impactaron, allá por los años 50, cuando estaban en el apogeo de su fama y cuyas actitudes o declaraciones o lo que sea eran noticia, hasta de ocho columnas, cosa que ya no se ha visto jamás con un pensador.

L: ¿De qué forma lo influyeron?
AM: Bueno, Jean-Paul Sartre me impactó por la manera en que visualiza o vive la soledad del hombre. Es muy ilustrativo el caso que pinta de Roquentín, el personaje de La náusea, que de pronto se da cuenta de que todo es una gratuidad, que no hay nada... y a partir de ahí empieza a evolucionar su pensamiento. Eso fue lo que más me impactó de Sartre. De Camus, sus ideas de libertad y su conciencia social.

L: ¿Tiene libros de cabecera?
AM: Pues solía tener libros de cabecera, ahora ya tengo un problema para leer. El libro éste que estoy leyendo, Cuando fumar era un placer (de Cristina Peri Rossi), es doble placer porque trae un tipo de letra grande que me facilita mucho la lectura. Con un libro de letra pequeña ya batallo, y en la noche, suspendo mis actividades. Pero leo en el curso del día, en la mañana... al mediodía leo los periódicos, y en la tarde siempre leo.

L: ¿Cuáles serían esos libros de cabecera que tuvo?
AM: Pues, ¿qué te diré? Libros de teoría o novela y poesía. A mí me gusta mucho la poesía. Pero esos libros, qué te diría yo... los ensayos de Alfonso Reyes, de Octavio Paz o los dos libritos de Rulfo. Sí, hay cosas que te dejan tranquilo, que no te inquietan demasiado para dormir.

L: ¿Cuáles son los géneros que más lee?
AM: Bueno, generalmente ensayo y novela o narración en general. Son los dos géneros básicos, sin descuidar, por supuesto, la poesía, porque, como te digo, la poesía me gusta mucho.

L: ¿Usted cree que de todo libro, por malo que sea, se puede sacar algo bueno?
AM: Por lo menos, la ortografía.

L: ¿Está de acuerdo que se lee poco en estos días?
AM: Sí, es algo de lamentarse, en México se lee poco. Yo me quedo asombrado con los tirajes en España, en Argentina, en Estados Unidos, una cosa fantástica, y aquí no pasan las ediciones de 3000 ejemplares, y eso cuando es un éxito.

L: ¿Qué aconsejaría que se pudiera hacer para tratar de incrementar la lectura en México?
AM: En los últimos años se ha hablado de programas para estimular a los niños a leer pero para mí, y lo digo por mi caso, la mejor manera es que los padres los estimulen, que los vean leer a ellos para que el niño tenga también curiosidad o ganas de leer. Fue mi caso, porque a mí me llamaba la atención que todas las noches veía a mi padre con un libro o con una revista, bueno, “qué será eso que tanto le atrae”, pensaba yo, ¿no? Y tan pronto como aprendí a leer, inmediatamente empecé a devorar libros. Allá en los años 40 y 50 fue cuando leí más, ya después, los trabajos... se hizo más esporádico, pero la lectura es, como le llaman, “el vicio impune”, no lo deja uno, igual que... [levanta una mano y muestra un cigarro encendido].

L: A lo largo de toda su vida como lector, ¿qué cambios importantes ha visto en los libros, en la escritura, en la edición...?
AM: Bueno, ahora hay más títulos, y mejor editados. Hay también la tendencia en muchos escritores a escribir en forma más amena de manera que te captan la atención de inmediato. Antes, generalmente los libros eran de páginas opacas, letra muy pequeña y renglones muy cerrados; ahora no, ya procuran pulirse en las ediciones.

L: ¿Qué libros está leyendo en estos días?
AM: Pues, todos estos libros que tengo a la mano... La cultura, todo lo que hay que saber (de Dietrich Schwanitz), y éste que está fabuloso, que me ha gustado mucho: El siglo de Sartre (de Bernard-Henri Lévy). Estoy leyendo otro, uno de Alberto Manguel, En el bosque del espejo, que es muy interesante y yo no le conocía más que un libro, el de Una historia de la lectura, que también es fascinante.
[Lecturas 2. Septiembre-diciembre de 2003]

viernes, 2 de octubre de 2009

Tres libros de Fernando Vallejo








Tres libros de Fernando Vallejo

Patricia Galindo Lozano

 El primer libro de este autor que llegó a mis manos fue El Desbarrancadero; el encuentro con su estilo narrativo fue un grato descubrimiento para mí, ¿cómo podía describir tan certeramente los vicios de la naturaleza humana y de las instituciones sociales y religiosas de una manera tan coloquial? Bueno esto es aparentemente, porque su hábil manejo del lenguaje y del tiempo —al fin Gramático de la lengua castellana— te llevan a reflexionar sobre los hechos triviales y cotidianos de nuestra vida de una manera aguda, divertida, y dolorosa en algunos casos. Casi todos sus libros están narrados en primera persona por un personaje llamado Fernando, mediante el cual el autor relata su vida pero con toda libertad mezcla la ficción con la realidad.

Cuando terminé de leer El Desbarrancadero me lancé a las librerías a buscar más títulos de Fernando Vallejo. Sólo encontré Mi hermano el alcalde, que igual que el anterior devoré en dos días. Posteriormente, conseguí La virgen de los sicarios, novela de la que yo tenía una vaga referencia por la película del mismo nombre y que fue adaptada del libro pero que no había visto. Como la novela también me gustó mucho, me sentí obligada a ver la película, pero no me gustó; una vez que lees el libro, cualquiera que sea, y luego ves la película, generalmente ésta no tiene nada que ver con lo que uno creó en su mente, nuestra versión suele ser mejor.

Para entonces comencé a buscar información en Internet sobre este autor, me interesaba saber qué tanto había de ficción en sus relatos, la personalidad de su personaje me había fascinado: neurótico, obsesivo y con un sentido del humor negro y agudo. Para mi sorpresa encontré un sinnúmero de sitios dedicados a este autor y a su obra, y en varios de ellos me enteré que además de escritor es biólogo y cineasta, que tiene un profundo amor por los animales y que se siente decepcionado de la especie humana; que en el año 2003 recibió el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, que otorga el gobierno de Venezuela, por su libro El Desbarrancadero, y que el premio consistió en 100 mil dólares los cuales donó a una sociedad venezolana de protección a los animales. Este hecho, junto con las declaraciones que ha hecho a los medios sobre la iglesia y los líderes religiosos, le han acarreado una serie de críticas tanto de intelectuales como de lectores latinoamericanos. Entre sus comentarios ha dicho, por ejemplo, del Papa Juan Pablo II: “Este Papa besapisos es un alcahuete de la infamia”. Sobre los creyentes “Dios no existe. Dios es un pretexto, una abstracción brumosa que cada quien utiliza para sus fines y acomoda a la medida de su conveniencia y de sus intereses”. De Mahoma “... mantenido lúbrico que ni siquiera hacía milagros, que despreciaba a los animales pero que se reproducía como ellos”. Y también despotrica contra los pobres, que sólo “saben parir y pedir”, contra los gobiernos corruptos, los narcotraficantes...

En fin, Fernando Vallejo, el autor y el personaje, es un ser extraordinario, que “escribe para llenar el vacío del tiempo [...] para olvidar lo que he vivido”, pero también para poner el dedo en la llaga, hacernos reflexionar y escandalizar a las buenas conciencias. Es un escritor polémico que provoca opiniones radicales: o te gusta mucho o no te gusta nada. A mí por supuesto me encantó por eso es que sigo enganchada a su obra; ahora estoy leyendo El río del tiempo, que comprende cinco novelas autobiográficas y que estoy disfrutando tanto como los otros.

Antes de comentar los tres libros que he mencionado, como dato extra quiero agregar que el año pasado, en la primera edición del Festival Internacional de Cine de Morelia, el colombiano Luis Ospina presentó un documental sobre la vida de este escritor, llamado La desazón extrema. Retrato incesante de Fernando Vallejo, el cual posteriormente se exhibió en la Cineteca Nacional. Ojalá nos llegue a Saltillo algún día.


El desbarrancadero

Novela con la que Fernando Vallejo ganó el premio Rómulo Gallegos, relata los últimos días que pasó el autor al lado de su hermano Darío, enfermo de sida, en Colombia.

La historia está impregnada de dolor y decepción, que el narrador transforma en rabia y desprecio por el clero, el gobierno, los pobres, incluso su propia familia.

En un ir y venir del presente al pasado, Vallejo ofrece un retrato de su querido Medellín, al que sigue añorando después de 30 años de vivir fuera del país, de su abuela y su padre, personajes entrañables en su vida, y por supuesto de Darío, con quien compartió, además de la homosexualidad, su infancia y sus correrías de juventud.

Con esta obra el autor nos confronta a una realidad cruda y dolorosa, quitándole el tono rosa al velo que nos permite vivir sin culpa, ajenos a la miseria y al sufrimiento de los demás.


Mi hermano el alcalde

Este libro, publicado después de su última novela, La rambla paralela, y tras la que declaró que ya no volvería a escribir, narra la época en que Carlos, otro de sus numerosos hermanos, fue alcalde de Támesis, un pueblo del departamento de Antioquia en Colombia.

Luego de vivir un largo tiempo en España, Carlos regresa a Colombia con Memo, su pareja. Ahí cae en cama debido a que contrae el dengue, que confunde con sida, enfermedad, según el autor, que lo trastorna y ocasiona que decida postularse como alcalde de Támesis.

Así, involucra a todos sus hermanos en esta empresa, incluyendo a Memo, quien será, ante la imposibilidad de ser primera dama, el alcalde cívico del pueblo.

Vallejo se convierte entonces en un testigo de la aventura política de su hermano. Relatada con un gran sentido del humor. El autor aprovecha las situaciones por las que pasa Carlos para denunciar los trinquetes electorales, a los políticos corruptos, para criticar la actitud de los pobladores “siempre pidiendo” y burlarse de los sueños e ingenuidad de su hermano.

Mi hermano el alcalde es, en síntesis, como dice la contraportada del libro: “la historia de un loco que cree en la vida y en el ser humano, contada por otro que no”.


La virgen de los sicarios

Es una de las novelas más conocidas de este escritor, ya que fue adaptada —por él mismo— para el cine y la película recibió muy buenas críticas en diversos festivales de cine.

El libro narra la historia de un escritor homosexual que después de 30 años regresa a Medellín, su ciudad natal, en Colombia, donde conoce a un joven sicario llamado Alexis, a quien lleva a vivir con él.

A través de su amante el escritor va descubriendo una ciudad violenta, pobre, ignorante y sin esperanza. Los jóvenes se matan unos a otros para saldar antiguas deudas, para vengarse, porque les molesta la música del vecino, porque sí. En Colombia nadie llega a viejo, “... en las comunas los destinos de los vivos están en manos de los muertos. El odio es como la pobreza: son arenas movedizas de las que no sale nadie: mientras más chapalea uno más se hunde”.

Independientemente de que uno haya visto la película, hay que leer el libro

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El Desbarrancadero. Fernando Vallejo. Editorial Alfaguara (México, noviembre de 2001), 185 págs.

Mi hermano el alcalde. Fernando Vallejo. Editorial Alfaguara (México, junio de 2004), 171 págs.

La virgen de los sicarios. Fernando Vallejo. Editorial Alfaguara (México, mayo de 1999), 121 págs.

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El autor

Fernando Vallejo nació en Medellín, Colombia, en 1942, reside en México desde hace más de 30 años. Además de novelista, es ensayista, biólogo y cineasta. Entre sus obras se cuentan, además de las mencionadas en el texto, La rambla paralela y El río del tiempo (conformada por cinco novelas de su ciclo autobiográfico: Los días azules, El fuego secreto, Los caminos a Roma, Entre fantasmas y Años de indulgencia). También ha escrito los guiones y dirigido las películas Crónica roja (1977) y En la tormenta (1980) que tocan el tema de la violencia. Es autor asimismo de dos biografías de poetas colombianos: Barba Jacon, el mensajero (1984) y Chapolas negras (1995); además de un libro de biología, La tautología darwinista y de Logoi, una gramática del lenguaje literario.


Lecturas Tu Red. Número 5. Octubre-marzo de 2005.