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domingo, 31 de enero de 2010

Primeras líneas... Cien años de soledad


Primeras líneas…


Cien años de soledad,en tres idiomas



Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos.


[Versión original en español de Gabriel García Márquez.]

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Many years later, as he faced the firing squad, Colonel Aureliano Buendía was to remember that distant afternoon when his father took him to discover ice. At that time Macondo was a village of twenty adobe houses, built on the bank of a river of clear water that ran along a bed of polished stones, which were white and enormous, like prehistoric eggs.


[One Hundred Years of Solitude. Traducción al inglés de Gregory Rabassa.]

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Bien des années plus tard, face au pelotón d’exécution, le colonel Aureliano Buendia devait se rappeler ce lointain après-midi au cours duquel son père l’émmena faire connaissance avec la glace. Macondo était alors un village d’une vingtaine de maisons en glaise et en roseaux, construites au bord d’une rivière dont les eaux diaphanes roulaient sur un lit de pierres polies, blanches, énormes comme des oeufs préhistoriques.


[Cent ans de solitude. Traducción al francés de Claude y Carmen Durand.]



[Lecturas 3. Enero-mayo de 2004]

Mostrar la cruz y empuñar la espada: comentarios del autor


Mostrar la cruz y empuñar la espada:

comentarios del autor


Fernando Gracia García

A manera de resumen
El motor de la expansión colonial-evangelizadora, durante el siglo XVIII, en el noreste de Coahuila y en la antigua provincia novohispana de Texas, fue el Colegio Franciscano de Querétaro, institución destinada a la evangelización de indígenas en las zonas más aisladas del virreinato.

Al lado de los misioneros siempre hubo soldados provenientes de los presidios militares construidos en la región. A lo lejos, mediando entre estos protagonistas del avance colonial, se encontraba la Corona española con un interés creciente en la ocupación territorial y en el dominio efectivo de Coahuila y Texas, unas provincias demasiado alejadas del poder central virreinal. Esos territorios norteños habían quedado expuestos a las injerencias de apaches y comanches, entre otras tribus nómadas que desde las grandes praderas se introducían en los dominios de la Corona siguiendo las manadas de búfalos.

En general, los frailes y los militares coincidieron en cuanto a las estrategias de avance y ocupación. Ambos servían a los propósitos de la Corona española y, como señala Herbert Bolton, “se convirtieron en agentes del gobierno colonial”. La estrategia a seguir incluía la reducción-conversión de los indígenas y el control del área territorial ocupada. Esto pudo lograrse mediante la fundación de establecimientos misionales y con la construcción de presidios militares. Ése fue el modelo de ocupación y avance colonial generalmente seguido en todo el septentrión novohispano.

Quienes sufrieron esa historia de dominación fueron los nómadas regionales que vivían como cazadores recolectores. Éstos eran confinados por los frailes en los recintos misionales y sometidos, al menos en forma temporal, a un proceso de aculturación que incluía una breve iniciación a la fe católica. En seguida eran obligados a trabajar en las siembras y en la ganadería misionales para tratar de transformarlos en agricultores sedentarios y en gente “civilizada” según los valores y principios de la vida occidental.

Estos intentos de aculturación tuvieron escasos resultados. Los nativos reducidos protagonizaban rebeliones y levantamientos, a veces controlados por los soldados del presidio adjunto al complejo misional, o bien huían de los recintos administrados por los frailes. Esa situación se repitió una y otra vez a lo largo del siglo XVIII, obligando a los misioneros a deambular continuamente en busca de indígenas que aceptaran vivir bajo el régimen de reducción con el fin de justificar su presencia en el territorio de evangelización.

En la segunda mitad del siglo XVIII, los frailes del Colegio de Querétaro pretendieron evangelizar a los apaches lipanes, que desde tiempo atrás incursionaban en los territorios de Coahuila y Texas. Las misiones para apaches, caso de San Sabá y de los establecimientos misionales ubicados en el valle de San Joseph, duraron poco tiempo, pues terminaron siendo asaltadas e incendiadas por los comanches.

Ante la espiral de guerra y de violencia desencadenada en todo el septentrión, el gobierno borbónico trató de cambiar su política de ocupación a fines del siglo XVIII. En lugar de apoyarse en los tradicionales proyectos misionales, las autoridades virreinales prefirieron depositar su confianza en los soldados e impulsar la ofensiva militar a lo largo de la frontera de guerra con las tribus insumisas. En el año de 1768, el mariscal de campo marqués de Rubí, fue comisionado por el gobierno español a visitar la frontera septentrional. En su informe no sólo consideró inútiles los intentos de convertir a los apaches lipanes, sino que acusó a los vecinos de Coahuila de no estar preparados para defender sus propiedades, debido, según Rubí, “al sistema pacífico que se observa religiosamente en esta Gobernación”. En suma, aconsejó al virrey de levantar nuevas fortalezas en parajes estratégicos para la defensa de la Nueva Vizcaya y de Coahuila. Una de sus decisiones personales fue la supresión del presidio de San Sabá, que junto con el de San Antonio de Béjar y el de San Juan Bautista de Río Grande habían sido destinados a la protección de los complejos misionales administrados por los franciscanos del Colegio de Querétaro.

Así pues, a fines de los años sesenta del siglo XVIII, se estaba dando un cambio de actitud con respecto a los hasta ese momento considerados indios gentiles, merecedores de la salvación cristiana. Al menos los apaches eran catalogados de enemigos declarados de la Corona y se consideraba necesario erradicarlos o incluso exterminarlos, por constituir un obstáculo al avance colonial. Ese giro belicista fue introducido en el Reglamento de Presidios aprobado por Carlos III en 1772.

Pronto entendieron los prelados del Colegio de Querétaro la nueva estrategia gubernamental y, a partir de 1772, renunciaron al territorio de evangelización comprendido entre el área texana del río San Antonio y el área coahuilense de Río Grande. En un acto de entrega formal, con inventarios incluidos, cedieron los cuatro establecimientos misionales de San Antonio a los misioneros guadalupanos de Zacatecas, y San Juan Bautista y San Bernardo de Río Grande a los frailes de la provincia de Santiago de Jalisco.

Es necesario advertir que las dos misiones coahuilenses de Río Grande, San Juan Bautista y San Bernardo, habían estado bajo la administración del Colegio de Querétaro desde comienzos del siglo XVIII. Es decir, durante 72 años. Esos frailes decidieron emplear sus esfuerzos apostólicos en Sonora, en donde recibieron algunas de las antiguas misiones jesuitas abandonadas tras el decreto de expulsión de 1767.


Fuentes empleadas en la investigación
El presente trabajo se sitúa en el campo de la historia regional. Está basado en fuentes de archivo de primera mano, en fuentes primarias ya publicadas y en fuentes secundarias tanto estándares como nuevas. Algunos de los textos empleados, sobre todo las crónicas franciscanas, constituyen una rica fuente de información, pues son relatos hechos por los mismos protagonistas de la evangelización. Por lo general se ajustan a un modelo discursivo fijado en la tradición de la orden religiosa y el lector se ve obligado a discernir entre los aspectos narrativos derivados del modelo y los que refieren una situación histórica concreta. A favor del lector actúa la perspectiva temporal, pues permite detectar la importancia de ciertos hechos que casi pasaron desapercibidos al mismo cronista.

Muchos de los documentos franciscanos y civiles empleados en mi trabajo no han sido suficientemente utilizados por los historiadores. Sin embargo, constituyen una buena vía de acceso a las etapas formativas de la sociedad coahuilense. Me permito ponerlos a la disposición de otros investigadores. Entre los documentos referidos en el libro Mostrar la cruz y empuñar la espada figuran:
• 27 documentos procedentes del AGN, del AGEC y del ACSF de Celaya.
• He utilizado 19 documentos impresos, que son fuentes primarias recopiladas por otros autores.
• La bibliografía general comprende 136 libros, incluyendo algunas obras impresas en la época colonial, tales como las mencionadas crónicas franciscanas y los informes y reglamentos de las autoridades coloniales.
• Al lado de los estudios clásicos, de Vito Alessio Robles y de Herbert Bolton, figuran estudios actuales realizados por especialistas en historia regional; ente los autores citados en mi libro figuran Cecilia Sheridan, Carlos Manuel Valdés y Martha Rodríguez, todos ellos residentes en Saltillo.

Notas acerca del libro
Me permito compartir con ustedes algunas conclusiones obtenidas sobre el importante tema de la evangelización indígena, uno de los asuntos obligados de la historia de México. En Mostrar la cruz y empuñar la espada se destacan ciertas contradicciones en el proceso evangelizador originadas en el hecho de que los frailes se auxiliaron de militares al llevar a cabo sus tareas apostólicas.

La elección de las misiones del área coahuilense de Río Grande como objeto de un estudio histórico es muy justificada. Una vez establecido el complejo misional hacia el año 1700, se conformó un nuevo espacio poblacional y un puesto avanzado de carácter defensivo desde donde se realizaron múltiples entradas militares y evangelizadoras a Texas.


Entre los actores colectivos incluidos en Mostrar la cruz y empuñar la espada destacan los grupos de cazadores-recolectores que habitaban en la región, con su tenaz resistencia a la asimilación y a la pérdida de su identidad cultural.

Si bien algunos pueden considerar un tanto arriesgado haber tratado el proceso evangelizador desde una perspectiva indigenista, poco usual en este tipo de trabajos, a la vez resulta meritorio cuestionar anteriores versiones de la evangelización en que los misioneros únicamente eran presentados como héroes en busca del martirio en territorios de gentes consideradas bárbaras por los propios evangelizadores. Como he querido demostrar en este trabajo, los escasos resultados obtenidos habría que achacarlos, entre otras cosas, a los prejuicios culturales de los frailes y al desconocimiento del mundo indígena.

Se puede establecer que aun con ayuda militar o quizás por haber empleado la fuerza militar, el método evangelizador consistente en reducir a los antiguos indígenas de Coahuila en misiones produjo escasos resultados. Nunca se podrá saber con seguridad la autenticidad de las conversiones ya que los nativos eran obligados, con amenaza de castigos físicos, a asistir a la doctrina y a cumplir con los deberes cristianos.

De acuerdo a datos económicos comprobados, las misiones de Río Grande lograron superar el nivel de autosuficiencia alimentaria. Sin embargo, los frailes no propiciaron el desarrollo particular del nativo ni su incorporación a la sociedad colonial. Más bien, los misioneros se dedicaron a administrar los bienes comunes de la misión y a impulsar un tipo de trabajo colectivo y obligatorio supervisado por capataces.

Resulta concluyente que los nativos reducidos en misión no tuvieron la intención de convertirse al catolicismo, ni mucho menos de someterse a los designios de la Corona española, tal y como se contemplaba en las Leyes de Indias. Todo indica que los naturales buscaban un refugio temporal en el recinto misional y que, pasadas las situaciones de penuria o de guerra intertribal, huían para retornar a la vida nómada.

Cabe insertar la renuncia a las misiones de Río Grande y del río San Antonio en el contexto de la nueva política borbónica orientada a intervenir militarmente en la frontera septentrional en lugar del tradicional apoyo a los proyectos misionales.

Sin embargo, por más que los prelados del Colegio de Querétaro hayan tratado de justificar el abandono del territorio evangelizador del noreste con el conveniente argumento de concentrar sus esfuerzos apostólicos en Sonora, todo indica que la renuncia misional se debió al estado de guerra existente en la región propiciada por las incursiones de tribus ecuestres. Otra causa probable del abandono franciscano quizás haya sido la dificultad de encontrar nativos dispuestos a afrontar el riesgo de ser confinados en los recintos misionales.

Desde luego, corresponde a ustedes, como lectores, emitir un juicio acerca de las conclusiones obtenidas en Mostrar la cruz y empuñar la espada.

Les doy las gracias por su amable atención y aún les quedaré más agradecido si dedican un tiempo a leer este libro.

AgradecimientosQuiero agradecer al Gobierno del Estado su interés en la publicación del libro Mostrar la cruz y empuñar la espada.

Agradezco al profesor Rodolfo Navarrete, director general de Bibliotecas, Publicaciones y Librerías del Estado, por iniciar el programa de publicaciones del año 2004 con un libro de historia. En la edición, corrección de estilo y diseño participó un equipo de trabajo integrado por el licenciado Jesús Guerra, la profesora Laura González, la licenciada Patricia Galindo y la licenciada Gloria González. Ellos analizaron y revisaron varias veces el texto hasta la impresión final. Muchas gracias a ese formidable equipo.

Gracias a las gestiones de la Sección 38 del SNTE pude estudiar un doctorado en Historia en la UAZ, presentar la tesis de grado y, finalmente, escribir este libro. Aprovecho la oportunidad para rendir tributo al gremio magisterial que tanto apoyo me ha otorgado.

Mi agradecimiento a todos los asistentes al evento. De manera especial a mi familia y a mi esposa. Con su ayuda y comprensión pude terminar este libro.

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Mostrar la cruz y empuñar la espada. Apoyo militar a la evangelización indígena en el área coahuilense de Río Grande entre 1700 y 1772. Fernando Gracia García. Secretaría de Educación Pública / Dirección General de Bibliotecas, Publicaciones y Librerías. 2003. 244 págs.


[Lecturas 3. Enero-mayo de 2004]

sábado, 30 de enero de 2010

Mostrar la cruz y empuñar la espada. Presentación


Presentación del libro

Mostrar la cruz y empuñar la espada


Javier Villarreal Lozano

Agradezco a Fernando Gracia García la amable invitación a comentar su provocativo texto, editado por la Secretaría de Educación Pública de Coahuila a través de su Dirección General de Bibliotecas, Publicaciones y Librerías. Sin falsa modestia, estoy cierto que hay docenas de personas más capacitadas para hacer un comentario acerca del libro, pero el doctor Gracia García, haciendo honor a su apellido, me hizo la gracia de invitarme a mí. Él tomó el riesgo y en su salud lo hallará, como decían mis tías.

Mostrar la cruz y empuñar la espada. Apoyo militar a la evangelización indígena en el área coahuilense de Río Grande entre 1700 y 1772, es el resultado de concienzuda investigación inscrita en una sugerente línea historiográfica, cuya intención es hacer la relectura de los procesos de conquista y ocupación del noreste mexicano. Carlos Valdés Dávila, autor de La gente del mezquite; Martha Rodríguez y su Historia de resistencia y exterminio; Cecilia Sheridan, quien hace un par de años concluyó El yugo suave del Evangelio —para citar sólo tres—, han abordado el tema en sus distintas facetas, desde nuevas perspectivas y armados de los instrumentos de la historia científica.

La pregunta toral de ésta que me he atrevido a bautizar arbitrariamente “línea historiográfica”, es: ¿qué ocurrió en realidad con los nómadas que habitaban nuestro territorio a la llegada de los conquistadores? Esos pueblos ágrafos, vagamundos, carecieron hasta de la posibilidad de legarnos su visión, la visión de los vencidos, de la cual se ocupó magistralmente Miguel León Portilla al recuperar las historias de los indios del altiplano mexicano.

Gracia García, Valdés Dávila, Rodríguez y Sheridan intentan rescatar las voces perdidas, para reconstruir la visión de los vencidos de áridoamérica. En cierta manera, apoyados en documentos, estos investigadores prestan voz a los cazadores-recolectores, que la conquista y la colonización del noreste mexicano extinguieron, al menos como expresión cultural. La primera condición de la difícil tarea fue desmontar pieza por pieza las versiones de las crónicas religiosas —interpretaciones necesariamente unilaterales y no pocas veces hagiográficas—, y las aproximaciones épicas, a la manera de Carlos Pereyra, y sus retratos idealizados de aquellos “bárbaros gallardos”, que prefirieron la muerte en batalla antes de someterse al “látigo ignominioso” de la encomienda.

Gracia García enfocó su investigación a un punto neurálgico en la historia de la ocupación del territorio: los métodos evangelizadores utilizados por los franciscanos en las misiones septentrionales. En virtud de la precaución de los misioneros —jesuitas en Parras y La Laguna, franciscanos en el resto de Coahuila—, de registrar sus acciones evangelizadoras en anuas y crónicas, ambas órdenes disfrutan con lo que hoy llamaríamos “buena prensa”. Tan buena, que Vito Alessio Robles y Carlos Pereyra —no está claro quién fue el primero en bautizarlo así— no dudaron en llamar “fundador de Coahuila” a fray Juan Larios. En época más reciente, el inolvidable Agustín Churruca Peláez localizó en las anuas jesuitas material suficiente para afirmar que el verdadero y único fundador de Parras de la Fuente había sido el padre Juan Agustín Espinosa. Churruca llegó a negar la existencia del capitán Antón Martín de Zapata, a quien se tenía tradicionalmente como autor de la fundación.

Apenas ayer, charlando con el doctor Gracia García, nos deteníamos en cómo, don Vito Alessio Robles, en su monumental Coahuila y Texas en la época Colonial, sin llegar al extremo de poner en duda la existencia de Antonio Balcárcel Rivadeneyra y Sotomayor, representante del poder civil en buena parte de las incursiones misionales de fray Juan Larios, sí lo hace ocupar un desvaído segundo plano. Larios, protagonista principal, lo mismo en los textos de Alessio Robles, que en los de Carlos Pereyra y en los de Esteban L. Portillo, opaca y oculta la tenue figura de Antonio Balcárcel, cuyo papel debió ser más importante que el que le conceden los tres historiadores.

Aunque en Mostrar la cruz y empuñar la espada no llega a negar lo benéfico de la tarea misional de los franciscanos del Colegio de Propaganda Fide de Querétaro, el autor somete a escrutinio puntual el papel que desempeñaron en el área de Río Grande. Esto supuso la revisión exhaustiva de documentos disponibles en el Archivo General de la Nación, en el del Estado de Coahuila, en el del Convento de San Francisco de Celaya y en el Municipal de Saltillo, así como la lectura y análisis de una veintena de documentos impresos y una rica bibliografía compuesta por 135 títulos.

Don Alfonso Reyes, a quien causaba escozor cierto tipo de historiadores a los que calificaba de “amontonadores de datos”, estaría complacido por la forma elegida por Gracia García para abordar el espinoso tema. Sin la pretensión de ofrecer grandes revelaciones sino practicar un ejercicio de hermenéutica, llega a varias conclusiones, una de ellas toral: la entrada de la cruz en tierras septentrionales se acompañó siempre de la espada. Cruz y espada fue un binomio prácticamente indisoluble. Los soldados de Cristo marchaban codo a codo, no sin roces de por medio, con los soldados del rey.

El libro, reescrito a partir de una tesis doctoral, se abre con el recuento de los prejuicios culturales, religiosos y étnicos, que lastraban el bagaje intelectual de los conquistadores. Los misioneros no fueron ajenos a tales prejuicios cuyo fundamento era la teoría aristotélica de lo perfecto y lo imperfecto. Teoría que retoma Ginés de Sepúlveda en su Demócrates, el cual dio sustento filosófico al controvertido Tratado sobre las justas causas de la guerra contra los indios. Afirma Sepúlveda: “...la ley divina y natural manda que lo más perfecto y poderoso domine sobre lo imperfecto y desigual”.

La idea sobre la imperfección de los indios justificó moralmente la conquista. Con el supuesto de su imperfección, la conquista se justificaba, dada la obligación de España de convertir —perfeccionar— a los naturales, mediante su asimilación al catolicismo. Bien vistas las cosas, la raíz del desencuentro de “perfectos” con “imperfectos” tenía su semilla en la incapacidad de los peninsulares, en particular, y los europeos, en general, para entender a los otros, los diferentes. La otredad de los indios incluía hasta costumbres que hoy nos parecen de lo más cotidiano e intrascendente. Hay en las Leyes de Burgos, decretadas a principios del siglo XVI, un artículo ahora risible donde se recomienda que los indios deberían ser persuadidos a abandonar sus diabólicas costumbres, “ni se bañen tan frecuentemente como hacen ahora, porque somos informados de que les hace mucho daño”.

Justificada moralmente la conquista, se dio por sentado que la obligación del rey y sus representantes políticos, militares y religiosos era el adoctrinamiento de los indios en la santa fe católica. Resulta difícil desde nuestra perspectiva comprender lo que representó para España el descubrimiento de América; ajustar la existencia de un nuevo continente no cristiano a las ideas religiosas de la época. El expediente, como bien lo señala Gracia García, fue culpar al demonio de la perversión de “los bárbaros”. “Lo que se opone sostiene”, solía decir don Jesús Reyes Heroles. Para el caso, el demonio fue muy útil como contraparte de la cruzada misional. Ya no se trataba de convertir a infieles colocados en ese estado por el desconocimiento de la verdadera religión, sino de arrancar a los indios de las garras de Satanás. La conquista espiritual adquiría de esta manera la categoría de cruzada, de guerra santa. Como tal, validaba prácticamente cualquier método, incluso la violencia. “Por ser incultos y bárbaros, que necesitan” como dice el padre Joseph de Acosta, “de fuera de armas para su reducción” (p. 110).

Dos siglos después de la promulgación de las Leyes de Burgos y de las primeras de Indias, los misioneros del Colegio de Propaganda Fide de Querétaro aplicaban al pie de la letra las teorías de Ginés de Sepúlveda, Francisco de Vitoria y otros.

El segundo de los capítulos del libro provee de los antecedentes indispensables para volver comprensible el tema central: la evangelización franciscana en el área de Río Grande. Este capítulo arranca con la entrada de los conquistadores a Saltillo y sus alrededores, los intentos de asimilación de los guachichiles con ayuda de colonos tlaxcaltecas, la colonización y evangelización en el centro del hoy territorio de Coahuila y los problemas que dificultaron el proceso. A partir del tercer capítulo desmenuza las circunstancias en que se desenvolvió la vida en San Juan Bautista de Río Grande y San Bernardo, donde los naturales fueron “reducidos” para, a criterio de los misioneros, facilitar su catequización. La “reducción” debió de constituir un trauma para los cazadores-recolectores. Es bien sabido que el cambio cultural del nomadismo al sedentarismo requirió centurias, pues supone una transformación radical de usos y costumbres.

Se puede estar o no de acuerdo con la tesis de Gracia García, pero resulta indudable que su texto invita a la reflexión y enriquece nuestra visión del pasado. Por eso hay que leer Mostrar la cruz y empuñar la espada.

Muchas gracias.



CECUVAR, 4 de febrero de 2004


[Lecturas 3. Enero-mayo de 2004]

martes, 3 de noviembre de 2009

El arte de amar


El arte de amar

Mercedes G. Luna Fuentes


Pensé hace tiempo que sería conveniente comenzar a leer algunos de los libros más antiguos para orientarme un poco en el camino. Para ello sirven, entre otras cosas, las grandes obras. No sabía lo que acababa de comprar aquel día, mis manos tomaron el libro que Publio Ovidio Nasón escribió una decena de años antes del nacimiento de Jesucristo: El arte de amar. Pensé que lo más antiguo sería lo más bello, en parte así fue, pero lo que no esperaba fue que estos códigos del amor fueran tan actuales. Me topé con posturas libres que probablemente eran mejor vistas en aquella época que en la nuestra, aunque ahora en su mayoría se practican veladamente. Digamos que en aquel entonces era tener clase, estilo para amar.

Al amor lo contempla Ovidio no como una entrega permanente hacia una sola persona, sino como entregas fugaces que lo dan todo, y aún así, al acabar una relación se termina con más elementos y nuevas palabras para ofrecer en la siguiente.

El arte de engañar para conseguir un momento de placer es defendido a toda costa, nos sugiere que uno se puede valer de lágrimas, tristezas y enfermedades falsas, que es válido proyectar una imagen de espíritu destrozado y que todo ello lo que realmente encubre es la verdadera máscara del deseo o de la curiosidad; el único riesgo que se corre es el siguiente: al fingir amor puede una quedar a merced de este sentimiento, es decir, encontrarse al final verdaderamente enamorada.

Era todo un epicúreo este Ovidio, no daba importancia a la edad, aspecto físico o condición de sus amantes, su interés era meramente el trofeo de dar placer a aquella que perseguía. Más que amante perfecto pareciera un superhéroe con alma de madre Teresa de Calcuta; se veía a sí mismo como un guerrero; incansable por cierto.

El arte de amar me resultó acertado, divertido, sumamente apasionado; no obstante, también provocó en mí una reducida molestia: este libro tiene dos códigos dirigidos a lectores masculinos y un único código dirigido a las mujeres, y por si no fuera suficiente la desventaja, el número de páginas del código femenino es escaso. Puede ser que Ovidio temiera dar más armas a sus futuras amantes, o sencillamente, por su condición, le pareciera suficiente. Que lástima, si este código dirigido a las mujeres, fuera más amplio —me conformaría con que el autor hubiera agregado unas cuantas páginas más—, bastaría para colocar en graves problemas a más de uno hoy en día (o incluso a la sociedad misma).

El autor maneja la alternativa de la incertidumbre, de los celos provocados, como una manera de mantener el interés. Digamos que el hacer sufrir esporádicamente es medio eficaz para retener a la persona que se quiere, o para interesar a la que se pretende.

Era extraordinario este hombre, escribió elaborados códigos amorosos que, sin duda alguna, dan resultado. ¿Cuánto tiempo dedicó Ovidio a conocer mujeres? ¿Dormía acaso? Me lo imagino bajando de un balcón con la idea en su cabeza, ¿en qué otra ventana o puerta entraría?, o pensando a qué criado convencer de guardar silencio. ¿Enamoraría a la esposa de un algún político importante? Puede ser que ésta última haya sido una de las causas de su destierro al Mar Negro.

A lo largo de la lectura, me topé con argumentos encontrados. En el código dirigido a los Apolos dice en una de sus partes:

No andéis escasos en prometer: las promesas cautivan a las mujeres. Poned a cualesquier dioses por testigos de lo prometido. Júpiter desde las alturas ríe del perjurio de los amantes, y manda a los vientos de Eolo que lleven los que son nulos, Júpiter solía jurar en vano a Juno por el lago Estigio, y él mismo nos alienta con su ejemplo (…).



Y en el código opuesto, en el dirigido a las Pentesileas dice:

Hay hombres que engañan con la apariencia de un falso amor y por los medios tales consiguen vuestra deshonra.



Un poco más delante dice:

Oh hijas de Cecrops, no creáis a los juramentos de Teseo, porque hará después de haber jurado lo que hizo antes.


¿Qué tal? Los argumentos contrarios que menciono, son elementos que el autor da a ambos sexos para luchar, dudar y debatir en el proceso de obtener el amor o entregar los favores del mismo, todo ello en un ambiente de cuestionamiento interior constante, lo que lo hace complicado y bello. ¿Quién tendrá la verdad del amor en uno de tantos encuentros? ¿Quién estará verdaderamente enamorado dejando a un lado su simple curiosidad y su egoísmo? No lo sabremos nunca, sólo quien lo vive.

Este libro no me dio respuestas, más bien representa una pequeña parte de lo que alguien es capaz de hacer por obtener amor o pasión sin remordimiento.

Me quedo con unas pregunta al cerrar el libro: ¿Qué fue lo que motivó a Ovidio a escribir estos códigos? ¿El amor, la desilusión o el cinismo de los que saben mucho?

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El arte de amar. Ovidio. Editorial Alba. Madrid, España, 2001. 96 págs.

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Ver también:


* Sobre Ovidio:
http://es.wikipedia.org/wiki/Ovidio
* Sobre El arte de amar: http://es.wikipedia.org/wiki/Arte_de_amar
* El libro se puede leer en PDF en: http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca%20digital/libros/O/Ovidio%20-%20El%20arte%20de%20amar.pdf


[Lecturas 3. Enero-mayo de 2004]


lunes, 26 de octubre de 2009

El escritor y sus hábitos


El escritor y sus hábitos

Antonio Malacara Martínez


El poeta y dramaturgo inglés T. S. Eliot, escribió a lápiz todas sus obras (su esposa se encargaba de mecanografiar sus manuscritos), las cuales escribía cuando tenía algún tiempo disponible, pues por estrecheces económicas se vio obligado a trabajar en un banco y también a hacer labores editoriales. Eliot nunca se quejó de estas circunstancias, al contrario, afirmaba que esta situación lo había obligado a una mayor concentración.

Yeats decía que escribir es un oficio solitario y sedentario. Y así es. El caso de Katherine Anne Porter demuestra hasta qué grados de soledad se puede llegar. Curiosamente algunas de sus obras las escribió en México, en los años posrevolucionarios. Por lo general, para escribir, se iba a vivir al campo donde pasaba años enteros sin visitas, ni teléfono ni distracciones. Nada que interrumpiera su trabajo. Escribía de tres a cinco horas diarias; el resto del día lo dedicaba a pensar en lo que escribiría al día siguiente.

Aldous Huxley también prefería la mañana para escribir, pero continuaba un poco antes de la cena. Cuando se sentía decaer o atascar en lo que escribía optaba por ponerse a leer. Generalmente psicología o historia. Esto lo motivaba y lo inducía a continuar. En cambio para el humorista James Thurber el trabajo de escritor se reducía a pulir y pulir hasta que la obra pareciera escrita sin esfuerzo. Por lo general reescribía hasta siete veces el borrador del libro, lo que naturalmente le llevaba mucho tiempo. Pensaba que la primera o segunda versión siempre parece haber sido escrita por una criada, de ahí su obsesión por reescribir y pulir.

William Faulkner afirmó en una célebre entrevista, que todo lo que un escritor necesita es un poco de papel, whisky y tabaco, y que el mejor ambiente para escribir es indiscutiblemente un burdel por la mañana. Hay una tranquilidad y un silencio absolutos, y por las noches hay tanta actividad social que el escritor nunca se aburre. Por su parte, Willa Cather confesaba que le era imprescindible leer un pasaje de la Biblia antes de ponerse a escribir. No lo hacía por devoción, lo admitía, sino pura y simplemente para ponerse en contacto con la buena prosa.

El italiano Alberto Moravia, al igual que Thurber, revisaba el manuscrito innumerables veces. Su método, según decía, era similar al que empleaban los pintores de hace varios siglos, aplicando, por decirlo así, capa tras capa. Nunca tomaba apuntes, ni hacía planes o esbozos, simplemente escribía a partir de un recuerdo, una persona o una experiencia. La primera versión solía parecerle bastante burda, por lo que reescribía el texto tantas veces como era necesario.

En esto de los estímulos o hábitos a que recurren o acostumbran los escritores se encuentran cosas interesantes. Henry Miller, por ejemplo, siempre prefirió, aún durante sus tormentosos años en París, trabajar dos o tres horas en la mañana después del desayuno. Escribía directamente a máquina y a gran velocidad. Hemingway se motivaba afilando los veinte lápices que siempre tenía a su alcance. Escribía invariablemente de pie, en papel cebolla, y gustaba de contar y anotar el número de palabras que había escrito durante la jornada. A Norman Mailer se le facilita la tarea de escribir en un cuarto que tenga vista al mar. Detesta los jardines y prefiere ver barcos o lanchones.

Para Robert Graves era indispensable que en la habitación donde escribía sólo hubiera objetos y muebles hechos a mano. A ese grado llegaba su irritación contra la sociedad industrial. El ruso Vladimir Nabokov gustaba de escribir casi de madrugada. Escribía sobre fichas que copiaba, aumentaba y arreglaba gradualmente hasta convertirlos en novela. Antes de que perdiera totalmente la vista, Jorge Luis Borges se llegaba hasta la Biblioteca Nacional en Buenos Aires. Se presentaba bien entrada la tarde; dictaba cartas y poemas a su secretaria, quien los pasaba a máquina y después se los leía en voz alta. Borges iba haciendo las correcciones una y otra vez hasta quedar satisfecho con el resultado.

George Seferis, el poeta griego, acostumbraba escribir notas acerca del poema que pensaba crear. Lo que hacía con el objeto de no olvidar todas las cosas que deseaba incluir en él, tales como ideas, expresiones poéticas, declaraciones poéticas, etcétera. Notas que posteriormente le recordaban cierta atmósfera para el poema que, entre tanto, maduraba y construía mentalmente.

John Steinbeck solía escribir una página diaria. Se acondicionaba psicológicamente; nunca pensaba si iba a terminar el libro algún día. Simplemente escribía. Cuando llegaba a lo que consideraba el fin, entonces procedía a reescribir capítulos enteros o corregía escenas que no resultaban de su agrado. Los diálogos siempre los leía en voz alta a medida que los escribía. Así, confesaba, obtenía el sonido del diálogo. Escribía a lápiz, siempre que éstos fueran redondos, pues los hexagonales le lastimaban los dedos. Por su parte, Thomas Mann hacía honor a su ascendencia alemana. Era exageradamente disciplinado en su trabajo; escribía invariablemente todos los días de nueve a una. En cambio, el inglés Anthony Burgess, como Mauriac, prefería la tarde. Afirmaba que a esa hora encontraba más silencio (“hasta los perros duermen a esas horas”, decía). Comía poco, y encontraba que su mente estaba más receptiva a esas alturas, así que trabajaba hasta el anochecer. John Updike escribe por las mañanas. Tiene la manía de tomar constantes notas, esté donde esté. Curiosamente, una de sus novelas, bastante descarnada, la planeó totalmente en la iglesia.

Mario Vargas Llosa confiesa ser totalmente rutinario en sus hábitos. Por lo menos mientras aún vivía en Perú, se levantaba a las 7.15 de la mañana. Corría durante treinta minutos por los alrededores de su casa en Lima. Desayunaba, leía los periódicos, y para los 8.30 estaba ya frente a su mesa de trabajo. La mitad de la jornada la empleaba en escribir directamente a máquina; la otra mitad en corregir. Por la tarde —es muy probable que siga siendo así— sólo toma notas y jamás escribe por las noches. Tiene la manía de escribir sus notas en cuadernos de pasta roja y hojas rayadas horizontalmente, los cuales adquiere regularmente en Londres.

La novelista española Rosa Chacel, aún pasados los 85 años de edad, se levantaba invariablemente a las siete de la mañana, y una hora más tarde ya se encontraba trabajando. A media mañana interrumpía su tarea para tomar un café y fumarse una pipa. Le era indiferente que a su alrededor hubiera ruidos o silencio, poseía una gran concentración cuando escribía. No acostumbraba tomar notas. “Todo lo retengo en la cabeza”, decía, “porque tengo una excelente memoria y jamás he apuntado cosas por la calle”.

Otro escritor que estaba acostumbrado al ruido era el cubano Guillermo Cabrera Infante. Ello se debe tal vez a que gran parte de su vida transcurrió en innumerables redacciones de periódicos. Gustaba de escribir directamente a máquina, porque consideraba que era la fórmula que mejor le permitía ver un adelanto de la impresión. Confesó que para escribir una historia sólo necesitaba tener el título. “Con el título”, afirmaba, “yo tengo una novela condensada. En dos palabras se pueden contener todas las sugerencias del mundo. Por ejemplo, mi última novela, que por cierto es la primera que escribo directamente en inglés, el título se me ocurrió de repente: Puro humo. Y ahí está toda una historia pop del puro, el cine y los comediantes”.

El también desaparecido Truman Capote declaraba ser un escritor completamente horizontal. Confesaba que no podía pensar a menos que estuviera acostado, ya fuera en la cama o en un diván, y con cigarrillos y café a la mano. Por la tarde, cambiaba el café por el té, y más tarde éste por el jerez. Por último, prefería los martinis. Escribía la primera versión a mano, a lápiz. Después hacía una revisión completa también a lápiz. Se consideraba un estilista, y era proclive a dejarse obsesionar por la colocación de una coma y por el peso de un punto y coma. Esta obsesión le irritaba sobremanera, por el tiempo que en ello perdía. Tenía varias supersticiones que lo perturbaban, según se lo dijo hace años a la periodista Pati Hili. Una de ellas era la de no iniciar ni concluir nada en día viernes. Curiosamente, y esto ha pasado desapercibido, murió precisamente un viernes.



[Lecturas 3. Enero-mayo de 2004]

domingo, 4 de octubre de 2009

Libros jubilados


Libros jubilados

Jesús de León



A la memoria de Torquemada,
crítico de críticos


Es duro deshacerse de los libros que amamos, ay, que seguiremos amando. ¿Quién los adoptará? ¿Quién los amará como yo los he amado? Soy muy amigo de mis libros. Los considero no solamente objetos sino espacio de conversación. Tengo obras generales, es decir, diccionarios, enciclopedias, atlas... Libros de consulta que le pueden servir a cualquiera y que tienen una función inmediata. Otros tienen una función práctica. Son almacenes de instrucciones para elaborar una serie de trabajos. Estas obras de divulgación opcional me será fácil donarlas. No son una buena inversión, pero cualquier institución las aceptará sin mayor problema. No me preocupan.

Me preocupan, en cambio, todos aquellos libros de creación o de ficción que, la verdad, no sé qué me movió a comprarlos. Aquí los parámetros se vuelven más subjetivos: gustos, fobias. Será verdaderamente difícil quitármelos de encima. Puede ser que los acepten en las bibliotecas públicas, pero exigen que se cubra el enojoso trámite de dejar asentado el nombre de quien los donó. Si los llevo a las librerías de viejo, los recibirán por una bicoca y los tratarán como mugre rechazada. Cosa peor ocurrirá con los libros de este tipo que son cortesía del autor y donde uno tiene que pasar por el penoso trance de borrar la dedicatoria o arrancar definitivamente la página para no delatarnos frente al autor y frente a otras personas. Estos libros son los niños mongolitos de mi biblioteca.

Luego están los libros que compré, por obligación, cuando estudiaba. Son los que más me inquietan. Tuvieron algo de mercado, pero ahora ya nadie los incluye en los programas de estudio. ¿Quién va a desear, a estas alturas, el Curso de literatura, de Carlos González Peña?

Muy cerca de mis libros de texto tengo mis libros de trabajo. Ésos que uno siempre necesita. En mi caso, una gran cantidad de programas, manuales, reglamentos, estatutos, etcétera. De éstos me desharé primero, precisamente para no tener malos recuerdos.

En mi estudio hay también una gran cantidad de libros de reflexión, de crítica, de análisis. Todos aquellos volúmenes que me han ayudado a pensar. Son libros siempre raros y siempre difíciles de comprar y de recomendar. También difíciles de leer. Tengo, además, kilos y kilos de periódicos, revistas, folletos, fotocopias y, por último, notas, cartas, manuscritos, es decir, mi obra personal, que será lo último que ponga en una pira para que sea lo primero que arda.

Desgraciadamente no hay estufa ni caldera ni baldío ni raso (de ésos que utilizan para quemar mariguana) ni desierto apartado en el que pueda arder semejante hoguera. Está prohibido. Ya no lo permiten las autoridades de ecología.

¿Qué hacer entonces con estos libros? ¿Quién los abrirá, les cantará y los subrayará como lo hice yo? Al quemarlos realizaría no sólo un auto de fe sino de escepticismo. ¿Se quema a los amigos? Sí, claro, pero en sentido simbólico.

En lugar de estar pensando a quién se los puedo vender o a quién se los puedo donar o cómo los puedo destruir, creo que me saldré simplemente de mi casa con lo que llevo puesto y dejaré los libros donde están. No voy a devanarme los sesos. Mi imaginación no da para tanto. Quizá el nuevo dueño sea un alma gemela, como dice la canción, un alma como la mía, que tampoco sabrá qué hacer con los libros y los dejará ahí, tal y como están, para evitarse el trabajo de pintar muros, poner papel tapiz o, por lo menos, cubrir con yeso las grietas que hay detrás de los libreros. Además, así podrá presumir a las visitas de que es un hombre de gran cultura, al fin y al cabo no cuesta nada saludar con sombrero ajeno.

Mientras tanto, yo andaré por las calles, ligero de equipaje, pero me tomaré ciertas noches para rondar mi vieja casa y perturbar, aleve, el sueño del nuevo propietario, gritando: ¡aaaayyyy miiiiis liiiibrooooos!



[Lecturas 3. Enero-mayo de 2004]