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lunes, 29 de agosto de 2011

Primeras líneas... Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy





Primeras líneas de...

Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy,
en tres idiomas


I wish either my father or my mother, or indeed both of them, as they were in duty both equally bound to it, had minded what they were about when they begot me; had they duly consider’d how much depended upon what they were then doing; (...)

(Versión original en inglés de Laurence Sterne. The Life and Opinions of Tristram Shandy, Gentleman)



Yo hubiera deseado que mi padre o mi madre, o mejor, ambos ya que los dos fueron igualmente responsables— hubiesen tomado conciencia de lo que se proponían cuando me concibieron, teniendo en cuenta mi estrecha vinculación con lo que hacían; (...)

(Traducción al español de José Antonio López de Letona. Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy)



A mon sens, lorsque mes parents m’engendrèrent, l’un ou l’autre aurait dû prendre garde à ce qu’il faisait : et pourquoi pas tous deux puisque c’était leur commun devoir? Sils avaient à cet instant dûment pesé le pour et le contre, (…)

(Traducción al francés de Charles Mauron. Vie et opinions de Tristram Shandy, Gentilhomme)

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Quien quiera leer sobre este libro, un clásico divertido, inteligente y juguetón, entre muchos enlaces posibles, puede ingresar en los siguientes:




jueves, 26 de noviembre de 2009

Las confidentes




Las confidentes


Alicia Rico



De un tiempo a esta parte, la narrativa escrita por autores, y especialmente por autoras judías latinoamericanas está cobrando mucha importancia entre los estudiosos de literatura, debido a que en estas obras se da voz a una minoría que hasta hace poco había sido doblemente silenciada, por su condición de mujeres y de mujeres pertenecientes a un grupo minoritario foráneo: los judíos.
México cuenta con un amplio reparto de autoras judías entre las que podríamos mencionar, como ejemplo, a Sabina Berman, Sara Levi-Calderón (quien también publica bajo el nombre de Silvia Feldman), Esther Seligson, Sara Sefchovich y Rosa Nissán. A principios de los noventa, el éxito obtenido por la primera novela de Nissán, Novia que te vea, y su posterior puesta en escena por Guita Shyfter, igualmente judía, sirven para demostrar el interés que este grupo silenciado durante tanto tiempo está despertando.





En el caso de Angelina Muñiz-Huberman (Hyères, Francia, 1936), confluye otra referencia cultural que parece estar cobrando también un lugar prominente, muchos años después del suceso histórico: el exilio español. Hace apenas un año que en Madrid se inauguró una exposición fotográfica y de documentos, mientras que Televisión Española rodó un documental, “Exiliados”, recogiendo parte de las experiencias de los exiliados españoles. Si bien en España es ahora cuando se empieza a rendir homenaje a todos ellos reconociendo su existencia, su presencia en México durante todas estas décadas ha dejado huella en la cultura mexicana por la colaboración que se dio entre los exiliados españoles y los mexicanos que los acogieron. Pues bien, Angelina Muñiz-Huberman lleva desde finales de la década de los sesenta recogiendo estos dos temas en sus obras, no sólo de narrativa sino también en sus ensayos y estudios. Entre sus novelas están Morada interior (1972), ganadora del Premio Magda Donato, Tierra adentro (1977), La guerra del unicornio (1983), Dulcinea encantada (1992); también ha escrito relatos: Huerto cerrado, huerto sellado (1985), El libro de Míriam y Primicias (1990), Serpientes y escaleras (1991), Narrativa relativa (1992); en el campo de la poesía cuenta con El ojo de la creación (1992) y entre sus estudios se encuentran La lengua florida: antología sefardí (1989) y Las raíces y las ramas: fuentes y derivaciones de la Cábala hispanohebrea (1993).



En un relato autobiográfico con el título de “Death, Exile, Inheritance”[1] en que la autora reflexiona sobre sus experiencias y su escritura, afirma no haberse dejado influir por modas o tendencias a la hora de concebir sus obras; para cada una de ellas escogió la forma que mejor serviría al propósito de la historia que quería contar (52-55). En Las confidentes asistimos a un diálogo entre dos mujeres que consiste en ir contando historias de forma alternativa. Dichas narraciones, un total de quince, están enmarcadas por un primer diálogo entre ambas, en el cual proveen al lector con una idea de la estructura que va a seguir la obra, y el colofón de la misma, que es un breve texto de un narrador en tercera persona, informando al lector de la despedida de las confidentes que parten en direcciones diferentes en busca de nuevas historias para recrear otras vidas en el futuro. A su vez, cada uno de los relatos va precedido de una breve introducción que varía en extensión, forma y voces narrativas, ya que además de las dos mujeres también participa el mencionado narrador omnisciente. Algunos de los relatos están plenamente encuadrados por esta técnica narrativa puesto que al final de los mismos intervienen de nuevo las confidentes o el narrador omnisciente o todos; sin embargo, en algunos casos no se da este broche final, realzando así el impacto del término de la historia relatada. Así, las voces de las confidentes y del narrador en tercera persona son el hilo conductor que da unidad a la colección de relatos y se convierte en una obra que no es una novela, propiamente hablando, pero tampoco una colección de historias convencional, aunque cada una de ellas tiene su propio título, adjudicado por las confidentes. Esta estructura se asemeja a la de Agua quemada que publicó Carlos Fuentes en 1981.



En el diálogo que abre la obra, las confidentes se caracterizan una a otra como “la escucha milenaria” y “la cuentista milenaria”, personificando así la tradición oral que mantiene viva la memoria colectiva y que está íntimamente unida a la historia de la cultura judía a la que pertenece la autora, y que hace su aparición, aunque sea sólo en una referencia, en varios relatos. De cualquier modo, hay que señalar la existencia de una historia, “La niña de Auschwitz”, dedicada a una de las supervivientes de este campo de concentración como el propio título indica. Muñiz-Huberman basa sus narraciones en sus diversas fuentes culturales; de ahí que junto al judaísmo, el exilio español y las experiencias de los exiliados españoles a su llegada a México también pueblen las páginas de esta obra, como de tantas otras de la misma autora. Algunos detalles de las vidas de los protagonistas pertenecen a la biografía de la autora que los va insertando en las vidas ficticias creadas. La casi totalidad de los personajes comparten una búsqueda que en muchos casos ni siquiera saben que están llevando a cabo, o cuyo objeto desconocen. La mayoría de ellos está enzarzado en una búsqueda de su propia identidad o de algo que dé sentido a su vida. Esta necesidad de reencontrarse a sí mismos proviene de la sensación de pérdida experimentada al verse obligados a abandonar su lugar de origen por las situaciones trágicas de la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial. Aunque los protagonistas se han incorporado a la cultura del país que los acoge, México en la mayoría de los casos, se sienten desarraigados, añorando un lugar que tuvieron que dejar atrás contra su voluntad. Junto al tema del exilio y la sensación de pérdida que esto conlleva, se plantea también el tema de la relación entre madres exiliadas y sus descendientes, hijas principalmente, y la incomunicación entre ellos. La falta de comprensión de los hijos hacia esos sentimientos de pérdida e incluso el rechazo de algunos de ellos a oír las historias de ese pasado familiar, que forma parte de su propia historia, no hace más que acentuar el sentimiento de desarraigo de las madres en estas historias. En definitiva, la desesperanza y la falta de sentido de la vida es un rasgo compartido por muchos de los protagonistas de estos relatos.



El tono de las narraciones va de lo jocoso a lo dramático, rayando alguna de ellas en la crueldad, por lo que pueden llegar a crear una sensación de incomodidad en el lector. Pese a esto, no cabe duda de que todas son portadoras de una voz muy personal que configura un mundo propio, no sólo en cuanto a su contenido, sino también en cuanto a su estilo y a su personalísima forma de narrar, violando hasta las leyes más básicas de la puntuación castellana con el fin de conseguir el efecto deseado por la autora. Así, esta autora reclama un espacio en el que hacer oír su voz a través de sus personajes judíos y exiliados.


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Las confidentes. Angelina Muñiz-Huberman. Tusquets Editores, México, 1997.
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[1] Angelina Muñiz-Huberman, “Death, Exile, Inheritance”, en King David’s Harp: Autobiographical Essays by Jewish Latin American Writers, Ed. Stephen A. Sadow, Albuquerque: University of New Mexico Press, 1999 (pp. 43-56).


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La autora

Angelina Muñiz-Huberman nació en Hyères, Francia, en 1936, lugar al que se trasladaron sus padres, españoles, al estallar la Guerra Civil. Luego viajaron a Cuba y finalmente a México. Es doctora en Letras por la UNAM, y en Lenguas Romances por la Universidad de Pennsylvania. También ha realizado estudios de filología y literatura en El Colegio de México. Es novelista, cuentista, ensayista, traductora y poeta. Se considera que ella introdujo la novela neohistórica y la mística sefardí en la literatura mexicana. Ha obtenido los siguientes premios literarios: Xavier Villaurrutia, Magda Donato, Fernando Jeno, José Fuentes Mares y Sor Juana Inés de la Cruz.



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Ver también:


"Historias del exilio español en Las confidentes de Angelina Muñiz-Huberman", de la propia Alicia Rico: http://www.ucm.es/info/especulo/numero30/confiden.html





[Lecturas 4. Junio-septiembre de 2004]

viernes, 23 de octubre de 2009

El código Da Vinci, El alfabeto contra la diosa, Dios nació mujer







Entre Códigos y Alfabetos

Elisa María Jaime Garza



El código Da Vinci

Podrán decir lo que quieran. Y ya se ha dicho bastante. Pero aún quedan cosas por comentar. ¿Así de buena estará la novela? Bueno, tiene ramificaciones para mantenernos ocupados buen rato. Vale la pena leerla para saber, por lo menos, a qué se debe tanto lío. Lo que sí puedo decirle es que nunca volverá a ver una bóveda de la misma manera.

Si ha hecho algo seguro, El código Da Vinci ha dado mucho de qué hablar, desatando debates desde el prelado hasta la plebe. Y eso es bueno. Muy bueno. ¿Desde cuándo no se oye tal alboroto alrededor de un libro, a comparación de los diarios murmullos sobre ésta o la otra película? En México ¡eso es un acontecimiento!

Y bien merecido. Su autor, Dan Brown, echa mano de una fórmula invencible: cuestionamiento religioso envuelto en una novela thriller, es decir, de suspenso. ¡Y vaya suspenso! Lo que nadie puede negar (y lo que muchos han fallado en reconocer) es que El código Da Vinci es una joya del relato de suspenso; de esos que te mantienen al borde de la silla, con capítulos que te dejan colgando a la orilla del precipicio en cuyo fondo residen grandes descubrimientos. Si se cuenta con tiempo suficiente y un amplio apetito por las letras, El código... se puede devorar en dos sentadas. (La versión original en inglés es doblemente dinámica.)

En cuanto a la temática, muchos de los sucesos aparentemente históricos puede que no sean tan tan certeros. Pero lo mismo puede decirse de la Biblia. El mensaje es lo que cuenta. Lo que Brown señala al respecto, sin vacilaciones, es el hecho de que la Historia, desde que los sucesos humanos han sido registrados, ha sido siempre escrita por los vencedores. Lo que él se pregunta es: ¿Qué tan históricamente precisa es la Historia?

Dan Brown aclara que su libro está sustentado en investigaciones legítimas sobre la leyenda del Santo Grial —lo que muchos consideran el cáliz del cual bebió Jesús durante la Última Cena (esta popular concepción es difundida, entre otras obras, por la película Indiana Jones y la última cruzada). Lo que hace de esta ocasión algo especial es que viene envuelta dentro de una novela popular, de fácil digestión, y que el Santo Grial deja de ser una simple copa para convertirse en el más sorprendente, inesperado y controversial giro del relato, cargado de simbolismos y posibilidades.

El código Da Vinci nos lleva a paso acelerado tras las aventuras imprevistas que le acontecen a Robert Langdon, un simbologista norteamericano, y Sophie Neveu, una criptóloga francesa, nieta del conservador del museo del Louvre, quien resulta ser uno de sólo cuatro miembros del Priorato de Sión, una antigua sociedad secreta que guarda un misterio histórico tan intrigante como peligroso. Cuando el conservador es asesinado, junto con los otros tres miembros, deja claves para que su nieta llegue hasta el tesoro escondido, y lo hará, pero no sin antes librar considerables obstáculos. La preservación del secreto que tan celosamente había guardado el Priorato (cuyos miembros en el pasado incluyen a Isaac Newton, Boticelli, Víctor Hugo y el mismo Da Vinci) por cerca de 2000 años ahora queda en manos de Neveu y Langdon. Juntos viajan a través de Europa para develar el secreto que acabará con todos los secretos.

El código... ha sido llamado un libro de grandes promesas no cumplidas. Es de esperarse, cuando se trata del Santo Grial, que sigue siendo la quimera más codiciada y perseguida de la historia de la humanidad. El autor echa a volar su imaginación, sin duda, en muchas ocasiones y, como en todas las historias más cautivantes, la verdad se enreda con la fantasía. Pero esta vez se trata de algo más. Hablamos, después de todo, de la historia más grande jamás contada... que tal vez tiene más ángulos y narradores de lo que creíamos. Y tratándose de una figura de tal envergadura como la de Jesucristo, la verdad es tan escurridiza y el desentramar el mito y leyenda de la veracidad histórica se vuelve tan complicado, quizá imposible, que es mejor desistir y admitir derrota de buen grado, que al fin y al cabo las cuestiones más profundas no hayan fin ni fondo. Por lo menos no humanos.

Lo que importa es que El código Da Vinci ha abierto puertas de discusión. Debatir sobre el verdadero papel de María Magdalena en la vida de Jesús y darnos cuenta de que los textos incluidos en la Biblia fueron los ganadores de un proceso de selección y eliminación a través de los siglos (existen, después de todo, los evangelios gnósticos y otros escritos por María Magdalena, que no se encuentran incluidos simplemente porque no fueron canonizados) no desacredita la fe de nadie, siempre y cuando las creencias cuenten con cimientos robustos. Debemos aceptar que la fe es un continuum, una búsqueda eterna, y que el cuestionar es un derecho, e incluso un deber, y no una herejía o un acto de ateísmo. Lo maravilloso de El código... es que nos presenta una nueva manera de ver las cosas, nos ofrece una nueva perspectiva, diferente de la que nos ha sido sermoneada una y otra vez desde el catecismo. El lector puede burlarse, puede enojarse, puede descartarla por completo o puede aceptarla; lo importante de este libro es que es diferente y enriquece, ayuda a ensanchar panoramas y abrir horizontes. Eso es lo que el verdadero arte persigue y logra.

Eso no significa que El código... sea una obra de arte, ni mucho menos. Pero consigue su propósito. Si es cierto que la Biblia ha sobrevivido tanto tiempo por sus verdaderas y perspicaces (hasta poéticas) moralejas sobre la naturaleza humana, también tiene sus faltas; algunas tan graves que se vuelven peligrosas; otras tan arcaicas que son irrisorias. Nos lleva a preguntarnos si acaso el “libro sagrado” no necesita una nueva y minuciosa revisión, porque el mundo no es lo que era hace ni siquiera 40 años, ¡mucho menos 2000! Y porque dentro de sus páginas condona la esclavitud, alienta y detalla el cómo debe de estar sometida la mujer al varón, y prohíbe comer mariscos. No hay que olvidar que todavía ronda por ahí uno que otro fundamentalista.

Después de leer El código..., si se es una persona incluso levemente curiosa, no se puede quedar sentado sobre sus manos. Tras el rastro de la verdad sobre las “descabelladas” teorías que expone Dan Brown —las cuales, por cierto, el autor insiste no son suyas; son simplemente creencias que han sido murmuradas por siglos— se pueden encontrar un sinnúmero de fuentes que exponen los mismos casos una y otra vez, muchos de ellos escritos por historiadores, arqueólogos y expertos en el tema y la búsqueda del Santo Grial. (Una lista de lecturas recomendadas por el autor se puede encontrar en su página web:
http://www.danbrown.com/novels/davinci_code/reviews.html).

Con tanta información, incluso el más escéptico acabará reconociendo que puede haber siquiera un grano de posibilidad, si no es que de verdad, en todo el asunto. Hay simplemente demasiadas cosas que cuadran. El código... es solamente la punta del iceberg.


El alfabeto contra la diosa

Ahora, para aquellos interesados en cuestiones un poco más mundanas (podríamos decir más científicas), una gran recomendación para seguir las pesquisas en pos de la verdad, vista a través de lo que posiblemente se podría denominar “la visión de los no victoriosos”, es El alfabeto contra la diosa: el conflicto entre la palabra y la imagen, el poder masculino y el poder femenino, de un cirujano, autor y conferencista norteamericano, Leonard Shlain. El título puede que solamente se les antoje a las feministas o los que se interesen en estudios de género, pero su atractivo abarca más allá de eso. Se trata de un condensado pero elemental recuento de la historia (más que nada la religiosa), la evolución de la humanidad y de cómo el advenimiento de la escritura ha venido funcionando en detrimento de la mujer. Shlain echa mano de datos científicos, apoyado fundamentalmente sobre el hecho relativamente conocido de cómo los hemisferios del cerebro tienen funciones opuestas y complementarias: el izquierdo —que controla las extremidades derechas— es el dominante y se encarga de las funciones lógicas, analíticas y verbales, encargándose de la lectura, el lenguaje, las abstracciones; mientras que el derecho —que controla las extremidades izquierdas— tiene sensibilidad espacial y está dotado de relaciones mayores con las emociones, la imaginación, el arte, lo no verbal. Por cuestiones evolutivas, el hemisferio derecho está más desarrollado en las mujeres y el izquierdo es más preponderante en los hombres. Un verdadero yin-yang anatómico.

Por consecuencia, lo que todos siempre habíamos dicho y sospechado es cierto: las mujeres poseen mejor intuición, son más propensas a abordar una situación con el corazón que con la mente y no detentan el poder porque el mundo no está construido alrededor de sus puntos fuertes; mientras que los hombres, poseedores de una agresividad innata, son mejores guerreros y mejores políticos, y el mundo está descomunalmente en sus manos porque el poder ha sido adquirido, en su mayor parte, por el uso de la fuerza.

Existen aquellos raros especímenes que logran cruzar estas barreras de género pero lo triste es que siempre acaban etiquetados con adjetivos injustos: los hombres son “raritos” (el mismo Da Vinci es considerado tal), las mujeres “masculinas”. El destacado poeta, crítico y lingüista británico Samuel Coleridge (citado en El alfabeto... por Shlain tal como es ponderado por Virginia Woolf en su Habitación propia) abogaba a finales del siglo XVIII por la “mente andrógina” —donde se conjuguen ambos atributos, ambos hemisferios— como la manera por excelencia de adquirir el equilibrio de nuestras dos polaridades, que son perfectamente conciliables. (El código Da Vinci defiende también esta gloriosa unión por medio de la relación Jesús-María Magdalena y nos expone una singular interpretación de la Mona Lisa.)

Así que lea este libro... y asegúrese de aprender a tocar algún instrumento musical o de explorar ese talento escondido para pintar.

A manera de ejemplificación de su teoría, Shlain hace un repaso conciso por las civilizaciones más importantes de la historia, resaltando la manera en que las necesidades socioeconómicas y políticas de los pueblos han ido reemplazando la imagen primigenia de una divinidad todopoderosa de denominación femenina que nuestros remotos antepasados solían adorar. Su aniquilación total, según Shlain, se debe a la invención de la escritura, una forma de comunicación lineal y abstracta, que favorece el funcionamiento del hemisferio izquierdo. (Los jeroglíficos son una maravillosa excepción, ya que se trataba de símbolos, que no de letras, y uno de ellos podía significar más de una sola cosa. Es un hecho datado que hacia el 2500 a.C., en la tierra del Nilo, las mujeres gozaban de mayor libertad e igualdad de derechos que incluso en la actualidad). Los ejemplos más notorios de esta intrigante teoría se hallan en los pueblos hebreos, cristianos y musulmanes. El pilar de estas tres religiones es nada más y nada menos que un libro; no es mera coincidencia, por tanto, que la población femenina de estos pueblos sea de las más oprimidas entre todas las culturas (por lo menos, en sus expresiones más extremas). El alfabeto contra la diosa abunda en ejemplos (desde el advenimiento del alfabeto con los sumerios hasta las desquiciadas cazas de brujas de los siglos XV, XVI y XVII) que esclarecen la razón por la cual el “segundo sexo” ha sido relegado a una posición de “inferioridad”.

Para terminar su impresionante investigación, Shlain resalta la correlación entre los descubrimientos y los sucesos que cambiaron la faz de la sociedad desde finales del siglo XVIII (la máquina de escribir, el electromagnetismo —con su unión de opuestos, positivo y negativo, para generar energía—, la fotografía, el cine, la radio, las revoluciones industriales, los poetas románticos, el Darwinismo, el psicoanálisis) con los avances paulatinos pero seguros hacia una mejor relación entre los sexos. No es coincidencia que la revaloración de la mujer en la sociedad se produzca en estos nuestros tiempos, que hacen tanto hincapié en la imagen.

El hilo conector entre El código... y El alfabeto... se encuentra en la develación de la socavación y suplantación masculina del innegable poder de la mujer, cuya principal supremacía reside en su capacidad inimitable de crear vida. Recordemos que la Tierra y la Naturaleza son Madres y no Padres y, por tanto, aunque ya no nos percatamos tanto de ello después de tantos siglos bajo la dominación de una sola divinidad masculina, la simple idea de que la fuerza creadora detrás de nuestro universo sea hoy concebida como una fuerza masculina va, en esencia, en contra de la naturaleza. Cuando nuestros primeros antepasados, los Homo Sapiens (privados, sea dicho de paso, de un lenguaje y de una sociedad estratificada y patriarcal) intentaron explicarse los fenómenos de su mundo, no tenían otra posibilidad que pensar en una Diosa, Madre de toda la Creación.


Dios nació mujer

Para abundar (pero no redundar) aún más en la cuestión, una indispensable recomendación se encuentra dentro de las páginas de Dios nació mujer del español Pepe Rodríguez. Atrás quedará la caricaturesca imagen del macho cavernícola golpeando a su mujer en la cabeza con su garrote y arrastrándola hasta su nido de amor para asegurar la continuación de nuestra especie. Todo lo contrario, al parecer. Una investigación sociológica y antropológica más que religiosa, Dios nació mujer se remonta hasta los meros principios de la humanidad, incluso antes de la aparición del Homo Sapiens, para comprobar, con fidedignos datos arqueológicos, que, en efecto, Dios era Diosa cuando el mundo era simple y sencillo y sin alfabeto; sin lenguaje siquiera. Y no era Diosa como imaginaríamos hoy a una diosa (una escultural modelo-actriz-cantante), sino como una mujer voluptuosa, con todos sus atributos bien resaltados, designados para señalar su don: su capacidad de procrear.

Es harto revelador el estudiar la evolución del pensamiento religioso y descubrir que las situaciones socioeconómicas y políticas de los pueblos determinan las características de sus dioses y no al revés: una diosa para las culturas primigenias horticultoras de hace millones de años; divinidades antropomorfas para los griegos antropocéntricos; dioses zoomorfos para los egipcios, habitantes del fértil valle del Nilo; y, claro, un Señor Todopoderoso e iracundo (con su Santa Trinidad masculina, un sólo hijo varón, su séquito de 12 hombres apóstoles y toda la retahíla de figuras patriarcales, papeles estelares en la historia de su “pueblo elegido”) para las religiones del “libro sagrado” donde la mujer no pasa de ser propiedad de su papá, su esposo, su hermano o el varón más cercano en relación a ella: de vírgenes a mujerzuelas a esposas infecundas.

Recuerden lo que dijo Voltaire: “Si Dios no existiera, tendría que ser inventado.”

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El código Da Vinci. Dan Brown. Traducción de Juan José Estrella. Ediciones Umbriel. 560 págs. (The Da Vinci Code. Doubleday, New York, 2003. 454 págs.)

El alfabeto contra la diosa: el conflicto entre la palabra y la imagen, el poder masculino y el poder femenino. Leonard Schlain. Traducción de Rafael Contes. Editorial Debate. Madrid, 2000. 512 págs. (The Alphabet versus the Goddess. Viking Penguin, 1998.)

Dios nació mujer. Pepe Rodríguez. Ediciones B, Barcelona, 1999. Edición de Suma de Letras, S.L., colección Punto de Lectura, 2000. 384 págs.

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Los autores

Dan Brown vive en Nueva Inglaterra. Es autor de cinco novelas de suspenso de gran éxito de ventas: Digital Fortress (Fortaleza digital), Angels & Demons (Ángeles y demonios), Deception Point (La conspiración), The Da Vinci Code (El código Da Vinci) y recientemente The Lost Symbol. La dirección de su página de internet:
http://www.danbrown.com

Leonard Schlain, médico y profesor de medicina en la Universidad de California en San Francisco, fue también conferencista e inventó algunos instrumentos médicos innovadores. Su primer libro se llama Art & Physics: Parallel Visions In Space, Time and Light (‘Arte y física: visiones paralelas en el espacio, el tiempo y la luz’), publicado por Harper Collins en 1991. El alfabeto contra la diosa, publicado en inglés en 1998, se convirtió en pocas semanas en un éxito de ventas y provocó comentarios sumamente halagadores de la crítica. Murió el 11 de mayo de 2009. Su página de internet:
http://leonardshlain.com/blog/

Pepe Rodríguez es licenciado en Ciencias de la Información y doctor en Psicología. Desde 1976 es periodista y se ha especializado en periodismo de investigación. Entre sus muchos libros se encuentran La conspiración Moon (Ediciones B, 1988); El poder de las sectas (Ediciones B, 1989); La vida sexual del clero (Ediciones B, 1995); Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica (Ediciones B, 1997); Mitos y ritos de la Navidad (Ediciones B, 1997) y Morir es nada (Ediciones B, 2002), entre otros. Su página de Internet:
http://www.pepe-rodriguez.com


[Lecturas 4. Junio-septiembre de 2004]

lunes, 19 de octubre de 2009

Ángeles y demonios




Ángeles y Demonios

Jesús Guerra





La primera edición en inglés de The Da Vinci Code (El código Da Vinci), de Dan Brown, se publicó en los Estados Unidos en abril de 2003. A las pocas semanas entró directamente al primer sitio de la lista más prestigiada de los libros más vendidos, la del periódico The New York Times. Y al poco tiempo estaba en esa posición en todas las listas de best-sellers que se publican en ese país. Fue el best-seller sorpresa del 2003 (y en el resto del mundo, del 2004[i]). Y al parecer el primer sorprendido fue su propio autor pues ya había publicado tres novelas anteriores, de éxito las tres, pero de éxito moderado. Varios meses después, ante el éxito continuo del libro, una cadena de televisión, con el patrocinio de la editorial (Doubleday, que pertenece a Random House), y el ingenio del autor, lanzó un concurso cuyo premio fue un viaje a París para dos personas por no sé cuántos días. Para ganar, los concursantes tenían que descifrar cuatro pistas que se encuentran ingeniosamente ocultas en la portada y contraportada de la edición en pasta dura de The Da Vinci Code. No sé cuántas personas habrán participado en el juego, pero personas que acertaron fueron 40 mil. Finalmente para seleccionar al ganador tuvieron que sacar su nombre de una caja, como una rifa común y corriente.




El caso es que a partir del éxito de dicha novela, los lectores hemos descubierto las tres novelas anteriores de Dan Brown. La primera es Digital Fortress, de 1996, un “technothriller” acerca de piratas informáticos y cuestiones relacionadas con la seguridad de la privacidad; la segunda es Angels & Demons, del año 2000 (la cual comento a continuación) y la tercera es Deception Point, publicada en 2001, relacionada con problemas de seguridad nacional a partir del descubrimiento de un enorme artefacto enterrado bajo los hielos del ártico.



Pero la que quiero comentar ahora es la segunda novela, Ángeles y demonios (Angels & Demons), por dos motivos relacionados: el primero es que se trata de la primera obra en la que aparece el experto en simbología Robert Langdon, también el protagonista de El código Da Vinci; el segundo, porque esta novela se publicará muy pronto en español (la editorial española Umbriel, misma que editó El código..., ha puesto fecha a la aparición en español de esta obra, que se llama desde ya Ángeles y demonios: el 17 de septiembre, y teniendo en cuenta el éxito de ventas de El código..., es más que probable que llegue muy pronto a nuestro país).[ii]



Robert Langdon es contactado por el Director General del CERN (Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire; es decir el Consejo Europeo para la Investigación Nuclear), ubicado en Suiza, y le pide que se traslade de inmediato a dicha institución, porque tiene un problema enorme de consecuencias insospechables. Resulta que un científico del CERN fue encontrado muerto, y el pecho del científico fue marcado (así como se marcan las reses) con un ambigrama (es decir una palabra que se lee igual viéndola al derecho y el revés, y no me refiero a que se lea igual de izquierda a derecha que viceversa, ésas son palíndromos), que dice “Illuminati”.


De una manera muy rápida y superficial les adelanto que los “Illuminati”, o iluminados, son una secta compuesta por las mentes más brillantes, que desde los tiempos de Galileo juraron vengarse de la Iglesia Católica por los crímenes cometidos por ésta en contra de quienes se dedicaban a la investigación científica, es decir, a encontrar explicaciones naturales para fenómenos que la Iglesia siempre ha atribuido directamente a la voluntad de Dios. Los Illuminati, se supone, dejaron de dar muestras de vida hacia mediados del siglo XX, de ahí la sorpresa de Robert Langdon, un verdadero experto en la materia. Así que se pone a seguir pistas que lo conducen a Roma y, por lo tanto, al Vaticano, acompañado en esta ocasión de otra bellísima e inteligentísima mujer: Vittoria Vetra (a quien recuerda y menciona de pasada en El código...). Aquí, Langdon tiene que descifrar una serie de obras de arte que se encuentran en lugares públicos de diversos sitios de la capital italiana, para intentar impedir unos asesinatos y, finalmente, un atentado de proporciones y consecuencias mayúsculas.



La estructura de esta novela es idéntica a la de El código..., pero tiene su propia lógica, contexto histórico y paisajes diferentes. Es, de la misma manera, una obra que se lee con fascinación y que simplemente no puede uno dejar de leer. Es también inteligente e ingeniosa, construida con una imaginación desbordante, y tiene el sustento evidente de una enorme y sólida investigación. A propósito, Dan Brown tiene la fortuna de dormir con su asistente de investigación, ya que su esposa, Blythe Brown, además de pintora es historiadora del arte, materia esencial para la composición de ambas novelas.



Es impresionante la cantidad de cosas que se aprenden leyendo estas obras, y ése ha sido uno de los objetivos de Dan Brown al escribirlas. Este paseo por Roma, con Robert Langdon como guía nos permite percibir una ciudad por completo diferente a la Roma turística.



Y si en la segunda aventura del especialista en simbología de Harvard, algunos malos lectores creyeron ver un intento por desacreditar a la Iglesia Católica, en la primera Langdon se da a la tarea de salvarla. Sin duda alguna, a quienes leyeron y disfrutaron El código Da Vinci, Ángeles y demonios les va a encantar.

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Angels & Demons. Dan Brown. Pocket Star Books (que pertenece a Simon & Schuster). (Primera edición, en pasta dura, abril de 2000.) Primera edición en libro de bolsillo, julio 2001. 572 págs.

Ángeles y demonios. Dan Brown. Traducción: Eduardo G. Murillo. Umbriel. Barcelona. Primera edición en español, 2004. 388 págs.


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NOTAS:

[i] Hace unos meses [en 2004] apareció un comentario en la revista francesa Lire en la que el autor apunta que la revista hizo una encuesta en todos los países de la creciente Europa para ver qué autores europeos encabezaban las listas de los libros más vendidos y leídos, y se encontraron con que, en casi todos, el primer lugar de la lista lo ocupaba un norteamericano: Dan Brown, con su libro El código Da Vinci.
[ii] Téngase en cuenta que esta reseña apareció en la revista Lecturas Tu Red número 4, correspondiente a los meses junio-septiembre de 2004. [Nota para su publicación en el blog, octubre de 2009. Ver “Posdata”, abajo.]

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Postdata:

La anterior reseña se publicó en la revista en el año 2004, así que aunque el comentario sigue siendo válido, algunos de los datos sobre la edición en español son ahora anacrónicos. Ya hasta se estrenaron ambas versiones en cine: El código Da Vinci (2006, dirección de Ron Howard, guión de Akiva Goldsman), y Ángeles y demonios (2009, dirección de Ron Howard, guión de Akiva Goldsman y David Koepp). Claro que en los libros, la aventura de Ángeles..., en Roma, es primero, y después, en París y Londres, se desarrolla la de El Código..., mientras que en el cine es a la inversa, y esto se debe —ya lo dice la reseña— a que fue El código... el libro que se convirtió en un súperbest-seller, y después tanto los lectores como Hollywood descubrimos el libro anterior.



Permítaseme recomendarles que aunque hayan visto las películas, lean los libros. Ambas novelas contienen una enorme cantidad de información que es imposible pasar al cine.



Por otra parte, Dan Brown publicó ya su tercer aventura con Robert Langdon como protagonista: The Lost Symbol. El libro apareció en librerías de Estados Unidos el 15 de septiembre pasado (y se vende en algunas librerías de México desde esa misma fecha). Pronto publicaremos aquí el comentario del mismo.




[Lecturas 4. Junio-septiembre de 2004]



[La Postdata, sólo en blog, octubre de 2009]

viernes, 2 de octubre de 2009

Entrevista a Guillermo Arriaga


ENTREVISTA A GUILLERMO ARRIAGA

Jesús Guerra

Con la participación de Patricia Galindo y Rogelio Flores



Introducción

Guillermo Arriaga es novelista y guionista cinematográfico de reconocimiento internacional. Escribió los guiones de Amores Perros, y 21 Gramos, ambas dirigidas por Alejandro González Iñárritu, y ambas ganadoras de innumerables nominaciones y premios en muestras y festivales de cine de todo el mundo. Como novelista ha publicado Un dulce olor a muerte, Escuadrón Guillotina y El búfalo de la noche.


Cuando conocí a Guillermo Arriaga, a fines del milenio pasado, en la Maestría de Comunicación de la Universidad Iberoamericana, en Saltillo, en donde fue mi profesor de guión, él aún no era famoso. Su currículum académico incluía datos como que es comunicador y tiene estudios de maestría tanto en Psicología como en Historia, y que producía, escribía y dirigía documentales y programas educativos para televisión, además de su larga trayectoria como profesor de “la Ibero”.

Cuando mis compañeros de la maestría y yo conocimos a Guillermo, de inmediato sentimos que se creó un vínculo amistoso con él. No sólo es un profesor preparado, es también un hombre talentoso y creativo (ahora es algo del dominio público), lo cual en el aula se nota y se agradece, pero además es una persona con un gran sentido del humor y su carácter es abierto y franco, y esto es algo que se agradece también, tanto en el salón de clases como en la amistad.
Guillermo habla con palabras “fuertes”, las cuales he dejado en la entrevista, porque así habla (y en general así hablamos los mexicanos), intentando reproducir la naturalidad de sus respuestas.

Guillermo estuvo en Saltillo a fines de abril, invitado por la Escuela de Comunicación de la UA de C para dar una conferencia en su simposium anual. La mañana de su intervención nos vimos en un restaurante, para desayunar y realizar esta entrevista. Nos acompañaron Lucrecia Suyín (coordinadora de diseño y edición de la revista Telemundo, quien también vino invitada para el simposium), Patricia Galindo y Rogelio Flores: Patricia y Rogelio, además de desayunar y conversar, tomaron las fotos.

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Jesús Guerra: ¿Cuándo empezaste a leer?
Guillermo Arriaga: Fíjate que empecé a leer desde muy chavo pero, como tengo déficit de atención, mis lecturas tenían que ser lecturas cortas. Me refiero con lecturas cortas a, por ejemplo, las enciclopedias, me fascinaban; los libros de Historia; y es más, sé de, por ejemplo, los hermanos Pitt, los políticos ingleses, por un libro que leí de mi hermana que era seis años mayor que yo, a los seis años. Nunca más volví a saber de ellos. Y me gustaba mucho que, cuando yo iba a la escuela, yo ya sabía lo que iban a decir porque ya lo había leído desde antes, sobre todo cosas de Historia.

JG: ¿Relees con frecuencia?
GA: Sí, pero no el libro completo, leo pasajes... leo cosas que me interesaron.

JG: ¿Has tenido un libro preferido a lo largo de tu vida, o en diferentes etapas has tenido libros o autores que te gustaran particularmente?
GA: Sí, claro. Hay libros que, en un momento dado, fueron muy importantes para mí y luego ya no lo son tanto o lo siguen siendo. Por ejemplo, han sido importantes para mí El viejo y el mar, Cien años de soledad, casi toda la obra de Faulkner; fue muy importante para mí El aguila y la serpiente de Martín Luis Guzmán, lo sigue siendo; fue muy importante para mí El llano en llamas; El árbol de la ciencia de Pío Baroja, Rojo y negro de Stendhal, también; ésos han sido libros que son importantes, ¿no?, y la Biblia. Te lo dice un ateo, ¿eh? La Biblia tiene unas historias impresionantes.

JG: ¿Por qué lees?
GA: Porque todas las palabras son una entrada al mundo, cada palabra es una entrada, es una puerta distinta al mundo, cada forma en que se organizan las palabras es otra forma de entrar al mundo; entonces, yo leo porque eso me permite entender mejor el mundo que está a mi alrededor y entenderme mejor a mí mismo, y porque es muy placentero leer.

JG: ¿Tienes libros de cabecera?
GA: Diccionarios, sobre todo diccionarios de sinónimos son mis libros de cabecera.

JG: ¿Qué características tendría que tener un libro para que fuera un libro de cabecera?
GA: Que te diga cosas, que constantemente te esté renovando la visión que tienes del mundo. Que te cambie la visión del mundo y que, cada vez que lo leas, te lo vuelva a hacer distinto. Un libro de cabecera tiene que ser un libro que tenga muchas lecturas; dependiendo de la edad que tengas, te va enseñando nuevas cosas o le vas descubriendo nuevas cosas.

JG: ¿Qué géneros lees más?
GA: Novela. Fundamentalmente novela.

JG: ¿Tú crees que de todo libro, por malo que sea, se puede sacar algo bueno?
GA: Pues.. la experiencia de leer ya en sí misma es buena porque te permite el desarrollo de un mundo interior y cuando tienes mundo interior lees de forma distinta tu entorno, ¿no? Si tienes mundo interior, cualquier cosa te dice algo. Si careces de ese mundo interior, te aburres.

JG: ¿Estás de acuerdo en que se lee poco en nuestro tiempo, ya sea en México o en el mundo?
GA: Yo creo que se ha leído poco siempre, ¿no?, no solamente en nuestro tiempo. El acto de la lectura implica un espacio fuera de remuneración económica, es un acto por sí mismo que no tiene mayor gratificación que la del acto de leer. Entonces, por eso, tienes que tener un espacio en el que tú sepas que requieres la lectura.

JG: ¿Y tú crees que sería recomendable que leyéramos más, por lo menos, digamos, los mexicanos?
GA: Yo creo que cualquier ser humano debe de leer porque te permite detenerte a pensar sobre ti mismo, sobre el mundo, etcétera.

JG: ¿Y qué se podría hacer, o que aconsejarías tú que se pudiera hacer en México para que leamos más?
GA: ¿Qué se podría hacer? Pues poner los libros al alcance de todo mundo, al alcance de los niños, sobre todo, ¿no? O como decía Ibargüengoitia, hay que prohibirlos...

JG: ...Para que sean deseables, ¿no?
GA: Para que sean deseables. Decir “no se te ocurra leer ese libro”, “es que si lo lees...”, “no, no, no, espérate, no lo vayas a leer...” Hay que hacerles entender a los niños, desde chiquitos, que la lectura tiene que ver con ellos. Yo he procurado que mis hijos vean que la lectura tiene que ver con ellos.

JG: ¿Y a lo largo de tu vida como lector, has notado algún cambio en la edición, en los libros, en la escritura?
GA: Lo que he notado, en general, en el ser humano, es un terrible reblandecimiento.

JG: Pero, en cuanto a los libros, ¿nada en particular?
GA: No, no, los libros no. Los libros son los libros, ¿no? Los libros no han cambiado; la sustancia es la que está cambiando. Ahora, la ventaja del libro, por sobre cualquier otra cosa, es que tú decides el ritmo: tú te paras, tú vas para atrás, tú vas para adelante, tú lo subrayas, ¿no? Eso no puede suceder con ningún otro de los medios de comunicación.

JG: ¿Y qué libros estás leyendo en estos días?
GA: Ahorita estoy terminando de leer El paraíso en la otra esquina de Mario Vargas Llosa. Me compré uno de Michel Houellebecq, lo compré ayer y lo empecé a leer, no me acuerdo cómo se llama, todo el mundo me ha hablado de él... Michel Houellebecq es un escritor francés que ahora es como el... [extiende los brazos indicando algo grande] y es un tipo exactamente de mi edad...

JG: ¡Ah, claro!, es el autor de Las partículas elementales, ¿no?
GA: Ése es el que compré, Las partículas elementales. Y hay un autor que acabo de releer que es Pedro Juan Gutiérrez, cubano, que me gusta muchísimo, y que te lo recomiendo. Pedro Juan Gutiérrez me encanta porque todo el tiempo está pensando en sexo [risas de todos en la mesa]. Y me gusta porque casi todos los cubanos son de estos ineptos escritores que dicen “en lontananza, rodajas de ocre iluminaban...”, y este tipo dice “atardeció”, ¿no? Me gustan esos escritores que usan el lenguaje con precisión y con profundidad. Me molestan mucho los escritores que creen que escribir bien es usar todo su catálogo de sinónimos.

JG: ¿Qué prefieres, la literatura o el cine?
GA: ¿Qué prefiero la literatura o el cine? Pues, si me dieras a escoger... una película porno. [Risas] No, no es cierto. Si me dieras a escoger algo, pues yo creo que la literatura, como escritor y como lector.

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Como muestra: a button... un bouton


El libro Un dulce olor a muerte, publicado en México por la Editorial Planeta en 1994, en su colección Narrativa Planeta, apareció en Inglaterra en 2003, “Sweet Scent of Death by Guillermo Arriaga”, publicado por la editorial Faber. La traducción es de John Page y cuesta 6.99 libras.


Lo que dice la crítica inglesa:

“El asesinato de una joven en un pueblo mexicano enciende una mecha de rumores que explota en trágica violencia, en esta historia llena de suspenso del escritor de la aclamada película Amores Perros”.

Publishing News


“Con hábil simplicidad, Arriaga crea el retrato de las relaciones y las tensiones del pueblo, mientras los hechos y las percepciones que de ellos se tienen se mezclan, afectando incluso la comprensión del lector de nociones como ‘verdad’ y ‘justicia’”.

Metro


“La escritura de Arriaga es cinematográfica en su intensidad y tiene la construcción clásica de una tragedia griega”.

Impact


“Esta es una novela poderosa, envolvente y detallada, imbuida de una atmósfera evocada con gran fuerza... Arriaga es un escritor cuya transparente prosa no te suelta. No podrán dejar este libro hasta llegar a la última página”.

Good Book Guide


“Una rústica tragedia de venganzas, áspera y violenta pero armada con mucha astucia por el guionista de Amores Perros”.

Independent


En Francia, la traducción del título es también literal: Un doux parfum de mort y fue publicado por la editorial Phébus en febrero de 2003. La traducción, del “español de México”, la realizó François Gaudry. El libro tiene 169 páginas y cuesta 15 euros.


¿Y qué escribieron en Francia de esta novela?

“Arriaga es un talento fenomenal”

Lire


“Guionista de Amours Chiennes [...], Guillermo Arriaga firma una pequeña novela, corta pero evidentemente densa. Su virtuosidad de narrador le permite hacer una serie de retratos, comenzando por el delegado comunal, detective amateur tan dotado como los profesionales de las novelas de Conan Doyle o de Gaboriau para leer sobre el terreno las señales del crimen [...]. Sabrosa mezcla de géneros, novela negra y melodrama, el libro de Arriaga demuestra que la tragedia podría ser evitada, que podría no ser otra cosa que una amable comedia. Es el talento del escritor el que nos hace ver la diferencia.”

Bernard Daguerre


“A la vez pintoresco y divertido, mezquino y estático, el mundo de Un dulce olor a muerte es el del México rural. En una atmósfera que asfixia por el calor quemante, la historia produce, sin embargo, frío en la espalda...”

Mathilde Tellier


Lecturas Tu Red, número 4. Junio-septiembre de 2004