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jueves, 4 de marzo de 2010

El imperio de la familia Sánchez Navarro



El imperio de la familia Sánchez Navarro, 1765-1867


Fernando Gracia García



Charles H. Harris III, de la Universidad Estatal de Nuevo México, publicó en inglés, en el año de 1975, El imperio de la familia Sánchez Navarro 1765-1867. El libro ocupó muy pronto un lugar destacado en la historiografía regional, pero hubo que esperar hasta 1989 para la edición en español. Al paso del tiempo ya estaba totalmente agotado, por lo que la SEPC decidió apoyar a la Sociedad Monclovense de Historia en esta edición de septiembre de 2002.
Harris III analiza el desenvolvimiento de una familia coahuilense a lo largo de cien años y el sentido práctico de sus integrantes para acumular tierras y alcanzar éxito en los negocios. De hecho, la familia Sánchez Navarro logró conformar, al final de la Colonia y durante la transición de México a nación, un latifundio de 7.5 millones de hectáreas que incluía 17 haciendas y muchas estancias para ganado. La enorme propiedad, en ese entonces una de las más grandes de América, se concentraba en torno a Monclova, pero algunas haciendas se extendían por el norte hasta El Nacimiento y San Juan de Sabinas, y por el sur, hasta Bonanza, en el actual estado de Zacatecas. Lo curioso de ese “imperio” familiar es que lo inició el cura de Monclova don José Miguel Sánchez Navarro, quien durante 50 años se dedicó a integrar las tierras del enorme latifundio coahuilense y a fomentar la cría de ovejas. Pronto se alcanzó un alto índice de producción de maíz y se logró entrar al mercado nacional de la lana, la mayor fuente de ingresos del latifundio.


De los trabajadores que se ocupaban en las haciendas y estancias de los Sánchez Navarro, unos eran de tiempo completo y otros de temporada. En cualquier caso, la mano de obra era escasa en el septentrión novohispano, y hubo que adoptar el sistema laboral del peonaje por deudas: los peones quedaban sujetos al patrón hasta que cumplieran el pago de las deudas adquiridas. Aunque había una mayor demanda de peones en tiempos de siembra y de recolección, los desocupados seguían recibiendo bienes a crédito durante el resto del año y, en consecuencia, nunca podían reducir la deuda contraída con los patrones.


Apunta Harris III que las sequías y los continuos ataques de los apaches originaban grandes pérdidas en el latifundio coahuilense y, sobre todo, diezmaban el ganado, pilar fundamental de la economía familiar. Al respecto, los Sánchez Navarro idearon planteamientos adecuados y adoptaron medidas de protección con los que pudieron solventar esos inconvenientes y lograr, incluso, mandar sus ovejas hasta San Miguel el Grande y la ciudad de México. Pronto pudieron entrar al gran negocio de la lana, con un mercado importante en Saltillo que era atendido por algún pariente próximo. En realidad, sin embargo, la tienda de Monclova era el cuartel general del emporio comercial: se importaban tejidos baratos del centro del virreinato con el fin de vestir a los propios peones o a los de otras haciendas de la región; ahí acudían a surtirse los mayordomos del Marquesado de Aguayo y los de los Vázquez Borrego, entre otros. Habitualmente las operaciones eran a crédito y los clientes debían llegar a Monclova de manera periódica para saldar sus cuentas. También se abastecían allí los capitanes de los presidios militares y los frailes de las misiones de Coahuila.


Hasta el movimiento de Independencia de México, los Sánchez Navarro, seguros del prestigio eclesiástico del cura don José Miguel, prefirieron mantenerse al margen de la política. No fue así a la hora del alzamiento de Hidalgo, pues en ese momento don José Melchor Sánchez Navarro era alcalde de Saltillo y la familia se vio obligada a tomar partido: así, tras la toma de la villa por el ejército insurgente, el tesorero municipal, don Manuel Royuela, un pariente cercano, llegó a convertirse en el agente principal de la contrarrevolución. A la postre, los vaivenes políticos llevarían a los Sánchez Navarro a intervenir de manera más decidida en la vida nacional de México, más allá del nivel puramente regional.

Hay que insistir en lo anunciado en el título del libro: no es el estudio de un solo hacendado sino de un clan poderoso cuyos integrantes colaboraron en los distintos negocios del imperio familiar. En ese sentido Charles H. Harris III cuestiona algunas de las generalizaciones implícitas en el mito de la hacienda norteña acerca de un terrateniente, generalmente ausente de sus propiedades, cuyo máximo objetivo en la vida es mantener a toda costa su prestigio ante la alta sociedad residente en la ciudad de México. Al contrario, la gran capacidad para negociar y hacer dinero parece ser un signo de familia, algo no común entre los terratenientes de la época.


Un apoyo imprescindible a la hora de elaborar esta historia familiar ha sido la documentación existente en el archivo de la Universidad de Texas: unas 75 000 páginas de cartas personales; de reportes e inventarios sobre las haciendas del gran latifundio coahuilense; de testamentos, escrituras y distintos procesos judiciales entablados por los Sánchez Navarro durante el período de estudio. En esto Harris III se ajustó al patrón de centrar la atención en grandes propiedades sobre las que hay abundante documentación. Con todo, es posible leer entre líneas su libro y detectar que el latifundio coahuilense no se dio en un absoluto vacío rural, sino que al lado de esa enorme propiedad familiar también existían las tierras comunales de los indígenas congregados en las misiones, las de los tlaxcaltecas, las pequeñas propiedades de los granjeros y los espacios inmensos ocupados sólo por indígenas hostiles a la colonización territorial.

Por la amplitud de los sucesos relatados, Harris III prefirió dar un tratamiento cronológico a su trabajo. También escogió una forma inteligente de organizar su relato estableciendo un paralelismo entre las distintas actividades del clan familiar y el incremento de la propiedad hacendaria de los Sánchez Navarro. Su decisión de repetir los mismos tópicos en ambas partes del trabajo le permitió ofrecer un análisis muy detallado de cómo se fue construyendo ese imperio económico. Eso mismo obliga a realizar una lectura más atenta del libro con el fin de detectar los cambios operados durante los años comprendidos en el estudio.


Es necesario señalarlo una vez más: el libro de Charles H. Harris III ocupa un lugar prominente en la historiografía regional. Su lectura se recomienda en primer término a los aficionados a la historia; pero cualquier lector podrá disfrutar de la forma en que el autor revive situaciones cotidianas de una sociedad que no resulta del todo extraña pese al paso del tiempo. Además, la historia de esa familia coahuilense nos llega en una buena traducción de Carlos E. Guajardo. En suma, se trata de un libro bien escrito e interesante desde el punto de vista narrativo.

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El imperio de la familia Sánchez Navarro 1765-1867 ( A mexican family empire, the latifundio of Sánchez Navarro) de Charles H. Harris III. Traductor: Carlos E. Guajardo. Editorial: Sociedad Monclovense de Historia, A.C. Primera edición, 1975. Tercera edición, 2002. 495 págs.


[Lecturas 1. Mayo-agosto de 2003]

domingo, 31 de enero de 2010

Mostrar la cruz y empuñar la espada: comentarios del autor


Mostrar la cruz y empuñar la espada:

comentarios del autor


Fernando Gracia García

A manera de resumen
El motor de la expansión colonial-evangelizadora, durante el siglo XVIII, en el noreste de Coahuila y en la antigua provincia novohispana de Texas, fue el Colegio Franciscano de Querétaro, institución destinada a la evangelización de indígenas en las zonas más aisladas del virreinato.

Al lado de los misioneros siempre hubo soldados provenientes de los presidios militares construidos en la región. A lo lejos, mediando entre estos protagonistas del avance colonial, se encontraba la Corona española con un interés creciente en la ocupación territorial y en el dominio efectivo de Coahuila y Texas, unas provincias demasiado alejadas del poder central virreinal. Esos territorios norteños habían quedado expuestos a las injerencias de apaches y comanches, entre otras tribus nómadas que desde las grandes praderas se introducían en los dominios de la Corona siguiendo las manadas de búfalos.

En general, los frailes y los militares coincidieron en cuanto a las estrategias de avance y ocupación. Ambos servían a los propósitos de la Corona española y, como señala Herbert Bolton, “se convirtieron en agentes del gobierno colonial”. La estrategia a seguir incluía la reducción-conversión de los indígenas y el control del área territorial ocupada. Esto pudo lograrse mediante la fundación de establecimientos misionales y con la construcción de presidios militares. Ése fue el modelo de ocupación y avance colonial generalmente seguido en todo el septentrión novohispano.

Quienes sufrieron esa historia de dominación fueron los nómadas regionales que vivían como cazadores recolectores. Éstos eran confinados por los frailes en los recintos misionales y sometidos, al menos en forma temporal, a un proceso de aculturación que incluía una breve iniciación a la fe católica. En seguida eran obligados a trabajar en las siembras y en la ganadería misionales para tratar de transformarlos en agricultores sedentarios y en gente “civilizada” según los valores y principios de la vida occidental.

Estos intentos de aculturación tuvieron escasos resultados. Los nativos reducidos protagonizaban rebeliones y levantamientos, a veces controlados por los soldados del presidio adjunto al complejo misional, o bien huían de los recintos administrados por los frailes. Esa situación se repitió una y otra vez a lo largo del siglo XVIII, obligando a los misioneros a deambular continuamente en busca de indígenas que aceptaran vivir bajo el régimen de reducción con el fin de justificar su presencia en el territorio de evangelización.

En la segunda mitad del siglo XVIII, los frailes del Colegio de Querétaro pretendieron evangelizar a los apaches lipanes, que desde tiempo atrás incursionaban en los territorios de Coahuila y Texas. Las misiones para apaches, caso de San Sabá y de los establecimientos misionales ubicados en el valle de San Joseph, duraron poco tiempo, pues terminaron siendo asaltadas e incendiadas por los comanches.

Ante la espiral de guerra y de violencia desencadenada en todo el septentrión, el gobierno borbónico trató de cambiar su política de ocupación a fines del siglo XVIII. En lugar de apoyarse en los tradicionales proyectos misionales, las autoridades virreinales prefirieron depositar su confianza en los soldados e impulsar la ofensiva militar a lo largo de la frontera de guerra con las tribus insumisas. En el año de 1768, el mariscal de campo marqués de Rubí, fue comisionado por el gobierno español a visitar la frontera septentrional. En su informe no sólo consideró inútiles los intentos de convertir a los apaches lipanes, sino que acusó a los vecinos de Coahuila de no estar preparados para defender sus propiedades, debido, según Rubí, “al sistema pacífico que se observa religiosamente en esta Gobernación”. En suma, aconsejó al virrey de levantar nuevas fortalezas en parajes estratégicos para la defensa de la Nueva Vizcaya y de Coahuila. Una de sus decisiones personales fue la supresión del presidio de San Sabá, que junto con el de San Antonio de Béjar y el de San Juan Bautista de Río Grande habían sido destinados a la protección de los complejos misionales administrados por los franciscanos del Colegio de Querétaro.

Así pues, a fines de los años sesenta del siglo XVIII, se estaba dando un cambio de actitud con respecto a los hasta ese momento considerados indios gentiles, merecedores de la salvación cristiana. Al menos los apaches eran catalogados de enemigos declarados de la Corona y se consideraba necesario erradicarlos o incluso exterminarlos, por constituir un obstáculo al avance colonial. Ese giro belicista fue introducido en el Reglamento de Presidios aprobado por Carlos III en 1772.

Pronto entendieron los prelados del Colegio de Querétaro la nueva estrategia gubernamental y, a partir de 1772, renunciaron al territorio de evangelización comprendido entre el área texana del río San Antonio y el área coahuilense de Río Grande. En un acto de entrega formal, con inventarios incluidos, cedieron los cuatro establecimientos misionales de San Antonio a los misioneros guadalupanos de Zacatecas, y San Juan Bautista y San Bernardo de Río Grande a los frailes de la provincia de Santiago de Jalisco.

Es necesario advertir que las dos misiones coahuilenses de Río Grande, San Juan Bautista y San Bernardo, habían estado bajo la administración del Colegio de Querétaro desde comienzos del siglo XVIII. Es decir, durante 72 años. Esos frailes decidieron emplear sus esfuerzos apostólicos en Sonora, en donde recibieron algunas de las antiguas misiones jesuitas abandonadas tras el decreto de expulsión de 1767.


Fuentes empleadas en la investigación
El presente trabajo se sitúa en el campo de la historia regional. Está basado en fuentes de archivo de primera mano, en fuentes primarias ya publicadas y en fuentes secundarias tanto estándares como nuevas. Algunos de los textos empleados, sobre todo las crónicas franciscanas, constituyen una rica fuente de información, pues son relatos hechos por los mismos protagonistas de la evangelización. Por lo general se ajustan a un modelo discursivo fijado en la tradición de la orden religiosa y el lector se ve obligado a discernir entre los aspectos narrativos derivados del modelo y los que refieren una situación histórica concreta. A favor del lector actúa la perspectiva temporal, pues permite detectar la importancia de ciertos hechos que casi pasaron desapercibidos al mismo cronista.

Muchos de los documentos franciscanos y civiles empleados en mi trabajo no han sido suficientemente utilizados por los historiadores. Sin embargo, constituyen una buena vía de acceso a las etapas formativas de la sociedad coahuilense. Me permito ponerlos a la disposición de otros investigadores. Entre los documentos referidos en el libro Mostrar la cruz y empuñar la espada figuran:
• 27 documentos procedentes del AGN, del AGEC y del ACSF de Celaya.
• He utilizado 19 documentos impresos, que son fuentes primarias recopiladas por otros autores.
• La bibliografía general comprende 136 libros, incluyendo algunas obras impresas en la época colonial, tales como las mencionadas crónicas franciscanas y los informes y reglamentos de las autoridades coloniales.
• Al lado de los estudios clásicos, de Vito Alessio Robles y de Herbert Bolton, figuran estudios actuales realizados por especialistas en historia regional; ente los autores citados en mi libro figuran Cecilia Sheridan, Carlos Manuel Valdés y Martha Rodríguez, todos ellos residentes en Saltillo.

Notas acerca del libro
Me permito compartir con ustedes algunas conclusiones obtenidas sobre el importante tema de la evangelización indígena, uno de los asuntos obligados de la historia de México. En Mostrar la cruz y empuñar la espada se destacan ciertas contradicciones en el proceso evangelizador originadas en el hecho de que los frailes se auxiliaron de militares al llevar a cabo sus tareas apostólicas.

La elección de las misiones del área coahuilense de Río Grande como objeto de un estudio histórico es muy justificada. Una vez establecido el complejo misional hacia el año 1700, se conformó un nuevo espacio poblacional y un puesto avanzado de carácter defensivo desde donde se realizaron múltiples entradas militares y evangelizadoras a Texas.


Entre los actores colectivos incluidos en Mostrar la cruz y empuñar la espada destacan los grupos de cazadores-recolectores que habitaban en la región, con su tenaz resistencia a la asimilación y a la pérdida de su identidad cultural.

Si bien algunos pueden considerar un tanto arriesgado haber tratado el proceso evangelizador desde una perspectiva indigenista, poco usual en este tipo de trabajos, a la vez resulta meritorio cuestionar anteriores versiones de la evangelización en que los misioneros únicamente eran presentados como héroes en busca del martirio en territorios de gentes consideradas bárbaras por los propios evangelizadores. Como he querido demostrar en este trabajo, los escasos resultados obtenidos habría que achacarlos, entre otras cosas, a los prejuicios culturales de los frailes y al desconocimiento del mundo indígena.

Se puede establecer que aun con ayuda militar o quizás por haber empleado la fuerza militar, el método evangelizador consistente en reducir a los antiguos indígenas de Coahuila en misiones produjo escasos resultados. Nunca se podrá saber con seguridad la autenticidad de las conversiones ya que los nativos eran obligados, con amenaza de castigos físicos, a asistir a la doctrina y a cumplir con los deberes cristianos.

De acuerdo a datos económicos comprobados, las misiones de Río Grande lograron superar el nivel de autosuficiencia alimentaria. Sin embargo, los frailes no propiciaron el desarrollo particular del nativo ni su incorporación a la sociedad colonial. Más bien, los misioneros se dedicaron a administrar los bienes comunes de la misión y a impulsar un tipo de trabajo colectivo y obligatorio supervisado por capataces.

Resulta concluyente que los nativos reducidos en misión no tuvieron la intención de convertirse al catolicismo, ni mucho menos de someterse a los designios de la Corona española, tal y como se contemplaba en las Leyes de Indias. Todo indica que los naturales buscaban un refugio temporal en el recinto misional y que, pasadas las situaciones de penuria o de guerra intertribal, huían para retornar a la vida nómada.

Cabe insertar la renuncia a las misiones de Río Grande y del río San Antonio en el contexto de la nueva política borbónica orientada a intervenir militarmente en la frontera septentrional en lugar del tradicional apoyo a los proyectos misionales.

Sin embargo, por más que los prelados del Colegio de Querétaro hayan tratado de justificar el abandono del territorio evangelizador del noreste con el conveniente argumento de concentrar sus esfuerzos apostólicos en Sonora, todo indica que la renuncia misional se debió al estado de guerra existente en la región propiciada por las incursiones de tribus ecuestres. Otra causa probable del abandono franciscano quizás haya sido la dificultad de encontrar nativos dispuestos a afrontar el riesgo de ser confinados en los recintos misionales.

Desde luego, corresponde a ustedes, como lectores, emitir un juicio acerca de las conclusiones obtenidas en Mostrar la cruz y empuñar la espada.

Les doy las gracias por su amable atención y aún les quedaré más agradecido si dedican un tiempo a leer este libro.

AgradecimientosQuiero agradecer al Gobierno del Estado su interés en la publicación del libro Mostrar la cruz y empuñar la espada.

Agradezco al profesor Rodolfo Navarrete, director general de Bibliotecas, Publicaciones y Librerías del Estado, por iniciar el programa de publicaciones del año 2004 con un libro de historia. En la edición, corrección de estilo y diseño participó un equipo de trabajo integrado por el licenciado Jesús Guerra, la profesora Laura González, la licenciada Patricia Galindo y la licenciada Gloria González. Ellos analizaron y revisaron varias veces el texto hasta la impresión final. Muchas gracias a ese formidable equipo.

Gracias a las gestiones de la Sección 38 del SNTE pude estudiar un doctorado en Historia en la UAZ, presentar la tesis de grado y, finalmente, escribir este libro. Aprovecho la oportunidad para rendir tributo al gremio magisterial que tanto apoyo me ha otorgado.

Mi agradecimiento a todos los asistentes al evento. De manera especial a mi familia y a mi esposa. Con su ayuda y comprensión pude terminar este libro.

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Mostrar la cruz y empuñar la espada. Apoyo militar a la evangelización indígena en el área coahuilense de Río Grande entre 1700 y 1772. Fernando Gracia García. Secretaría de Educación Pública / Dirección General de Bibliotecas, Publicaciones y Librerías. 2003. 244 págs.


[Lecturas 3. Enero-mayo de 2004]

jueves, 22 de octubre de 2009

La introducción del Ferrocarril a Saltillo


La introducción del ferrocarril:
un acontecimiento generador de cambios en Saltillo

Fernando Gracia García



Agradezco a la doctora Sandra Luz Rodríguez Subealdea la invitación a comentar su interesante libro, editado por la Secretaría de Educación Pública de Coahuila a través de la Dirección General de Bibliotecas, Publicaciones y Librerías. El libro La introducción del Ferrocarril a Saltillo, 1883-1910 se presenta al público sin perder ninguna de sus cualidades científicas, pues los editores, Patricia Galindo Lozano y Jesús Guerra, han logrado conferir a una investigación de carácter académico el estilo y la forma convenientes para la publicación. El texto original, una tesis de maestría presentada en la Escuela Normal Superior del Estado, fue el resultado de una acuciosa investigación en el Fondo Presidencia Municipal del Archivo Municipal de Saltillo, en periódicos de la época como El coahuilense, en obras consagradas y en estudios recientes de la historiografía regional, además de libros especializados en el tema del ferrocarril.

En el análisis histórico se han conjugado dos enfoques y metodologías distintos. Algunos conceptos proceden de la Escuela francesa de los Annales, otras ideas derivan de la microhistoria mexicana. Del francés Le Roy Ladurie se ha retomado la noción de acontecimiento generador como punto de partida de la explicación histórica.
[i] La sugerente propuesta del libro es que el acontecimiento ferrocarrilero acaecido en Saltillo entre los años 1883 y 1910 aceleró el crecimiento económico e incidió en aspectos de la vida cotidiana como las diversiones y las costumbres de los saltillenses. El cambio acaecido en Saltillo fue percibido por los mismos contemporáneos. Tomás Berlanga, redactor del Órgano Oficial del Gobierno del Estado de Coahuila señalaba el lunes 28 de mayo de 1883: “Los ferrocarriles se pueden considerar como expresión de adelanto de los pueblos porque levantan el comercio donde está decaído, aumentan la población donde faltan brazos, crean la industria y las artes en los lugares que no existen, dan trabajo a jornaleros y llenan de comodidades la vida del ciudadano”.[ii]

El presente estudio del ferrocarril se inscribe asimismo en la línea de la microhistoria mexicana. Los trabajos microhistóricos refieren los aspectos más representativos de una comunidad: la familia, los grupos sociales, el folklore, entre otros. Afirma Luis González y González que el microhistoriador utiliza el método científico en su viaje al pasado, pero en su regreso al presente se sirve de recursos artísticos como la composición y el estilo.
[iii] Sandra Rodríguez ha recogido en el libro La introducción del Ferrocarril a Saltilol, 1883-1910 lo típico de la comunidad, aquello que comenzó a cambiar con el acontecimiento ferrocarrilero. Entre otros aspectos característicos ha destacado la vida tranquila y rutinaria de los saltillenses. Los domingos por la mañana asistían a misa en la catedral, por la tarde iban de paseo a la Alameda. Sólo los bailes o alguna corrida de toros rompían de vez en cuando la monótona vida de la ciudad.

Pero el planteamiento principal del libro es que dicho acontecimiento afectó la estructura económica de la ciudad. La autora asume el compromiso de explicar esas transformaciones económicas en el contexto del incipiente capitalismo sobrevenido durante el gobierno de Porfirio Díaz.

Hasta la penúltima década del siglo XIX, Saltillo era la capital de uno de los estados pobres del país: los caminos de tierra no facilitaban el movimiento de las mercancías y el aislamiento de la ciudad impedía su crecimiento y desarrollo. Con el sistema ferroviario el Estado porfirista se propuso modernizar y llevar la prosperidad a los lugares más apartados de México. El ministro José Ives Limantour atendió el importante asunto de establecer las rutas y supervisó la construcción de las líneas del tren. La realidad es que no se cumplió el plan previsto por la dificultad de trasmontar las serranías y por el incumplimiento de las subvenciones acordadas con los contratistas extranjeros; sin embargo, el crecimiento de la red ferroviaria fue extraordinario: entre los años 1880 y 1910 se pasó de 1074 km de vías a 19,280 km.

Desde el año 1883 la línea del Ferrocarril Nacional unió la ciudad de México con Laredo y desde entonces el tren inició su paso por Saltillo. El día de la inauguración del tramo el alcalde Severo Fernández organizó una gran fiesta en la ciudad.

Por el año de 1888 el Ferrocarril Internacional Mexicano unió Piedras Negras, entonces ciudad Porfirio Díaz, con Torreón. La línea atravesaba el estado por el centro y permitía disminuir la distancia de los pueblos fronterizos. Torreón, un asentamiento de 200 habitantes, se convirtió en una de las ciudades más importantes del Norte. El avance del Internacional Mexicano fue impresionante, pronto se tendió un ramal a la zona Carbonífera y junto con el tren llegaron inversiones a la minería y a la industria siderúrgica. En mayo de 1895 se autorizó el ramal del Internacional para enlazar con la capital del estado.

Tres años después se creó el Ferrocarril Coahuila-Zacatecas para transportar mineral a la fundición Mazapil Cooper Company que tenía la sede en Saltillo. El gobierno federal otorgó la concesión de la nueva línea ferroviaria a Guillermo Purcell, el mismo dueño de la fundición. Por su parte, las autoridades municipales y estatales facilitaron el tendido de las vías.


¿Hubo cambios económicos significativos con la introducción del ferrocarril? En este libro se subraya que anteriormente la economía de Saltillo estaba prácticamente paralizada y no existían condiciones para la inversión. Ciertamente ya había una rudimentaria industria textil en el municipio así como una incipiente producción de chile colorado, harina, fideo, piloncillo y mezcal, pero resultaba muy difícil exportar los productos fuera de Saltillo. Prácticamente el estatus de la ciudad era el de una economía agrícola de autoconsumo. Con la llegada del tren, a fines del siglo XIX, se fortaleció el comercio local, la ciudad se modernizó y comenzó el desarrollo económico. Desde entonces Saltillo quedó articulado al mercado nacional e internacional, específicamente a los Estados Unidos. Las antiguas haciendas se reorientaron a la producción de cultivos de mercado como el ixtle y el guayule. Hubo que crear en consecuencia un sistema financiero. El primer banco de emisión fue el Banco de Coahuila, con sucursales en Durango y Nuevo León. A través del estado de Coahuila se tendieron líneas del ferrocarril para unir la capital con las principales ciudades fronterizas, quedando enlazados los centros de producción con los de consumo. Esto significó mayor número de operaciones mercantiles, más circulante y también más afluencia de visitantes, algunos decidieron quedarse a vivir en Saltillo.

Al mismo tiempo se experimentó un crecimiento notable de la población y un cambio cualitativo en su composición, con abogados, maestros, médicos e ingenieros. El gran desarrollo demográfico de Saltillo, decimoquinto lugar en el país y cuarto lugar en el Norte, incidió en la estructura urbana y la modernización de la ciudad: alumbrado eléctrico, drenaje, agua entubada, un rastro nuevo, tranvías urbanos y, muy pronto, el teléfono y el telégrafo. De acuerdo al censo de 1910 Saltillo alcanzó la cifra de 35,400 habitantes.

La pregunta toral es si la introducción del ferrocarril a Saltillo trajo cambios sociales significativos y manifestaciones culturales nuevas. La autora convence al lector de que el ferrocarril sí impactó en la esfera cultural y artística. El tren se hizo presente en el cine, en los billetes de banco, las estampillas de correo, la fotografía y la música popular. Nuevas publicaciones marcaron los signos de los tiempos, como las obras del historiador positivista Esteban López Portillo. Hubo periódicos liberales como El Coahuilense, primer periódico del estado libre de Coahuila, que fue aprovechado por el gobierno para divulgar la bondad del clima y promover el turismo y los negocios en Saltillo.

La estación del tren se convirtió en un nuevo centro social, añadido a la Catedral, la Plaza de Armas y la Alameda. El recinto ferroviario adquirió un encanto especial: conectaba con lo ajeno y era un lugar de incertidumbre, pues podía llegar cualquiera, el más ilustre o un simple desconocido. La estación de tren contribuyó a la integración cultural de los mexicanos al poner en contacto personas de diferente origen geográfico y posibilitar la unificación de costumbres, tradiciones y valores. El gobierno mexicano entendió el significado social del ferrocarril y utilizó el avance en el tendido de vías y la construcción de estaciones de tren como slogan del régimen porfirista. El tren se convirtió en sinónimo de progreso y en signo de estabilidad política.

Al finalizar el siglo XIX, el ferrocarril había modificado realmente las conductas y las aspiraciones de los saltillenses. La cultura citadina se llenó de elementos ferroviarios a veces traducidos en dichos y corridos populares; también la canción urbana, el cine, la pintura y la fotografía se inspiraron en el tema del ferrocarril. Resulta sintomático que las parejas de recién casados decidieran tomarse la foto de su boda con el fondo de una locomotora, y no de la Catedral, de la Plaza de Armas o de la Alameda como se había hecho hasta entones.

¿Hubo progresos educativos en la ciudad? Antes de la llegada del ferrocarril a Saltillo ya existían el colegio San Juan Nepomuceno y el Ateneo Fuente. El censo de 1900 recuenta un número bastante elevado de escuelas primarias en la ciudad: cinco para niños, cuatro para niñas y una escuela modelo, además de 27 escuelas rurales en el distrito. La Escuela Normal de Saltillo se creó en el año 1889, anexa al Ateneo Fuente; desde entonces un fenómeno cultural de la época fue el crecimiento de estudiantes de magisterio.

Concluyo señalando que el gremio de los historiadores y el público en general requieren de historias como la que propone en su libro la doctora Sandra Luz Rodríguez Subealdea. Los análisis locales o microhistóricos, por la cercanía y la concreción espacio-temporal de los fenómenos estudiados, están llamados a modificar clichés ya superados de la gran historia, la que se denomina Historia Nacional. En este caso la elección de un acontecimiento generador y significativo como el fenómeno ferrocarrilero ha servido de punto de partida del análisis y ha permitido llegar a un nivel más profundo en la explicación histórica.

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La Introducción del ferrocarril a Saltillo. 1883-1910. Sandra Luz Rodríguez Subealdea. Coordinación General de Bibliotecas, Publicaciones y Librerías; Secretaría de Educación Pública de Coahuila. 2005. 210 págs.


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Notas:
[i] Emmanuel Le Roy Ladurie expone sus conceptos de teoría de la historia en el libro Reflexión general sobre el oficio de historiar publicado por el Fondo de Cultura Económica, México, 1989.
[ii] Tomás Berlanga, Órgano Oficial del Gobierno del Estado de Coahuila de Zaragoza, Tomo II, Núm. 92. Saltillo, lunes 28 de mayo de 1883.[iii] Luis González y González, Invitación a la microhistoria, Fondo de Cultura Económica, México, 1986, p. 42.



[Lecturas 7. Primavera-verano de 2007]