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miércoles, 21 de septiembre de 2011

Entrevista a Claudia Piñeiro (2a de 2 partes)



Ecos de la FIL-Saltillo 2011

Claudia Piñeiro en la FIL-Saltillo 2011.
Foto: Jesús Guerra


Entrevista a Claudia Piñeiro
(Segunda de dos partes)

Ana Laura Cadenas

¿Cómo empezaste a escribir y por qué?
¿Escribir? Desde que yo sé escribir, agarrar una lapicera y escribir letras, escribo. Y siempre escribía cosas y las guardaba en mi casa y demás. Es al revés de otros escritores que no recuerdan haber escrito, que leyeron mucho y algún día dijeron yo también quiero escribir. En mí, la cuestión de querer expresarme a través de la palabra escrita me viene desde muy temprana edad porque me acuerdo de siempre estar escribiendo y siempre querer hacer composiciones en el colegio y contar historias y demás, y eso me llevó a la lectura, a ver qué contaban otros, no al revés.

Eres dramaturga, escribes literatura infantil y novela. De esas, digamos, tres diferentes formas de expresión de la palabra escrita, ¿qué te gusta más?, ¿tienes una favorita?
Sí, en realidad, lo que más me gusta es escribir novelas porque me da el tiempo para desarrollar los personajes que es lo que más me interesa, ¿no?, ir viendo quiénes son esos personajes, etcétera. Lo que pasa es que una novela es un proyecto de largo aliento, uno se pone a escribir una novela y sabe que va a estar años en esa novela. Entonces, cuando terminás una novela, y por no quedarte con esa angustia de no estar escribiendo nada, generalmente entre novela y novela me gusta escribir cosas para chicos en una época o dramaturgia en otra porque son proyectos más cortos. Una novela para chicos en general la resolvés en menos tiempo y el teatro también, en general lo resolvés en menos tiempo. Entonces me permite como un descanso. Y también las dos, tanto el teatro como la literatura para chicos tienen más libertad, en el sentido que en la novela te sentís como más apretado con determinadas cosas, que si son muy fantasiosas, que si son así, ¿no? En cambio en el teatro hay mucha más libertad poética y en la literatura para chicos hay mucha más libertad narrativa, de qué contar. Entonces son como vacaciones en medio de una novela y otra.

Claudia Piñeiro y Marcela
González Durán.
Y ahora, por ejemplo, entre escribir una obra y verla puesta en escena, y escribir una novela y que te la hayan llevado al cine… En una tú tienes más control de lo que estás viendo, en la otra no tanto. ¿Cómo te sientes respecto a eso?
En el teatro yo tuve más trabajos de equipo porque yo escribo la obra y generalmente la pone en escena un director amigo, entonces yo voy a ver los ensayos. Hay como una posibilidad más de trabajo en equipo, ¿no?, de corregir el texto en función de lo que te dicen, o de lo que ves, o de lo que aportan los actores también. En el caso de la novela, Graham Greene dijo que él había vendido muchas novelas para el cine y que lo que hay que hacer es cobrar y salir corriendo, una cosa así. Entonces, bueno, no digo que sea así, a mí no me resulta difícil porque como yo soy guionista sé que lo que voy a ver es algo distinto a la novela. Pero la realidad es que uno tiene que desprenderse del texto y ver qué hace el otro artista con ese texto, agregándole su propia impronta artística. Porque si no, sería el director un empleado del escritor que tiene que hacer exactamente la novela como la pensó y muchas veces la novela pensada desde lo literario no es lo mismo que lo que funciona en el cine. Por ejemplo, en Las viudas de los jueves cuando se adaptó hubo que sacar muchos personajes. La gente se enoja con eso porque dice «¿por qué sacó tal personaje?»; bueno es que para hacer una película hace falta concentrarse en los personajes, concentrarse en el tiempo, tomar determinadas resoluciones. A mí no me cuesta ver una película donde se hizo eso con mi texto. Tengo amigos escritores que les cuesta muchísimo hasta que les cambien una palabra porque dicen «es que yo esa palabra la pensé durante tres días seguidos y vas y la cambias».

O sea que para ti es, hasta cierto punto, por ejemplo, como ver la interpretación de Picasso de las Meninas.
Exacto. Qué provocó eso en el otro. Es que es una obra aparte. Disparada por lo que hiciste vos, pero en definitiva es una obra aparte.

Entonces, problemas de ego artístico, no tienes.
No. Además así, si la película fracasa, es mucho mejor para mí que sea una obra aparte. [Nos reímos.]

¿Hay planes de llevar alguna otra novela al cine?
Sí, Las grietas de Jara tiene una opción de compra, Elena sabe también, y Betibú, que es la nueva novela que saqué en Argentina, también está en proyecto de ser llevada al cine. Así es que de todas las novelas que hice he tenido una propuesta de llevarlas al cine. Lo que pasa es que a veces desde que se hace la opción de compra hasta que se genera el proyecto pasa mucho tiempo, porque son proyectos donde hay que juntar mucho dinero y demás, y capaz que pasan dos o tres años hasta que la película se realiza, y a veces no se realiza, ¿no?, pero todas despertaron interés para ser llevadas al cine.

Y después de la experiencia de Las viudas de los jueves, aunque no tienes ese problema de ego ni de tener que colaborar, ¿te ha surgido a lo mejor el deseo de ver si en los siguientes proyectos colaboras?
Sí, por ejemplo, ahora en la de Betibú, que está en proyecto de firmarse —el contrato todavía no se firmó—, me propusieron si de alguna manera quería mirar el guión, participar de alguna especie de supervisión del guión y sí, ahora tengo el deseo, porque me dan ganas de poder por lo menos marcar algunas cosas que yo creo que son fundamentales y que ésas no se cambien, después las demás sí, pero hay ciertas cosas que cambian la ideología del texto que me interesaría tener un control y poderlo ver, sí.

Hablando de Betibú, platícame un poco. Sé que no se va a presentar en México hasta el año que entra, pero…
Sí, en febrero. Bueno, es una novela que arranca con la muerte de un hombre en un barrio muy privilegiado, y este hombre aparece muerto de la misma manera en que mataron a su mujer tres años atrás. Todavía no hay nadie preso por la muerte de su mujer pero el consenso de la gente es que cree que él la mató. Entonces, como él aparece muerto de la misma manera que la mataron a ella, da la sensación que alguien se vengó o que lo mató el mismo que mató a la mujer; algo relacionado con la muerte de la mujer. Luego transcurre la novela y uno se entera más por qué aparece muerto de esa manera, pero digamos que los protagonistas no son ellos, digamos los muertos, sino la periodista, la escritora de policiales a la que le encargan instalarse en este lugar donde vive el hombre a averiguar qué fue lo que pasó, y dos periodistas del diario El Tribuno que es un diario muy importante en la novela y que está enemistado con el gobierno; entonces tiene problemas así de cómo se lleva con el poder, y que mandan a investigar a un chico joven, que recién aprende y que lo único que hace es buscar en Google las cosas, y hay otro periodista, que es el tercero en este grupo de investigadores, que es el que conoce la calle, el que sabe cómo se investiga, y de ahí se va a armar un equipo entre los tres donde cada uno le va prestando al otro de sus saberes como para encontrar un punto satisfactorio entre los tres.

Ayer platicabas un poco en la presentación el hecho de que en tus otras novelas hay algún crimen, que no ocupa necesariamente el primer plano, o una investigación y el trasfondo de algo que pasó, de una muerte que pasó. Y comentabas que en ésta, en Betibú, te lanzaste ya de lleno como a decir bueno, éste va a ser el plano primordial. ¿Por qué entrar a la novela policial en este momento?
Porque quería hacerme cargo del género, ¿no?, como que en las otras el género era secundario y hay una cuestión como de temor, porque a los escritores a veces nos parece que el género policial está visto como un género menor y entonces tratás de defender la novela, de decir, «bueno es policial pero tiene un montón de otras cosas», como que uno tuviera que estar siempre dando explicaciones de por qué escribió una novela policial. Entonces acá es como de alguna manera madurar con respecto a ese tema y decir, «bueno, es policial pero igual vale la pena leerla, desde mi punto de vista, y si querés leéla, pero es policial».

¿Tú crees que tus novelas anteriores te llevaron a este género? ¿A decir abiertamente, «ya, lo asumo»?
Yo creo que sí, porque en todas las novelas, aunque yo no las pensé de ninguna manera como novelas policiales, aparece el crimen, aparece el enigma, aparece la búsqueda de la verdad y eso me va llevando de alguna manera hacia el género policial. Entonces, creo que ellas me fueron llevando al género, sí. Totalmente. Al tratar de poner a los personajes frente a situaciones límite y demás, hicieron que me encontrara dándole vueltas al género policial.

¿Es un género en el que te piensas quedar?
No lo sé. Ahora la novela que empecé a escribir no es para nada claramente género policial pero yo siempre empiezo a escribir y después aparece un muerto, y ahí voy de nuevo para el género policial. [Ríe.] Pero de momento diera la sensación de que ésta no es de género policial pero yo desconfío de mi misma. [Ríe.] No sé si en algún momento irrumpirá esa obsesión, así como otros escritores tienen otras obsesiones.

A ti: el muertito que sale del clóset.
Sí, a mí siempre me sale un muerto del clóset. [Ríe.]

¿Cómo ha sido el recibimiento de lo que has escrito hasta ahora? ¿Cómo te has sentido con ellas?
Yo tuve mucha suerte que a todas las novelas les fue muy bien. La novela por la que me conoció todo el mundo, que no es la primera novela mía sino la segunda, es Las viudas de los jueves, y fue una novela que fue no solamente un best-seller así muy impactante en la Argentina, sino que además es lo que se llama un long-seller porque hoy, cinco o seis años después, se sigue vendiendo muchísimo; entonces, además es una novela que ha permanecido. A las otras novelas también, a todas, les fue muy bien. Ahora Betibú que salió a fines de abril, y de fines de abril hasta ahora sigue entre las cinco más vendidas. Además de que, digamos, la crítica la acompaña, tiene buenas críticas, hay un público lector que está esperando mis novelas y eso a mí me pone muy contenta, porque uno sabe que ese acto de comunicación que empieza con eso que uno está escribiendo va a llegar a otras cabezas donde se va a completar. Así que, bueno, por ahora es así, eso no quiere decir que no me pase en algún momento que uno escribe algo que a la gente no le importe, no le interese, no le llame la atención; pero hasta ahora tuve suerte con todo lo que he escrito.

¿Eso te pesa? ¿Te da una carga de responsabilidad? ¿Un cierto estrés?
El estrés tiene más que ver con escribir algo que no está bien o que no está tan pulido, qué se yo, y que a los editores igual les interese publicarlo porque saben que hay como una masa de gente que está esperando la próxima novela. Hay otros escritores que lo que les pasa es que tienen miedo que no los publiquen u otro tipo de cosas. A mí lo que me pesa un poco es que en las novelas que escribo yo intento ser en cada una, en algo, un poquito mejor que en la anterior, ¿no?, para no descansar sobre eso de «ah, bueno, como la otra la leyó tanta gente a ésta la va a leer también tanta gente».

Es decir, que para ti la presión es más bien en términos literarios.
Exacto. En términos literarios, exactamente. Tratar de tener un desafío en cada novela, de experimentar alguna cosa diferente que a lo mejor para el público es transparente y no se da cuenta, pero para mí como escritora sí hay un desafío en casi todas con respecto a la anterior, para lograr algo distinto a lo que venía haciendo hasta ese momento.

¿Tú sigues preparándote?
Sí, a mí me gusta mucho rechequear lo que escribo. Yo fui muchas veces a talleres de escritura creativa, con maestros que son escritores que les dan cursos a otros escritores. Pero además ahora, hace un tiempo, nos juntamos con varios amigos escritores todos los lunes a leernos lo que estamos escribiendo. Entonces funcionamos así: no hay un profesor, sino que cada uno llevá lo que escribe y entre todos opinamos sobre ese texto. Y a mí me sirve mucho hacerlo mientras estoy escribiendo; me interesa ese proceso. Hay otros escritores que no, que escriben todo hasta el final y hasta el final no se lo muestran a nadie. A mí me sirve irlo mostrando y ver qué pasa con eso.

Ayer mencionabas que tú ves una obra como una imagen y vas desarrollando esa imagen, luego empiezas a plasmarla en papel y a veces el final que tú pensabas no resulta ser el final que la obra misma te llevo a tener. ¿ empiezas con un final fijo? ¿Vas desarrollando la novela como viene?
No, cuando yo empiezo con esa primera imagen y ese primer conflicto, lo que dispara la historia, lo tengo muy claro cuando me pongo a escribir. Y no me pongo a escribir hasta pensar por lo menos hacia dónde va la historia y cómo va a ser el final. Lo que sucede es que cuando empiezo a escribir, muchas veces el final no es el que corresponde. Incluso me ha pasado estar escribiendo, ir por la mitad de la novela y estar trabada, trabada, y en ese momento descubrir que estoy trabada porque estoy queriendo ir hacia el final que había previsto cuando empecé a escribir y que ya no es el posible para ese desarrollo y esos personajes. Entonces, por una cuestión de obsesión y de sentirme tranquila, yo me siento a escribir pensando que sé el final, pero generalmente lo modifico, en casi todos los casos lo he modificado.

Para terminar, ¿escribes todos los días? ¿Tienes un horario?
Mientras mis chicos eran chiquitos, yo escribía con mucho método mientras ellos estaban en el colegio. Los llevaba a las ocho al colegio y los iba a buscar a las cinco y tenía todas esas horas como disponibles para escribir. Ahora que son más grandes y están menos pendientes de mí y me dejan mucho más tiempo libre, lamentablemente, porque uno quisiera también que sigan pendientes de uno [ríe], me desordeno un poco, en el sentido de que sé que si una mañana no puedo escribir a la tarde seguramente voy a poder escribir, o en la noche voy a poder escribir. Yo creo que, digamos, casi todos los escritores, por lo menos en Latinoamérica, con muy pocas excepciones, tenemos otros trabajos porque no podemos vivir de lo que escribimos nada más. Entonces también escribo para publicaciones, para revistas o cuentos para antologías o lo que sea, y además doy clases también de escritura creativa; entonces el tiempo de escribir termina siendo, como siempre, un tiempo robado a otras cosas, o a los chicos o al otro trabajo o a lo que sea, pero sí que lo que más me interesa es robarle el tiempo a otras cosas para escribir o para leer, así es que estoy muy atenta de eso.

martes, 20 de septiembre de 2011

Entrevista a Claudia Piñeiro (1a de 2 partes)



Ecos de la FIL-Saltillo 2011

Claudia Piñeiro en la FIL-Saltillo 2011. Foto: Jesús Guerra


Entrevista a Claudia Piñeiro
(Primera de dos partes)

Ana Laura Cadenas

El sábado 10 de septiembre, dentro del marco de la décimo cuarta Feria del Libro de Saltillo (y primera Internacional), la escritora argentina Claudia Piñeiro presentó dos de sus novelas recientes: Las viudas de los jueves (2005; Alfaguara, 2007), ganadora del Premio Clarín de Novela 2005 —obra con la cual alcanzó el reconocimiento internacional, que fue llevada a la pantalla grande por Marcelo Piñeyro— y Las grietas de Jara (Alfaguara, 2009), ganadora de la edición 2010 del Premio Sor Juana Inés de la Cruz.

Nacida en Buenos Aires, Argentina, en 1960, Claudia Piñeiro es narradora, dramaturga, guionista de televisión y colaboradora de distintos medios impresos. Ha obtenido diversos premios nacionales e internacionales por su obra literaria, teatral y periodística.

La presentación, a cargo de Marcela González Durán, directora de Alfaguara México, fue una divertida charla en la que se tocaron muchos aspectos de las novelas, desde el proceso creativo, el desarrollo de personajes y, por decirlo de alguna manera, la sana «obsesión» de Claudia Piñeiro por los asesinatos.

El domingo tuve la oportunidad de sentarme a platicar con Claudia en el hotel Camino Real. A continuación les comparto la entrevista.



Ana Laura Cadenas: ¿Por qué leer?
CLAUDIA PIÑEIRO: Bueno, el tema de por qué leer a veces es muy difícil de transmitir porque a mí no me gusta esa cuestión de que hay que leer. El que no lee se pierde algo, pero hay muchos que nos perdemos muchas cosas, entonces si alguien no quiere leer, ¿cómo obligarlo? No, no me parece. Pero sí que me da pena que se pierdan un montón de cosas que los que leemos tenemos.

A mí me pasó, por ejemplo, que como manejo mucho siempre llevo un libro conmigo a donde voy, porque me da esa como desesperación de que si llego y tengo que esperar en algún lado y no tengo un libro algo va a pasar, entonces yo llevo [libros] muchas veces en el auto, no para leer obviamente mientras estoy manejando sino cuando llego; y una vez uno de mis hijos, cuando era muy chiquito, agarró el libro y me dijo: «¿Pero qué hay acá adentro que lo llevas a todas partes?» Y un poco eso es lo que a uno le gustaría transmitir, que hay allá adentro un montón de cosas para descubrir; no solamente historias y personajes, sino también el rescate del lenguaje que es algo que nos constituye como seres humanos. Entonces, eso lo tiene que descubrir el otro.

Creo que de todos modos en el caso de los niños es un proceso de iniciación. Si alguien los inicia en la lectura es mucho más fácil que si la descubren solos. Pero es casi una cuestión también mágica, ¿no?, eso de que algunos pueden dejarse seducir por la lectura, y hay otros que no. Lamentablemente es así.

¿Cuándo empezaste a leer?
Empecé a leer en el colegio, básicamente. Mis primeras lecturas eran orientadas por las maestras. Mis padres me compraban libros cada tanto. Para ellos leer era un valor, pero no era una familia lectora que tuviera grandes bibliotecas y que estuviera incentivando todo el tiempo; simplemente era una familia sencilla que sabía que leer era bueno y que cuando podían ahorrar plata me compraban algún libro, pero el descubrimiento de las lecturas vino más a partir del colegio.

A veces hay libros que sirven de introducción, porque la lectura también tiene un primer momento que tiene que ver con poder manejar bien la capacidad de lectura, más allá de lo que estás leyendo. A veces sucede en la Argentina, no sémo será en México, que hay chicos que llegan al séptimo grado de la primaria sin leer de corrido y bien, y esos chicos nunca van a poder apreciar la literatura porque les cuesta la función lectora. Entonces hay una cuestión de entrenamiento. Lo mismo que hay gente que dice «yo tardo un año para leer una novela», y uno que está acostumbrado a leer más seguido quizá la lea en dos días. Cuando uno está leyendo seguido, lee más rápido, y cuando dejas un tiempo de leer, te cuesta retomar. Entonces hay una cuestión de entrenamiento en lo que es leer, más allá de lo que estés leyendo, que es importante y que también se ejercita.

Después hay que lograr ese paso. A mí me parece que hay libros que sirven del pase de un lado al otro. Que pueden ser de lectura más sencilla pero que te sugieren que hay algo más que un best-seller, o que hay algo más para descubrir en otros autores. Yo me acuerdo que a Harold Bloom, que odia los libros de Harry Potter, alguien le decía en un reportaje «pero bueno, aunque sea nos sirve para que inicien [a leer]» y él decía que no, porque entonces después van a leer a Stephen King. Bueno en realidad Stephen King tampoco está mal, es como que [Harold Bloom] lo dice desde una soberbia demasiado alta de lo que sirve y lo que no sirve. Entonces son todos pasajes, ¿no?, uno pasa por Stephen King, que es un maestro de lo que hace, y después puede ir a otra cosa, y así...

Claudia Piñeiro y Marcela González Durán


Yo soy una fan de Harry Potter, y a mí leer Harry Potter no me quita de leer otras cosas.
Exactamente. Y Stephen King tiene libros maravillosos también. O sea, me parece que esa postura tan elitista de la literatura no sirve justamente para fomentar la lectura, ¿no?

¿Libros favoritos, autores que te hayan gustado mucho?
Los dos autores que más sigo actualmente son David Lodge, que es un inglés, y Coetzee, que es un sudafricano, ganador del premio Nobel, y me gusta tener alguna novela de los dos para leer porque Coetzee es muy duro. Uno de sus libros favoritos míos, que más me gusta, es un libro que se llama Desgracia, y es un libro de unas imágenes demasiado fuertes, entonces me gusta siempre estar leyendo un libro de él y uno de Lodge que tiene una ironía y un humor muy ácido, como es el humor inglés, y que a mí me divierte mucho, y que habla mucho de los mundos universitarios y del querer aparentar que son tan importantes si no son tan importantes, etcétera. Son dos autores que en la actualidad sigo bastante. Después leo mucho literatura nueva que sale en mi país, de autores jóvenes que generalmente se editan en editoriales más alternativas, como para saber también qué está escribiendo la gente, ¿no?, por dónde pasan los intereses, cómo se apropian del lenguaje, etcétera, y ahí te encontrás con cosas muy interesantes que a lo mejor no tienen circulación, a lo mejor no llegan a otros países, pero que son muy buena literatura. Y después, bueno, hay autores que me gustan mucho como Chéjov, Cheever o Carver, y un libro que me encantó leer fue En busca del tiempo perdido, Por el camino de Swann, que es un libro difícil para entrar para el lector que no está acostumbrado como a esa morosidad, pero una vez que te dejas llevar es así como de una perfección impactante.

¿Hacia qué tipo de género te inclinas?
A mí lo que más me gusta leer es novela. Ahora, dentro de la novela, los géneros ya no me interesan tanto; sigo más a los autores que a los géneros. Entonces puedo leer a Simenon, no porque sea policial sino porque me gusta, y puedo no leer otras cosas del género policial. Dentro de, digamos, cuento, novela, poesía, lo que más me atrae leer es novela, y dentro de eso, los autores que sé que no me van a defraudar; y siempre trato también de descubrir alguno nuevo.

¿Tienes libros de cabecera? ¿Qué tienes en tu casa que estés leyendo?
Las casas de los escritores, en general de los que conozco, son un caos de libros, porque los libros crecen como hongos. Vos los ordenás y al rato tienes de nuevo pilas de libros por todos lados y nunca alcanzan las bibliotecas para ordenarlos, porque además te regalan libros y te mandan libros y vos te comprás libros, entonces es un crecimiento tan exponencial que es imposible. Así que, digamos, tengo pilas de libros cerca de mi cama, por todos lados, para leer y después no los puedes leer todos, pero los tengo ahí por el deseo de... bueno, en algún momento los voy a leer, pero hay algunos libros a los que se recurre más veces. Por ejemplo, hay libros de George Steiner, que es un filósofo que habla mucho sobre el lenguaje, que cada tanto releo, o algunos libros de Barthes como El placer del texto o La preparación de la novela. Los que releo, que tengo más de cabecera, tienen más que ver con el ensayo literario que con la novela en sí misma.

¿Crees que de todo libro, por malo que sea, se puede sacar algo bueno?
No, me parece que no. [Ríe] No, el libro es un objeto, entonces, digamos, literariamente, a todos no se les puede sacar algo. Hay libros que no son de literatura, son de otra cosa. Un libro de recetas de cocina es un libro de recetas de cocina y alguien podrá hacer una comida muy rica con eso, ahora, eso no es literatura. Y con otras cosas más cercanas a la literatura también pasa que a veces un libro puede generar otras sensaciones pero no la de estar leyendo literatura, no. Eso más allá de la calidad o no de los textos, ¿no? Hay libros que están pensados para otra cosa. Para entretener, para pasar el rato.



¿Crees —digo, obviamente no sabes mucho de México pues no has estado aquí mucho tiempo, pero en Argentina—, crees que se está leyendo más, se está leyendo menos, se está perdiendo la lectura?
Mira, en realidad hay una cosa muy contradictoria que es que las generaciones nuevas lo que hacen todo el tiempo es comunicarse a través de la palabra escrita, porque los mensajes de texto, los chats, el Twitter, el Facebook, es todo palabra escrita. Uno escribe y el otro lee. Entonces la palabra escrita está como en su apogeo de alguna manera. Eso no quiere decir que esas generaciones lean literatura, ¿no? Me parece que siempre, en todas las épocas, la literatura fue para pocos; en una sociedad, la mayor cantidad de gente no lee, siempre son como un círculo reducido, y es como la obligación probablemente de políticas de Estado y demás lograr que la gente lea, fomentarlo, acercar los libros. Porque la cuestión también es la cercanía de un libro, ¿no?, si un chico no tiene libros en su casa va a ser bien difícil que lea. El acceso gratuito a bibliotecas y demás, todo eso fomenta la lectura. Pero me parece que siempre, de todos modos, los lectores, siempre son como minoría en una sociedad.

En Argentina, ¿cómo ves eso del fomento a la literatura?, ¿crees que se está dando?
Hay planes interesantes, hay planes que hace la CONABIP, que es el organismo que se ocupa de las bibliotecas populares. Hay planes de la Secretaría de Cultura y demás. Hubo unos cuantos años de retroceso en la educación pública, sobre todo en la década del noventa, y eso no ayuda porque justamente no genera gente con potencial para disfrutar la lectura porque se traban al leer. Entonces hay que empezar por una cuestión ya como de base. Ahora, a mí me parece cuando voy a otros países de Latinoamérica que tengo la sensación de que hay mejores planes de lectura. Cuando fui a Perú, por ejemplo, hace unos años, tenían estipulado, desde el gobierno, por ejemplo, cuántos libros había que leer en la escuela por año. Está bien, uno puede decir «bueno a lo mejor no los leen», pero ya hay una cuestión con que el Ministerio de Educación diga hay que leer ocho libros en tal grado por año, es un objetivo que se les pone a los maestros. Porque a veces los maestros están apurados con otras cosas y dejan las lecturas de lado.

¿Qué estás leyendo ahora?
Ahora me traje para leer, para el viaje, dos manuscritos porque soy jurado de un concurso de novela en la Argentina, entonces tengo que leer 10 manuscritos y me traje dos. Pero además de eso, me traje un libro de un chileno que se llama Alejandro Zambra que se titula Los caminos para volver a casa. Es una novela de Anagrama que la presentó hace muy poquito acá en México. Y me traje un libro de cuentos que me prestaron de una autora argentina que es una mujer mayor, se llama Elvira Orphée, y ya no se consiguen sus libros, y alguien me prestó un libro de cuentos de ella también para el viaje.

Claudia, cuando no conoces un autor, ¿te lo recomienda alguien?, ¿es algo que vas a una librería, te llama la atención, lo compras?, ¿qué usas como referencia?
Hay una cuestión como de voyeur, de estar siempre espiando lo que leen los demás. Y los demás pueden ser un amigo, puede ser un librero; creo que se va armando como una cofradía. Uno sabe a quién preguntarle, «ché, qué te parece si leo tal cosa». Voy y me fijo en las librerías, pero sobre todo hablo con los libreros. O sea, todavía en Argentina hay tradición de librerías donde el que está vendiendo sabe muy bien lo que está vendiendo. Hay las de cadena en donde es más difícil y vos te das cuenta que saben menos, pero hay muchas librerías donde el librero funciona normalmente como alguien que te recomienda lecturas, y además que te recomienda a vos, que no es lo mismo que recomendarle a otro. Yo también, cuando me piden que recomiende libros, quiero saber a quién se lo voy a recomendar porque no a todas las personas yo les recomendaría lo mismo para leer, ¿no? Y bueno, yo [me guío] de esa manera también, por las notas que salen en los diarios, por las críticas o las notas que salen en los suplementos culturales, que a lo mejor aparece un autor que me interesa, y mucho, mucho, por recomendación.