Las bailarinas muertas
de Antonio Soler
Jesús Guerra
Antonio Soler (Málaga, 1956) es un autor poco conocido en
México por los lectores en general, a pesar de que, como dice el texto de
contraportada de la nueva edición de su novela Las bailarinas muertas
(Debolsillo, colección Contemporánea, 2010), «es uno de los autores españoles
más destacados de los últimos veinte años, celebrado por la crítica y anhelado
por los lectores. Su legión de admiradores se extiende por media Europa». Y es
una lástima que se legión de admiradores se extienda sólo por media Europa. ¿Y
Latinoamérica (hay edición brasileña)? ¿Y Estados Unidos (hasta donde sé
Antonio Soler no ha sido traducido al inglés, aunque ha pasado temporadas en Estados
Unidos, como escritor en residencia en universidades y su obra es estudiada en
los departamentos de español)?
Antonio Soler ha publicado las novelas: Modelo de
pasión (1993), Los héroes de la frontera (1995), Las bailarinas
muertas (1996; Premio Herralde y Premio de la Crítica), El nombre que
ahora digo (1999; Premio Primavera), El espiritista melancólico
(2001), El camino de los ingleses (2004; Premio Nadal), El sueño del
caimán (2006), Lausana (2010), y Boabdil (2012). Vale la pena apuntar que El camino de los ingleses
fue llevada al cine en 2006, con guión del autor y dirigida por Antonio
Banderas, con Alberto Amarilla, María Ruiz y Victoria Abril, entre otros.
Las bailarinas muertas fue publicada por Anagrama en 1996, en su colección
Narrativas Hispánicas, luego reeditada por la Editorial Mediasat en la
colección Escritores Andaluces Contemporáneos, en Madrid, en el año 2003, y en
2010 por Debolsillo. Además ha sido traducida al griego, al italiano, al
francés, al portugués de Portugal y al de Brasil (dato curioso, en la edición
brasileña la novela se llama As dançarinas mortas, y en la
portuguesa se llama As bailarinas mortas).
La novela está narrada en el «presente» por un adulto desde su propia
perspectiva cuando era niño-casi-adolescente, en un pueblo, en los años 60, y
narra dos historias compuestas, a su vez, por muchas pequeñas historias, es
decir, narra las historias de dos personajes centrales —el propio narrador, en
el pueblo, y su hermano mayor, cantante en un cabaret de Barcelona— y sus
historias, relacionadas con las historias de las personas que los rodean. La
historia de su hermano con dos perspectivas diferentes pero propias: las
impresiones que de los acontecimientos tenía el joven al leer las cartas y ver
las fotos que enviaba su hermano desde Barcelona, mezcladas con la narración
que de esos mismos acontecimientos su hermano le hizo, muchos años después,
siendo ya adulto el narrador.
La historia general que nos cuenta el narrador, siguiendo su
perspectiva infantil del pasado, va de una historia a otra, de un grupo de
personas a otro, guiadas por la asociación de los recuerdos y las asociaciones
posteriores. Este aparente caos está perfectamente controlado por el lenguaje,
un lenguaje lleno de sugerencias, de brillos, de colores, de formas cambiantes.
Las historias en sí mismas son interesantes, pero son variaciones de historias
conocidas de dos ambientes específicos y de dos transiciones clásicas: el paso
de la infancia a la adolescencia de un grupo de amigos en un pueblo, con sus
juegos, sus deportes, sus travesuras, sus primeros enfrentamientos con el deseo
y el sexo, con el tabaco y el alcohol, y con la muerte. Y el paso, en el caso
del hermano mayor, de la provincia a la gran ciudad, de la casa familiar a la
pensión «de artistas», en donde convive con un trompetista, con bailarinas, con
un mago, con un fotógrafo, todos relacionados con el mismo cabaret en donde el
muchacho es bailarín y cantante.
En la mente del niño se mezclan sus propias experiencias cotidianas
con las experiencias que su hermano cuenta en cartas y muestra en fotografías,
desde una gran ciudad a más de mil kilómetros de distancia. A esto hay que
agregar la versión que los padres del niño y del cantante lejano tienen y
cuentan de las experiencias narradas en las cartas del hijo mayor. El padre,
por ejemplo, lleva las fotos que su hijo le envía desde Barcelona y al contar
las historias de las cartas las expande, las cambia, y le inventa amoríos con
las bailarinas fotografiadas, que sus amigos ven con deseo en el bar del
pueblo.
Las bailarinas muertas es
una novela deliciosa, hipnótica, dramática, cómica por momentos, melancólica y
nostálgica. Una melancolía nostálgica o una nostalgia melancólica controlada
pero permanente. Y, por encima de todo, la obra nos muestra el extraordinario
manejo del lenguaje por parte de Soler, un lenguaje que convierte estas
historias interesantes en una obra superior, sumamente disfrutable y memorable.
Edición francesa de bolsillo |
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Las bailarinas muertas. Antonio Soler. Anagrama. Narrativas Hispánicas. Barcelona. 256
págs.
Edición portuguesa |
Edición brasileña |
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