martes, 24 de noviembre de 2009

La isla desierta


La isla desierta

Juan Martínez Tristán



Conocido es el juego literario atribuido a Jules Lemaitre y seguido por Gide, en el que se hace la pregunta: “Si tuviera que pasar el resto de su vida en una isla desierta, ¿cuáles son los veinte libros que le gustaría llevarse?” Encuestados de este modo artistas, filósofos, científicos, escritores, lectores interesados, etcétera, las respuestas fueron tan variadas y sorpresivas como las preferencias, actividades, épocas o particularidades de cada quien.

Sin embargo, y pese a lo variado de las contestaciones, sobresalieron en alto porcentaje de mención: La cartuja de Parma, de Stendhal; Madame Bovary, de Flaubert; La montaña mágica, de Thomas Mann y Los hermanos Karamazov, de Dostoyevski.

Hubo también quien extendiera su lista hasta trescientos títulos o que escogiera algo imprevisto, como Mi lucha de Adolfo Hitler; por otra parte, el Ulises de Joyce nadie lo mencionó. Dado que se citaron obras de línea teórica, hubo inclinación por algunos pensadores, en su orden: Bergson, Einstein, Freud y Marx, lo que muestra que hay lectores de toda índole. Camilo José Cela supo del gracioso jueguito y contundente el agudo Nobel arguyó:

—¡Joder! ¡Yo me llevaría el Manual del perfecto náufrago!


[Lecturas 2. Septiembre-diciembre de 2003]

martes, 3 de noviembre de 2009

El arte de amar


El arte de amar

Mercedes G. Luna Fuentes


Pensé hace tiempo que sería conveniente comenzar a leer algunos de los libros más antiguos para orientarme un poco en el camino. Para ello sirven, entre otras cosas, las grandes obras. No sabía lo que acababa de comprar aquel día, mis manos tomaron el libro que Publio Ovidio Nasón escribió una decena de años antes del nacimiento de Jesucristo: El arte de amar. Pensé que lo más antiguo sería lo más bello, en parte así fue, pero lo que no esperaba fue que estos códigos del amor fueran tan actuales. Me topé con posturas libres que probablemente eran mejor vistas en aquella época que en la nuestra, aunque ahora en su mayoría se practican veladamente. Digamos que en aquel entonces era tener clase, estilo para amar.

Al amor lo contempla Ovidio no como una entrega permanente hacia una sola persona, sino como entregas fugaces que lo dan todo, y aún así, al acabar una relación se termina con más elementos y nuevas palabras para ofrecer en la siguiente.

El arte de engañar para conseguir un momento de placer es defendido a toda costa, nos sugiere que uno se puede valer de lágrimas, tristezas y enfermedades falsas, que es válido proyectar una imagen de espíritu destrozado y que todo ello lo que realmente encubre es la verdadera máscara del deseo o de la curiosidad; el único riesgo que se corre es el siguiente: al fingir amor puede una quedar a merced de este sentimiento, es decir, encontrarse al final verdaderamente enamorada.

Era todo un epicúreo este Ovidio, no daba importancia a la edad, aspecto físico o condición de sus amantes, su interés era meramente el trofeo de dar placer a aquella que perseguía. Más que amante perfecto pareciera un superhéroe con alma de madre Teresa de Calcuta; se veía a sí mismo como un guerrero; incansable por cierto.

El arte de amar me resultó acertado, divertido, sumamente apasionado; no obstante, también provocó en mí una reducida molestia: este libro tiene dos códigos dirigidos a lectores masculinos y un único código dirigido a las mujeres, y por si no fuera suficiente la desventaja, el número de páginas del código femenino es escaso. Puede ser que Ovidio temiera dar más armas a sus futuras amantes, o sencillamente, por su condición, le pareciera suficiente. Que lástima, si este código dirigido a las mujeres, fuera más amplio —me conformaría con que el autor hubiera agregado unas cuantas páginas más—, bastaría para colocar en graves problemas a más de uno hoy en día (o incluso a la sociedad misma).

El autor maneja la alternativa de la incertidumbre, de los celos provocados, como una manera de mantener el interés. Digamos que el hacer sufrir esporádicamente es medio eficaz para retener a la persona que se quiere, o para interesar a la que se pretende.

Era extraordinario este hombre, escribió elaborados códigos amorosos que, sin duda alguna, dan resultado. ¿Cuánto tiempo dedicó Ovidio a conocer mujeres? ¿Dormía acaso? Me lo imagino bajando de un balcón con la idea en su cabeza, ¿en qué otra ventana o puerta entraría?, o pensando a qué criado convencer de guardar silencio. ¿Enamoraría a la esposa de un algún político importante? Puede ser que ésta última haya sido una de las causas de su destierro al Mar Negro.

A lo largo de la lectura, me topé con argumentos encontrados. En el código dirigido a los Apolos dice en una de sus partes:

No andéis escasos en prometer: las promesas cautivan a las mujeres. Poned a cualesquier dioses por testigos de lo prometido. Júpiter desde las alturas ríe del perjurio de los amantes, y manda a los vientos de Eolo que lleven los que son nulos, Júpiter solía jurar en vano a Juno por el lago Estigio, y él mismo nos alienta con su ejemplo (…).



Y en el código opuesto, en el dirigido a las Pentesileas dice:

Hay hombres que engañan con la apariencia de un falso amor y por los medios tales consiguen vuestra deshonra.



Un poco más delante dice:

Oh hijas de Cecrops, no creáis a los juramentos de Teseo, porque hará después de haber jurado lo que hizo antes.


¿Qué tal? Los argumentos contrarios que menciono, son elementos que el autor da a ambos sexos para luchar, dudar y debatir en el proceso de obtener el amor o entregar los favores del mismo, todo ello en un ambiente de cuestionamiento interior constante, lo que lo hace complicado y bello. ¿Quién tendrá la verdad del amor en uno de tantos encuentros? ¿Quién estará verdaderamente enamorado dejando a un lado su simple curiosidad y su egoísmo? No lo sabremos nunca, sólo quien lo vive.

Este libro no me dio respuestas, más bien representa una pequeña parte de lo que alguien es capaz de hacer por obtener amor o pasión sin remordimiento.

Me quedo con unas pregunta al cerrar el libro: ¿Qué fue lo que motivó a Ovidio a escribir estos códigos? ¿El amor, la desilusión o el cinismo de los que saben mucho?

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El arte de amar. Ovidio. Editorial Alba. Madrid, España, 2001. 96 págs.

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Ver también:


* Sobre Ovidio:
http://es.wikipedia.org/wiki/Ovidio
* Sobre El arte de amar: http://es.wikipedia.org/wiki/Arte_de_amar
* El libro se puede leer en PDF en: http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca%20digital/libros/O/Ovidio%20-%20El%20arte%20de%20amar.pdf


[Lecturas 3. Enero-mayo de 2004]


lunes, 2 de noviembre de 2009

Presentación del blog


Presentación del blog de la revista Lecturas Tu Red

Jesús Guerra


Como sabemos, el término blog proviene de dos palabras del inglés: web log, es decir, 'registro en la web'. Inicialmente, y para muchos éste sigue siendo su función primordial, era una especie de diario en línea, que podía ser público o privado, aunque el interés, por supuesto, es que fuese público.

Los blogs han pasado a ser publicaciones personales o institucionales para realizar comentarios. Hay blogs de cualquier tema que se nos ocurra. Independientemente de cuestiones técnicas, lo que diferencia a un blog de un sitio de Internet es que el lector tiene la posibilidad inmediata de dejar su propio comentario, su respuesta a lo que el blog publica, y que su respuesta sea visible, automáticamente, para cualquier lector subsecuente. Es decir, no sólo la creación de un blog es muy sencilla para cualquier persona, y además de manera gratuita en la mayor parte de los sitios que prestan este servicio, sino que el lector, también con mucha sencillez, puede aportar su opinión. Un blog, entonces, es una publicación en la que el hecho de la comunicación realmente se pone en práctica pues incorpora la retroalimentación, o por lo menos la posibilidad de la retroalimentación.

En el blog de la revista Lecturas Tu Red, que ahora presentamos, iremos publicando los materiales de las revistas publicadas, así como materiales nuevos, exclusivos del blog; estos textos nuevos, junto con otros, en algún momento nos permitirán publicar nuevos números de la revista en papel, en copia dura, como le llaman en inglés. La enorme ventaja es que no será necesario, para los lectores del blog, esperar a que los editores consigamos el dinero necesario para la impresión de la revista, primero; y segundo, a que realicemos todo el proceso editorial, de impresión y de distribución requeridos para que la revista llegue a sus manos... si es que llega.

El blog de la revista Lecturas ofrece y ofrecerá textos diversos referidos siempre a libros y a la lectura. Reseñas de libros, entrevistas con escritores, pequeños comentarios, notas sobre la Feria del Libro, notas sobre escritores, ensayos sobre libros y sobre autores, etcétera. El blog que ahora presentamos es pequeñísimo, pero irá creciendo todos los días.

El propósito, el objetivo del blog, es ofrecer materiales de lectura tanto a quienes les gusta leer, y leer es una de sus pasiones, como a quienes apenas comienzan a leer. El problema con que se enfrenta quien apenas empieza a leer es, justamente, qué leer. Los editores de este blog creemos que brindar información acerca de libros que vale la pena leer es una manera de promover la lectura en general, al promover libros específicos, libros interesantes, divertidos, importantes, ajenos a criterios moralistas, ideológicos o académicos. Es decir, sólo publicamos textos acerca de libros que nos gustan a quienes escribimos los comentarios. No publicamos reseñas negativas de libros. ¿Cómo vamos a promover la lectura si el mensaje final de un texto es "no leas este libro porque es malísimo"? Los libros malos simplemente los ignoramos. (Entendámonos: no hay un comité de censura del gusto; cada comentarista es responsable de sus recomendaciones, lo único que pedimos es que al reseñar un libro se trate de una obra que le guste a quien la comenta, y si con su texto logra que a quienes lo leemos se nos antoje leer el volumen recomendado, su comentario habrá cumplido su misión, y con ello colabora a que este blog cumpla la suya.)

Los editores del blog invitamos al público en primer lugar a visitar y leer los textos del blog. En segundo lugar, los invitamos a dejar sus comentarios acerca de lo que leen. Dígannos lo que quieran decirnos, a nosotros, como editores, o al autor del texto. Escriban con franqueza pero de manera respetuosa. Por último, los invitamos a participar con nosotros enviándonos comentarios de libros, de autores, ligas a sitios o a otros blogs de libros que a ustedes les gustaría compartir con los lectores de este blog. Para sus comentarios y reseñas de libros, para los sitios que deseen compartir con nosotros, sí les pedimos que nos los manden al correo de la revista, para que los editores podamos colocarlos en el blog en el lugar que corresponde. La dirección de nuestro correo es:
revista.lecturas@gmail.com.

Eso es todo. Esperamos que visiten el blog, que lo lean, que lo disfruten, y que nos ayuden a crecer día con día. Muchas gracias.

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Este texto fue leído por su autor en la presentación del blog, el martes 6 de octubre, en el marco de la Feria del Libro Saltillo 2009.


Publicar en la Red: el espejismo de lo virtual


Publicar en la Red: el espejismo de lo virtual


Jesús de León



Estoy presenciando un fenómeno que me preocupa: encuentro cada vez una mayor resistencia para financiar la publicación de revistas “en soporte papel”, como se dice ahora, y una tendencia cada vez más marcada en transformarlas en publicaciones “virtuales” o blogs. Cualquiera diría, sin preocuparse mucho del asunto, que es una transición natural, motivada por el avance de las nuevas tecnologías de informática y comunicación. Entre las ventajas que los partidarios de la publicación en Internet encuentran, están una actualización muy rápida de los contenidos, un espacio virtualmente ilimitado, que permite publicar textos muy extensos y evita las restricciones que la edición y el diseño en papel imponían a los textos, una distribución instantánea a nivel global y hasta la posibilidad de evitar la censura y limitaciones impuestas por las leyes de cada país a la publicación en libro, revista o periódico.


Esto suena muy bien, pero toda esta argumentación tropieza, desde mi punto de vista, con la palabra “virtual”. Cualquiera que haya seguido con atención los avatares de la política o de los deportes, sabe que no es lo mismo un ganador virtual que un ganador real y oficialmente reconocido. Ya saben: del plato a la boca se cae la sopa y hasta el sistema. Después, la cosa se pone muy pelona. Disfrútenla.

A decir verdad, a mí no me convencen las realidades virtuales. Por muy cuero que esté lo que me pongan enfrente, si no es más que un holograma, no es más que pura jalada: porque ni a mamada llega. Perdónenme que dé la lata con mis achaques de nostálgico y anacrónico, pero todavía insisto en defender un rasgo muy despreciado por los fanáticos de la red: lo tangible. Acaso al escucharme muchos se miren unos a otros, se rasquen la cabeza y arruguen la nariz. “¿Lo tangible? ¿Pero qué carajos está chocheando este viejo?” Pues como el boxeador tuerto, interpretado por Morgan Freeman en Golpes del destino, yo todavía puedo darles pelea con el concepto de lo tangible. Hagan de cuenta que es la herradura que escondo dentro de mi guante para el knockout, porque es herradura de mula, no de caballo.


Antes del auge del Internet, las revistas, lo mismo que los periódicos, eran un factor importante de la vida pública: auténticos foros de expresión y espacios de debate. Todo aquel que quería hacerse de un nombre tenía que pasar la prueba de fuego de echarse a la bolsa al público, ganándose primero esos espacios y después defendiendo su permanencia a base de demostrar que tenía habilidad para la polémica, la deliberación y la argumentación, eso además de talento y oficio: su boleto de entrada. Escritor que no fuera un buen pugilista en la doxa, es decir en la opinión, quedaba relegado a los libros y se convertía en autor de minorías, aunque no necesariamente de élite, los otros se hacían de lectores fieles que seguían paso a paso sus apariciones en la prensa o esperaban ansiosos la aparición de un nuevo libro.


Se hablaba de Vasconcelos, de Reyes, de Valle-Arizpe, como si se tratara de líderes religiosos o políticos; del mismo modo, había quienes buscaban en los puestos de revistas el suplemento de La Cultura en México o Sábado o la Revista Mexicana de Cultura. Aquellos que compraban las revistas Plural, Proceso o Vuelta sabían que estas publicaciones eran, por decirlo de algún modo, el hogar de las opiniones de José Emilio Pacheco, Vicente Leñero, Gabriel Zaid, Octavio Paz y otros autores que eran vistos como voces autorizadas y confiables con respecto a temas de actualidad y relevancia. En síntesis: el criterio de lectura era por autor y por revista. El escritor podría arrogarse el privilegio de gozar del culto a la personalidad que ahora es propiedad exclusiva de políticos, cantantes y actores famosos. Si alguien piensa que lo que ha hecho el Internet es multiplicar y ampliar a niveles exponenciales los foros de expresión representados antes por la publicación en papel, yo estaría de acuerdo siempre y cuando se me permitiera agregar que no veo en esto una mejora, porque la publicación virtual ha cambiado imperceptible, pero drásticamente, los criterios de lectura y la circulación de las ideas.


La publicación en papel hacía que el discurso del escritor siguiera una evolución que enriquecía tanto al autor como a los lectores. El intercambio se daba a través de los periódicos y revistas —recuérdese para tal efecto aquellos artículos que escribía Jorge Ibargüengoitia basados en la copiosa correspondencia que recibía de los lectores de sus columnas en Excélsior. Había una influencia de las opiniones en la vida pública. Si algunos textos llegaban después a publicarse en forma de libro era porque habían probado su valor y permanencia. Al final, sobrevenía la inevitable etapa de institucionalización, en la cual fragmentos de aquellas obras pasaban a formar parte de libros de texto o se reunían, a manera de obras completas, en gruesos volúmenes que dormían el sueño de los justos en los acervos de las bibliotecas públicas. Para entonces ya habían circulado, despertado conciencias, cambiado mentalidades y hasta marcado épocas. La publicación virtual elimina, no de un plumazo, pero sí de un teclazo, este enriquecedor proceso.

¿Y cómo sucede esto? El Internet es como la Biblioteca de Babel borgeana: contiene todos los libros, todas las revistas, pero sin ningún criterio de selección ni orientación para quien desee consultarla. Tampoco existe una garantía de veracidad o fidelidad en lo que se publica. Todos son “editores” de lo que se sube a la red. Cualquiera que tenga una computadora o se meta a un cibercafé. Esto provoca una vertiginosa banalización del fenómeno de la lectura. No es posible distinguir lo bueno o lo malo de lo pésimo o la verdad de la mentira: todo es virtualmente cierto y realmente incierto.


Ustedes dirán: pero es que también las antiguas publicaciones en papel tienen ahora sus propios portales y blogs, con la ventaja de que si uno quiere obtener más información sobre un autor o tema, la propia revista te remite a su página de Internet. Insisto en objetar. Los parámetros de lectura se han alterado radicalmente: no leemos la revista o al autor. Rastreamos temas. Incluso cuando andamos buscando en la red a un autor determinado, él mismo es un tema y sus obras literarias son simples datos a consultar que nos remiten a otros datos relacionados que también se encuentran en la red. Esto lo sabe cualquiera que haya navegado en la red alguna vez. Empiezas buscando algo específico y terminas a la deriva, naufragando en un aluvión de datos que no tienen nada que ver con el tema inicial. A los únicos cibernautas que no les ocurre eso es a los visitantes de páginas porno: ésos van gozosamente de las nalgas a las chiches y viceversa (nunca se salen del tema).

Recapitulando: estamos presenciando un cambio en los criterios de lectura que inevitablemente saca al escritor de la vida pública y lo convierte en un ente fantasmal, de existencia al mismo tiempo llamativa y frágil. Cuando dependíamos de los libros y las revistas, el escritor como persona nos parecía inalcanzable, una figura remota en el tiempo y en el espacio, y no era importante que fuera un autor vivo o muerto, antiguo o moderno, nacional o extranjero; lo valioso era su mensaje, la relación sin duda entrañable que teníamos con sus libros: reciprocidad que podía alcanzar ribetes de intimidad o compañerismo.


Eso no ocurre ahora que la imagen del autor es fácilmente localizable y que sus palabras aparecen divulgadas, a veces con escandalosa torpeza, en páginas de la red; es decir, publicar en Internet se ha convertido en una novedosa forma de añadirle otro ladrillo a la torre de Babel. ¿Quién nos lee en la red? ¿Quién nos entiende? ¿Quién acusa recibo? Todos y nadie. Porque nunca estaremos seguros si la persona que introduce sus comentarios, después de leer el artículo, está firmando con su nombre o con un seudónimo o se limita a dar el correo electrónico que no sabemos si usa en exclusiva o lo comparte con alguien. Somos fantasmas hablando con fantasmas; pequeñas voces monologando adentro de una gigantesca mente colectiva totalmente esquizofrénica. Ya no vivimos en el mundo: somos uno de los tantos hilos de baba de la red. Qué actualidad y que abrumador impacto adquiere esta frase de Borges que pertenecía a un cuento fantástico y ahora parece hecha a la medida del horror —real o virtual— de nuestra incomunicación: “Tú que me lees, ¿estás seguro de entender mi lenguaje?” ¿O prefieres que te ponga un emoticón?


Fue inevitable pensar en esto después de toparme con que han subido a la red la revista Lecturas de la Red de Bibliotecas Públicas del Estado de Coahuila. Tuve oportunidad de ver el blog y sus contenidos me parecieron irreprochables. De la revista impresa aparecieron siete números. Ahí se indicaba dónde encontrar las bibliotecas públicas de la región, se citaban las novedades que habían llegado a esos acervos, se enumeraban los servicios que brindan esos recintos; se presentaban listas de los libros más vendidos, se reseñaban algunos de los más importantes; se incluían notas informativas sobre eventos culturales; se recordaban efemérides relativas a escritores y, por si fuera poco, se entrevistaba a distinguidos intelectuales y hombres de letras para que explicaran cómo había sido su primer encuentro con los libros y exaltaran los beneficios otorgados por la lectura.


No pretendo ser apocalíptico ni mucho menos regionalista, simplemente opino que debemos mesurar nuestro entusiasmo con respecto a la aparición de las nuevas tecnologías y optar por una actitud más sensata y equilibrada. Por tanto propongo que se dé una sana, y en el fondo muy necesaria interacción entre las publicaciones virtuales y las publicaciones en papel. No se trata de que las primeras anulen a las segundas, sino de que unas y otras se complementen. Sinceramente no es cómodo quedarse sentado una hora o dos leyendo textos en la pantalla. Las publicaciones en papel siempre serán más manejables, además de que la información permanece en un soporte más duradero y menos inestable que el disco duro o la memoria USB.


Todo lo anterior me sirve para concluir con la siguiente petición: solicito de la manera más atenta que la revista Lecturas siga publicándose en papel, por lo menos para el consumo de sus lectores inmediatos, y dejar la página de Internet como medio de difusión para lectores más alejados en el tiempo y en el espacio y, por supuesto, como sitio para recibir correspondencia e intercambiar opiniones, porque las redes sociales nos han demostrado que para estos menesteres la red es bastante efectiva.


Claro que hay que distinguir entre el manejo de redes sociales a través de blogs, el chateo ordinario y happenings tales como youtube o los twitters, porque algunos consideran que se puede equiparar el intercambio virtual de opiniones con el chisme o el rumor que circulaban y siguen circulando de boca en boca. Esto se debe a que, aun en el caso del chat o de las payasadas que se suben a youtube, nos enfrentamos siempre con el fenómeno del cuasi anonimato que no es totalmente anónimo (como en el caso de las comunicaciones orales) y que exige el apoyo del lenguaje escrito o del discurso audiovisual. Apoyarse en tales recursos necesariamente cambia la intencionalidad del mensaje; es decir, queda excluida de la cadena de transmisión el factor humano por la sencilla razón de que el chisme podrá pasar de boca a oído, pero no de uno a cero: el código binario no lo permite. Las computadoras son malas emisarias de las pasiones humanas. ¿Acaso usted cree que de veras el signo de dos puntos al lado de un paréntesis que cierra representa una carita sonriente? Yo preferiría mejor que me lo dijeran en clave morse.

Espero que toda esta argumentación a favor de las publicaciones en papel deje en claro lo siguiente: un nuevo avance tecnológico no anula las tecnologías ya existentes, sólo se convierte en una alternativa más de solución de un problema. Y el que no me lo crea, trate de echar a andar su CPU con velas durante un apagón. A ver cómo le va.
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Texto leído por su autor en la presentación de este blog, en la Feria del Libro Saltillo 2009, el martes 6 de octubre.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Entrevista a Carlos Manuel Valdés


Entrevista a Carlos Manuel Valdés

Patricia Galindo Lozano



Carlos Manuel Valdés es maestro en Historia; ha publicado varios libros en esta materia entre los que se cuentan Esclavos negros en Saltillo (1989); La gente del mezquite (1995), el cual obtuvo el Premio Nacional Clavijero; el libro de Historia para tercero de primaria (en 1997 la primera edición y en 2000 la quinta, con un tiraje de 325 mil ejemplares), Sociedad y delincuencia en Saltillo en la época colonial (2002) y Ataque a la Misión de Nadadores (2002). Durante siete años dirigió el Archivo Municipal de Saltillo. Actualmente es catedrático de la Escuela de Psicología donde imparte la materia de Psicología existencial. Su relación con los libros es muy completa, pues además de escritor es editor y, por supuesto, un lector voraz.

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Patricia Galindo: ¿Cuándo empezaste a leer?
Carlos Valdés: Empecé a leer a los 10 años, cuando estaba en quinto de primaria. El maestro nos leía en clase El corsario negro de Emilio Salgari. Nos gustaba mucho pero nos parecía que iba muy lento, entonces algunos compañeros y yo comenzamos a comprar libros de Salgari, nos costaban $5.95 y los intercambiábamos entre nosotros. De ahí pasé a Conan Doyle con sus historias de Sherlock Holmes, luego leí a Neruda, Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

PG: ¿A esa edad te tocaba la poesía, la entendías?
CV: Tal vez no mucho pero sí me impresionaban sus poemas, sobre todo el 1 y el 20, que hasta me los aprendí de memoria.

PG: ¿Tienes algún libro preferido o los has tenido según la etapa que estabas viviendo?
CV: Bueno, cuando estaba en secundaria leía a los clásicos, me gustaban Balzac, Dostoyevski... de éste estaba prohibida su lectura en el Seminario, así que a sus libros les pegábamos portadas de otros libros como La vida de Santa Teresita de Jesús para que no se dieran cuenta. Todavía tengo por ahí uno con portadas diferentes.

PG: ¿Por qué estaba prohibida su lectura?
CV: Tal vez por la pasión que Dostoyevski imprimía en sus personajes, la rebeldía a la autoridad y a Dios, y el rector del Seminario pensaba que esto nos podría hacer sufrir; los personajes eran muy intensos.

PG: ¿Algún otro libro o autor por el que tengas preferencia?
CV: Releo a Rulfo, a Borges, Camus, Sartre, Kierkegaard. La lectura de los filósofos inspira mi trabajo.

PG: ¿Qué te dan esas lecturas?
CV: De Rulfo disfruto mucho el vocabulario, la sintaxis, el uso y dominio del lenguaje, como en El llano en llamas, “Anacleto Morones”, “Luvina”... Borges, en cambio, es un reto, descubro nuevas cosas cada vez que lo leo, en “Funes el memorioso”, “El Aleph” y otros.

PG: ¿Hay algunos autores que hayan influido en tu vida?
CV: Marx y Freud, en su momento, por haber creado un nuevo modelo teórico; Platón en el aspecto conceptual y de belleza, y algunas partes de la Biblia.

PG: ¿Tienes libros de cabecera?
CV: Antes de dormir me gusta leer poemas de Octavio Paz, Verlaine, Miguel Hernández.

PG: ¿Cuáles serían, a tu juicio, las características de un libro de cabecera?
CV: Primero te divierte, te da placer, y en segundo lugar, algunas visiones concretas sobre temas que te preocupan.

PG: ¿Cuáles son lo géneros que más lees?
CV: Filosofía, historia y literatura. La filosofía me gusta mucho, aunque tengo la obligación de leerla por mi trabajo; y de historia leo principalmente sobre la época colonial.

PG: Hay quienes opinan que en Saltillo, y en Coahuila en general, se lee más sobre historia, ¿tú qué piensas?
CV: Sí, se lee más sobre historia, y literatura, hace tiempo me lo comentó un librero. El volcarnos sobre nuestro pasado es un fenómeno coahuilense, no sólo de Saltillo; en Torreón les interesa mucho, en Múzquiz. Sin embargo, Chiapas está produciendo más que Coahuila, incluso en tzoltzil y tojolobal. Jalisco y Michoacán también están más actualizados, tienen más infraestructura. En Coahuila estamos muy atrasados todavía.

PG: ¿Crees que de todo libro se puede sacar algo bueno?
CV: No. Hay libros malos que no deberían de existir pero que se deben respetar por la libertad de expresión.

PG: ¿Cómo cuáles y por qué los consideras malos?
CV: Porque están mal escritos, con ideas fascistas, racistas, que no deben ser. A mis alumnos les digo que no lean a Luis Pazos, a Carlos Cuauhtémoc Sánchez, a Guadalupe Loaeza, pero es su decisión si lo quieren hacer.

PG: ¿Estás de acuerdo en que se lee poco en nuestros días?
CV: No, yo creo que se lee más, por dos razones: antes había gente que leía mucho pero eran pocos los que tenían acceso a los libros y ahora la gente tiene inquietudes científicas, literarias, trata de informarse, está entendiendo al mundo, aunque es un proceso que va lento. Los mexicanos vamos nueve libros atrás que los uruguayos, lo cual es una vergüenza, porque es un país muy pobre. Tuve una alumna de 61 años que me comentó que conmigo había leído su primer libro en toda su vida. En México se leen pasquines: el libro vaquero, la novela semanal, eróticos, etcétera. México tiene el primer lugar mundial en lectura de monitos y segundo en consumo de refrescos. Pero en 10 o 20 años México va a cambiar.


PG: ¿Qué aconsejarías hacer para incrementar el nivel de lectura en el país?
CV: Existe un programa en una escuela de aquí, en primero de secundaria, en el que se premia al niño lector del mes. El alumno tiene que platicar qué leyó, de qué se trata y escribir algo sobre el tema. Por ejemplo, se lee "El gigante egoísta" de Óscar Wilde, luego lo escriben, con ciertas variaciones en las que incluyen aspectos personales, etcétera, pero aprenden a sintetizar la información y a desarrollar su capacidad de escribir. Yo creo que esto ayuda mucho. Para algunos niños es un gran logro ser el lector del mes, más que tener el primer lugar en futbol o cualquier deporte, incluso hay niños que leen más libros que sus propios maestros.


[Lecturas 1. Mayo-agosto de 2003]

Un abril encantado


Un abril encantado

Gloria Luz González López







Las cosas parecen otras cuando las
cambiamos de sitio. Y las personas también.


ÁNGELA VALLVEY

Los estados carenciales



¿Puede un castillo en la Riviera Italiana cambiar nuestra forma de ver la vida? Cuatro mujeres inglesas sin mucho en común a excepción, quizá, de vivir en Londres, en donde el clima diario se convierte en un motivo frecuente para la depresión y el aburrimiento, o tal vez el deseo escondido de encontrarse a sí mismas, deciden compartir un mes en un castillo situado a orillas del Mediterráneo, en las costas de Italia.

Lotty, entusiasta, extrovertida y alegre, tal vez un poco menospreciada por su marido, descubre un anuncio en el periódico en donde lee que se renta un castillo medieval en Italia por todo el mes de abril; al levantar la cabeza ve a otra mujer que al igual que ella acaba de descubrir el anuncio y le parece que está interesada en él, así que de inmediato se presenta ante ella hablándole del anuncio y de lo maravilloso que resultaría para ambas poder viajar a Italia a disfrutar de la llegada de la primavera, llena de flores y de sol; Rose, su interlocutora, mujer introvertida, recatada y educada bajo estrictas normas morales, lleva a cuestas un sentimiento enorme de culpa debido al particular trabajo de su marido y, por lo tanto, tiene grandes prejuicios para gastar el dinero que él le lleva, prefiere gastarlo en obras de beneficencia con el objeto de expiar culpas; aún así, se deja convencer por Loti para rentar el castillo, no sin antes hacerle ver que aún y cuando puedan ellas disponer de algo de dinero, sería mucho más conveniente si compartieran gastos con otras dos mujeres que, como ellas, estuvieran deseosas de ver el sol y disfrutar una primavera al aire libre.

Con todo y el recelo que cada una tiene para realizar ese sueño, deciden emprender la aventura y ponen un anuncio en el periódico donde solicitan dos inquilinas que les ayudarán a compartir los gastos. Es así como conocen a Lady Caroline, joven rica y bella heredera mimada por la vida, la familia y la sociedad, que desea olvidar compromisos y meditar acerca de lo que quiere hacer con su vida. La entrevistan y, aunque se sienten un tanto cohibidas por estar ante un miembro de la aristocracia, en cuanto intercambian algunas palabras y descubren su sencillez, deciden aceptarla. Asimismo reciben la solicitud de la señora Fisher, anciana perspicaz e intolerante hacia cualquier falta de urbanidad y educación, que se ufana de haber convivido con grandes intelectuales de la literatura, cuyas obras significan para ella parte de su legado familiar. Debido a su edad, les pide que se reúnan con ella en su domicilio para conocerla y llegar a ponerse de acuerdo en los términos del viaje. A pesar de que la primera impresión que les causa es de rechazo, debido a su edad y carácter, deciden aceptarla quedando de reunirse en Italia para los primeros días del mes de abril.

A partir de ahí, todo es aventura y regocijo, llegar exhaustas hasta el castillo, decidir quién será la encargada de solicitar a la servidumbre los servicios necesarios para su estadía, despertar por la mañana y descubrir fascinadas los paisajes que se pueden disfrutar desde las diferentes habitaciones, salir al aire libre a cualquier hora y extasiarse ante la gran profusión de flores que se encuentran por todas partes al abrigo seguro del sol, pasear por la aldea y los alrededores, o descansar bajo los árboles en los diferentes jardines con un libro en la mano, o tal vez sólo meditando. Sentarse junto a los acantilados y observar la inmensidad del mar y el horizonte, son algunas de las actividades que las habrán de llevar a descubrir los mejores matices de su sensibilidad, oculta por la monotonía cotidiana, y experimentar cambios tan radicales en su interior que les permitirán al fin comprender la verdadera felicidad.

Un abril encantado es una comedia de enredos, deliciosa, donde la intriga y el humor fascinan tanto a las protagonistas como a los lectores, y donde por el aislamiento en el que pretenden encontrarse las viajeras, los hombres vienen a jugar un papel secundario, sin dejar por ello de ser importante. Todo lector que quiera pasar un buen rato de lectura, recreándose con la ágil narrativa de la autora de la novela, Elizabeth Von Arnim, a través de descripciones amenas y divertidas de los lugares que las protagonistas visitan, los conflictos que cada una de ellas enfrenta, los momentos en que la atmósfera que las rodea influye tanto en su interior como en sus estados de ánimo, para llevarlas a actuar contrariamente a la forma en que lo habían hecho hasta entonces; y del ambiente que se vivía a mediados del siglo XX en los castillos medievales que aún conservan parte de su historia pero que, al mismo tiempo reúnen las comodidades a las que la vida moderna nos ha acostumbrado a través de los años, no puede dejar pasar la oportunidad de buscar esta novela que se consigue a precios accesibles en librerías del estado.

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Un abril encantado (The enchanted april), de Elizabeth von Arnim. Traducción: Beatriz García Ríos. Suma de Letras, S. L., colección Punto de Lectura (Madrid, junio 2001), 412 págs.

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Nota del blog: Vale la pena apuntar que existen dos versiones cinematográficas de esta novela. Una de 1935, dirigida por Harry Beaumont, y una de 1992, dirigida por Mike Newell, con las actuaciones de Josie Lawrence, Miranda Richardson, Joan Plowright, Jim Broadbent y Alfred Molina, entre otros. Esta última es muy recomendable.


[Lecturas 1. Mayo-agosto de 2003]

¿Sabías por qué se llama así?


¿Sabías por qué se llama así?

Carlos Flores Revuelta


¿Sabías por qué recibió el nombre de Canal de la Mancha la porción de agua que separa las islas británicas del continente europeo?
El nombre real es de la manche (‘de la manga’, en francés) aludiendo a que es largo y estrecho como una manga. Un error de traducción hizo el resto. (Los ingleses, por supuesto, lo llaman 'English Channel', Canal Inglés.)

¿Sabías por qué se llama coctel cierta bebida?
Un tabernero escocés amante de las peleas de gallos llamó cock tail (‘cola de gallo’, en inglés) a una mezcla de bebidas que realizó para celebrar una victoria.

¿Sabías por qué llamamos bodrio a un guiso mal condimentado o alguna cosa mal hecha?
Proviene de brodio (‘caldo’, en latín) y así se llamó a las sopas de sobras que daban en los conventos a los pobres.

¿Sabías por qué se llama caco a un ladrón?
Caco, hijo de Vulcano, robó a Hércules varias terneras.

¿Sabías por qué se le llama grifo a la llave de las cañerías?
Por el animal mitológico del mismo nombre, utilizado comúnmente para adornar las bocas de salida de las fuentes.

¿Sabías por qué se llama gladiadores a los luchadores del circo romano?
Porque luchaban ad gladium, ‘con la espada’, en latín.

¿Sabías por qué se llama El Niño cierto fenómeno meteorológico y oceánico de vasto alcance?
Porque se alude con ello al niño Jesús, ya que la corriente marina comienza frente a la costa peruana durante la Navidad.


[Lecturas 1. Mayo-agosto de 2003]