domingo, 1 de noviembre de 2009

Entrevista a Carlos Manuel Valdés


Entrevista a Carlos Manuel Valdés

Patricia Galindo Lozano



Carlos Manuel Valdés es maestro en Historia; ha publicado varios libros en esta materia entre los que se cuentan Esclavos negros en Saltillo (1989); La gente del mezquite (1995), el cual obtuvo el Premio Nacional Clavijero; el libro de Historia para tercero de primaria (en 1997 la primera edición y en 2000 la quinta, con un tiraje de 325 mil ejemplares), Sociedad y delincuencia en Saltillo en la época colonial (2002) y Ataque a la Misión de Nadadores (2002). Durante siete años dirigió el Archivo Municipal de Saltillo. Actualmente es catedrático de la Escuela de Psicología donde imparte la materia de Psicología existencial. Su relación con los libros es muy completa, pues además de escritor es editor y, por supuesto, un lector voraz.

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Patricia Galindo: ¿Cuándo empezaste a leer?
Carlos Valdés: Empecé a leer a los 10 años, cuando estaba en quinto de primaria. El maestro nos leía en clase El corsario negro de Emilio Salgari. Nos gustaba mucho pero nos parecía que iba muy lento, entonces algunos compañeros y yo comenzamos a comprar libros de Salgari, nos costaban $5.95 y los intercambiábamos entre nosotros. De ahí pasé a Conan Doyle con sus historias de Sherlock Holmes, luego leí a Neruda, Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

PG: ¿A esa edad te tocaba la poesía, la entendías?
CV: Tal vez no mucho pero sí me impresionaban sus poemas, sobre todo el 1 y el 20, que hasta me los aprendí de memoria.

PG: ¿Tienes algún libro preferido o los has tenido según la etapa que estabas viviendo?
CV: Bueno, cuando estaba en secundaria leía a los clásicos, me gustaban Balzac, Dostoyevski... de éste estaba prohibida su lectura en el Seminario, así que a sus libros les pegábamos portadas de otros libros como La vida de Santa Teresita de Jesús para que no se dieran cuenta. Todavía tengo por ahí uno con portadas diferentes.

PG: ¿Por qué estaba prohibida su lectura?
CV: Tal vez por la pasión que Dostoyevski imprimía en sus personajes, la rebeldía a la autoridad y a Dios, y el rector del Seminario pensaba que esto nos podría hacer sufrir; los personajes eran muy intensos.

PG: ¿Algún otro libro o autor por el que tengas preferencia?
CV: Releo a Rulfo, a Borges, Camus, Sartre, Kierkegaard. La lectura de los filósofos inspira mi trabajo.

PG: ¿Qué te dan esas lecturas?
CV: De Rulfo disfruto mucho el vocabulario, la sintaxis, el uso y dominio del lenguaje, como en El llano en llamas, “Anacleto Morones”, “Luvina”... Borges, en cambio, es un reto, descubro nuevas cosas cada vez que lo leo, en “Funes el memorioso”, “El Aleph” y otros.

PG: ¿Hay algunos autores que hayan influido en tu vida?
CV: Marx y Freud, en su momento, por haber creado un nuevo modelo teórico; Platón en el aspecto conceptual y de belleza, y algunas partes de la Biblia.

PG: ¿Tienes libros de cabecera?
CV: Antes de dormir me gusta leer poemas de Octavio Paz, Verlaine, Miguel Hernández.

PG: ¿Cuáles serían, a tu juicio, las características de un libro de cabecera?
CV: Primero te divierte, te da placer, y en segundo lugar, algunas visiones concretas sobre temas que te preocupan.

PG: ¿Cuáles son lo géneros que más lees?
CV: Filosofía, historia y literatura. La filosofía me gusta mucho, aunque tengo la obligación de leerla por mi trabajo; y de historia leo principalmente sobre la época colonial.

PG: Hay quienes opinan que en Saltillo, y en Coahuila en general, se lee más sobre historia, ¿tú qué piensas?
CV: Sí, se lee más sobre historia, y literatura, hace tiempo me lo comentó un librero. El volcarnos sobre nuestro pasado es un fenómeno coahuilense, no sólo de Saltillo; en Torreón les interesa mucho, en Múzquiz. Sin embargo, Chiapas está produciendo más que Coahuila, incluso en tzoltzil y tojolobal. Jalisco y Michoacán también están más actualizados, tienen más infraestructura. En Coahuila estamos muy atrasados todavía.

PG: ¿Crees que de todo libro se puede sacar algo bueno?
CV: No. Hay libros malos que no deberían de existir pero que se deben respetar por la libertad de expresión.

PG: ¿Cómo cuáles y por qué los consideras malos?
CV: Porque están mal escritos, con ideas fascistas, racistas, que no deben ser. A mis alumnos les digo que no lean a Luis Pazos, a Carlos Cuauhtémoc Sánchez, a Guadalupe Loaeza, pero es su decisión si lo quieren hacer.

PG: ¿Estás de acuerdo en que se lee poco en nuestros días?
CV: No, yo creo que se lee más, por dos razones: antes había gente que leía mucho pero eran pocos los que tenían acceso a los libros y ahora la gente tiene inquietudes científicas, literarias, trata de informarse, está entendiendo al mundo, aunque es un proceso que va lento. Los mexicanos vamos nueve libros atrás que los uruguayos, lo cual es una vergüenza, porque es un país muy pobre. Tuve una alumna de 61 años que me comentó que conmigo había leído su primer libro en toda su vida. En México se leen pasquines: el libro vaquero, la novela semanal, eróticos, etcétera. México tiene el primer lugar mundial en lectura de monitos y segundo en consumo de refrescos. Pero en 10 o 20 años México va a cambiar.


PG: ¿Qué aconsejarías hacer para incrementar el nivel de lectura en el país?
CV: Existe un programa en una escuela de aquí, en primero de secundaria, en el que se premia al niño lector del mes. El alumno tiene que platicar qué leyó, de qué se trata y escribir algo sobre el tema. Por ejemplo, se lee "El gigante egoísta" de Óscar Wilde, luego lo escriben, con ciertas variaciones en las que incluyen aspectos personales, etcétera, pero aprenden a sintetizar la información y a desarrollar su capacidad de escribir. Yo creo que esto ayuda mucho. Para algunos niños es un gran logro ser el lector del mes, más que tener el primer lugar en futbol o cualquier deporte, incluso hay niños que leen más libros que sus propios maestros.


[Lecturas 1. Mayo-agosto de 2003]

Un abril encantado


Un abril encantado

Gloria Luz González López







Las cosas parecen otras cuando las
cambiamos de sitio. Y las personas también.


ÁNGELA VALLVEY

Los estados carenciales



¿Puede un castillo en la Riviera Italiana cambiar nuestra forma de ver la vida? Cuatro mujeres inglesas sin mucho en común a excepción, quizá, de vivir en Londres, en donde el clima diario se convierte en un motivo frecuente para la depresión y el aburrimiento, o tal vez el deseo escondido de encontrarse a sí mismas, deciden compartir un mes en un castillo situado a orillas del Mediterráneo, en las costas de Italia.

Lotty, entusiasta, extrovertida y alegre, tal vez un poco menospreciada por su marido, descubre un anuncio en el periódico en donde lee que se renta un castillo medieval en Italia por todo el mes de abril; al levantar la cabeza ve a otra mujer que al igual que ella acaba de descubrir el anuncio y le parece que está interesada en él, así que de inmediato se presenta ante ella hablándole del anuncio y de lo maravilloso que resultaría para ambas poder viajar a Italia a disfrutar de la llegada de la primavera, llena de flores y de sol; Rose, su interlocutora, mujer introvertida, recatada y educada bajo estrictas normas morales, lleva a cuestas un sentimiento enorme de culpa debido al particular trabajo de su marido y, por lo tanto, tiene grandes prejuicios para gastar el dinero que él le lleva, prefiere gastarlo en obras de beneficencia con el objeto de expiar culpas; aún así, se deja convencer por Loti para rentar el castillo, no sin antes hacerle ver que aún y cuando puedan ellas disponer de algo de dinero, sería mucho más conveniente si compartieran gastos con otras dos mujeres que, como ellas, estuvieran deseosas de ver el sol y disfrutar una primavera al aire libre.

Con todo y el recelo que cada una tiene para realizar ese sueño, deciden emprender la aventura y ponen un anuncio en el periódico donde solicitan dos inquilinas que les ayudarán a compartir los gastos. Es así como conocen a Lady Caroline, joven rica y bella heredera mimada por la vida, la familia y la sociedad, que desea olvidar compromisos y meditar acerca de lo que quiere hacer con su vida. La entrevistan y, aunque se sienten un tanto cohibidas por estar ante un miembro de la aristocracia, en cuanto intercambian algunas palabras y descubren su sencillez, deciden aceptarla. Asimismo reciben la solicitud de la señora Fisher, anciana perspicaz e intolerante hacia cualquier falta de urbanidad y educación, que se ufana de haber convivido con grandes intelectuales de la literatura, cuyas obras significan para ella parte de su legado familiar. Debido a su edad, les pide que se reúnan con ella en su domicilio para conocerla y llegar a ponerse de acuerdo en los términos del viaje. A pesar de que la primera impresión que les causa es de rechazo, debido a su edad y carácter, deciden aceptarla quedando de reunirse en Italia para los primeros días del mes de abril.

A partir de ahí, todo es aventura y regocijo, llegar exhaustas hasta el castillo, decidir quién será la encargada de solicitar a la servidumbre los servicios necesarios para su estadía, despertar por la mañana y descubrir fascinadas los paisajes que se pueden disfrutar desde las diferentes habitaciones, salir al aire libre a cualquier hora y extasiarse ante la gran profusión de flores que se encuentran por todas partes al abrigo seguro del sol, pasear por la aldea y los alrededores, o descansar bajo los árboles en los diferentes jardines con un libro en la mano, o tal vez sólo meditando. Sentarse junto a los acantilados y observar la inmensidad del mar y el horizonte, son algunas de las actividades que las habrán de llevar a descubrir los mejores matices de su sensibilidad, oculta por la monotonía cotidiana, y experimentar cambios tan radicales en su interior que les permitirán al fin comprender la verdadera felicidad.

Un abril encantado es una comedia de enredos, deliciosa, donde la intriga y el humor fascinan tanto a las protagonistas como a los lectores, y donde por el aislamiento en el que pretenden encontrarse las viajeras, los hombres vienen a jugar un papel secundario, sin dejar por ello de ser importante. Todo lector que quiera pasar un buen rato de lectura, recreándose con la ágil narrativa de la autora de la novela, Elizabeth Von Arnim, a través de descripciones amenas y divertidas de los lugares que las protagonistas visitan, los conflictos que cada una de ellas enfrenta, los momentos en que la atmósfera que las rodea influye tanto en su interior como en sus estados de ánimo, para llevarlas a actuar contrariamente a la forma en que lo habían hecho hasta entonces; y del ambiente que se vivía a mediados del siglo XX en los castillos medievales que aún conservan parte de su historia pero que, al mismo tiempo reúnen las comodidades a las que la vida moderna nos ha acostumbrado a través de los años, no puede dejar pasar la oportunidad de buscar esta novela que se consigue a precios accesibles en librerías del estado.

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Un abril encantado (The enchanted april), de Elizabeth von Arnim. Traducción: Beatriz García Ríos. Suma de Letras, S. L., colección Punto de Lectura (Madrid, junio 2001), 412 págs.

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Nota del blog: Vale la pena apuntar que existen dos versiones cinematográficas de esta novela. Una de 1935, dirigida por Harry Beaumont, y una de 1992, dirigida por Mike Newell, con las actuaciones de Josie Lawrence, Miranda Richardson, Joan Plowright, Jim Broadbent y Alfred Molina, entre otros. Esta última es muy recomendable.


[Lecturas 1. Mayo-agosto de 2003]

¿Sabías por qué se llama así?


¿Sabías por qué se llama así?

Carlos Flores Revuelta


¿Sabías por qué recibió el nombre de Canal de la Mancha la porción de agua que separa las islas británicas del continente europeo?
El nombre real es de la manche (‘de la manga’, en francés) aludiendo a que es largo y estrecho como una manga. Un error de traducción hizo el resto. (Los ingleses, por supuesto, lo llaman 'English Channel', Canal Inglés.)

¿Sabías por qué se llama coctel cierta bebida?
Un tabernero escocés amante de las peleas de gallos llamó cock tail (‘cola de gallo’, en inglés) a una mezcla de bebidas que realizó para celebrar una victoria.

¿Sabías por qué llamamos bodrio a un guiso mal condimentado o alguna cosa mal hecha?
Proviene de brodio (‘caldo’, en latín) y así se llamó a las sopas de sobras que daban en los conventos a los pobres.

¿Sabías por qué se llama caco a un ladrón?
Caco, hijo de Vulcano, robó a Hércules varias terneras.

¿Sabías por qué se le llama grifo a la llave de las cañerías?
Por el animal mitológico del mismo nombre, utilizado comúnmente para adornar las bocas de salida de las fuentes.

¿Sabías por qué se llama gladiadores a los luchadores del circo romano?
Porque luchaban ad gladium, ‘con la espada’, en latín.

¿Sabías por qué se llama El Niño cierto fenómeno meteorológico y oceánico de vasto alcance?
Porque se alude con ello al niño Jesús, ya que la corriente marina comienza frente a la costa peruana durante la Navidad.


[Lecturas 1. Mayo-agosto de 2003]

lunes, 26 de octubre de 2009

Entrevista a Carlos Monsiváis


Entrevista a Carlos Monsiváis

Patricia Galindo


Autor de numerosos libros, periodista de crítica aguda, ensayista, pero sobre todo cinéfilo e insaciable lector, Carlos Monsiváis es uno de los escritores más reconocidos de México. Lo mismo escribe sobre cultura, política e historia como de artes plásticas y literatura, siempre con gran humor e ingenio. Ha recibido múltiples reconocimientos y premios, entre ellos, el premio Anagrama de Ensayo por su libro Aires de familia y el Premio de Ensayo Latinoamericano Lya Kostakowsky.

Más que una entrevista nuestro encuentro fue una amena charla de más de dos horas entre el maestro Monsiváis, Jesús Guerra, editor de esta revista, y yo. Lo que a continuación se presenta es una síntesis de lo que Monsiváis nos dijo sobre su relación con los libros y la lectura.

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Patricia Galindo: ¿En qué momento de su vida se inicia en la lectura? ¿Cómo fue?
Carlos Monsiváis: Bien. Estrictamente, la pequeña distancia cronológica me impide saber cómo fue. Me acuerdo de las circunstancias: yo acababa de terminar mi curso de introducción al desciframiento de signos sobre la página y estaría terminando mi primer año de primaria, y me pasaron un ejemplar de La Odisea en la versión comprimida. Entonces me entusiasmé con Odiseo o Ulises y sé de un modo confuso, entre los debates de la mitomanía, lo que puede ser la exactitud evocativa, que me leí luego La Iliada, La Eneida, una versión también muy reducida de La Divina Comedia y me leí luego toda la editorial Billika. Y luego, a partir del quinto año de primaria, empecé a frecuentar los domingos librerías de viejo que estaban cerca de mi casa y empecé ya a variar. Me leí Los bandidos de Río Frío, no en versión reducida, y fue como descubrí que si yo no sabía hacer nada, hacía nada más gozosamente leyendo.

PG: Entonces usted no empezó con El tesoro de la juventud, como la mayoría de los lectores.
CM: Empecé con El tesoro de la juventud también, pero El tesoro de la juventud me llegó después ya de Billika, y que también tenía biografías de héroes: San Martín, O'Higgins, Juárez, Bolívar, desde luego. En ese tiempo, la Secretaría de Educación Pública publicaba una serie que se llamaba Biblioteca Enciclopédica Popular que a mí me fue muy útil; por un lado, eran locuras como Una excursión a los indios ranqueles del general Lucio B. Mancilla, un libro del siglo XIX, argentino; pero luego había la poesía de Renato Leduc o cosas que me fueron diversificando en lo que va de quinto año de primaria a tercero de secundaria que leí muchísimo de este tipo. De El tesoro de la juventud recuerdo poemas, recuerdo las ilustraciones; El tesoro de la juventud tenía, además, poemas que después encontré que eran portentosos, toda una serie de información internacional sobre las guerras, la gran guerra, en fin. Pero yo no distinguía, vamos, era un continuum de lectura. Sé que leí El tesoro de la juventud dos veces, por lo menos, pero que lo mezclaba siempre; y entonces, en secundaria descubrí la novela policial, que leí compulsivamente. Había la editorial Sopena, que era de Argentina-España, que publicaba una serie... Agatha Christie, que leí lo que pude y que sigo leyendo porque uno nunca acaba de leer un libro de Agatha Christie, siempre se equivoca en la adjudicación de la culpa, desde luego la primera novela, ¿Quién mató a Roger Akroyd?, Navidades trágicas, Tres ratones ciegos, Un triste ciprés, Maldad bajo el sol.

PG: Diez negritos...
CM: Sí, que era una canción infantil que en aquel entonces descubrí pero era Diez inditos...one little, two little, three little indians, four little, five little, six little indians...” no era Ten little neggers era Ten little indians.
[i] Luego, descubrí en la secundaria, enloquecido, a Dashiell Hammet y a Raymond Chandler que han continuado siendo mis lecturas. Entonces leí historia, leí poesía. Yo no sabía que era un lector pero era un lector, eso ya es una vocación y un oficio y una profesión y un encarnizamiento, lo que se quiera.

PG: Y, ¿tiene escritores o libros preferidos?
CM: Bueno, todo el tiempo la Biblia, siempre vuelvo a la Biblia, por lo menos una vez al día la consulto, no soy particularmente religioso pero sí soy particularmente adepto a la Biblia, tanto en la versión de Casiodoro de Reyna y Cipriano de Valera como en la versión que manda a hacer el rey James: The King James' Bible; desgraciadamente no sé alemán para poder leer la Biblia de Lutero que creo que es espectacular. Dickens, siempre vuelvo a Dickens; Balzac; Eça de Queiroz; Christopher Isherwood; Kafka, Borges, no puede pasar un día sin que lea una página de Borges, es lo más reconstituyente; pero, en fin, uno vive organizando sus lecturas.

PG: Entonces, se podría decir que las obras de esos escritores serían sus libros de cabecera...
CM: No, no puedo tener libros de cabecera porque mi cuarto es un desorden regido por los libros; la idea de libros de cabecera va cambiando conforme las torres de libros se precipitan al vacío, entonces hay que ordenarlas, organizarlas, pero estoy con deudas siempre, pagando deudas. Ahora estoy leyendo a Dostoievski con método, inmediatamente después me propongo Chéjov, luego Pushkin, Turgueneiev, es decir, una temporada rusa y luego todo lo que no he leído reciente de Estados Unidos que me interesa, en fin.

PG: ¿Qué autores norteamericanos lee?
CM: ¿De lo reciente? Phillip Roth, leí The Human Stain, me gustó bastante, leo Paul Auster que me gusta mucho, me gustaba mucho Donald Barthelme, todos esos cuentos minimalistas me parecían formidables, y bueno, siempre le recomiendan a uno algo.

PG: ¿Cuáles son los géneros que más lee?
CM: Historia, poesía, novela y literatura testimonial. Hay que leer siempre porque es la manera de mantener el idioma en renovación.

Jesús Guerra: ¿En qué idiomas lee?
CM: Básicamente en tres: español, inglés y francés; si me aventuro, intento el portugués, aunque he fracasado con Lobo Antunez, puedo más o menos con Eça de Queiroz con ayuda de diccionario, con Saramago, pero ya algo muy experimental ya no puedo. Italiano, pero la verdad es que en italiano no he pasado del XIX, cosas del Resorgimentto.

PG: Usted escribe sobre muchos temas, ¿cómo le hace?, ¿qué tanto lee?, ¿a qué horas lee?
CM: Todo el día, todo el día.

PG: ¿Lee periódicos?, ¿lee revistas?
CM: Bueno, pero eso lo leo de 6:30 a 7:30 de la mañana, me cuesta trabajo porque me irritan mucho las noticias, entonces, tengo que asimilar y luego hablar por teléfono como para ir degustando el horror; luego trabajo hasta las 3:00 digamos, si entendemos 'trabajo' de una manera muy generosa, y luego leo.

Jesús Guerra: A mí me impresiona mucho la cantidad de lecturas que hace porque me gustaría ser igual pero no puedo, en general, yo soy muy lento para leer, ¿cuántas revistas lee al mes?
CM: Leo Newsweek, Time, The Nation, eso cada semana regularmente; The Guardian, ésa me gusta bastante; The Independent, Milenio, Proceso, yo creo que ya de revistas.

Jesús Guerra: Y, ¿cuántos libros...?
CM: No, ni idea, como 200 páginas diarias, pero bueno, es que uno tiene que tener un método de lectura rápido y no buscarlo a través de cursos sino de golpes de vista, los periódicos me llevan poco tiempo porque los leo a través de golpes de vista, no me doy cuenta, y si me preguntan, recuerdo, pero es a través de una suerte de lectura fotográfica.

JG: Pero, ¿la literatura no?
CM: Bueno, la literatura puedo recordar, pero si estoy leyendo un libro a saltos, sé que lo voy a dejar, porque no me interesó. Una novela policial ya es raro que la lea tal cual, en general, la leo a saltos porque creo que el género no está en su mejor momento.

PG: Leí una entrevista que le hicieron en uno de sus cumpleaños en la que usted decía que lamentaba no haber leído más, ¿todavía sigue lamentando eso?
CM: Sí, cada vez peor, porque es la sensación de pérdida de todo aquello que pudo haberme enriquecido y que por mi culpa no sucedió.

PG: ¿Por falta de tiempo?
CM: No por falta de tiempo, por dedicarle tiempo a esa superstición que llaman la vida, ¿no?, entonces por conocer, por ejercerme como persona, si tal cosa pudiera, todo eso me quitó muchísimo tiempo. Lamento mucho haberme enamorado, lamento mucho no recordar de quién estuve enamorado, pero es un tiempo que debí invertir de otra manera.

PG: (Risas) Es más constructivo, más productivo.
CM: Sí, sí, en vez de una reconstrucción de cirugía plástica debería de haber una reconstrucción de memoria afectiva.

PG: Y, ¿qué está leyendo en estos días?
CM: Estaba leyendo un libro de un señor que se llama José Miguez Bonino sobre el protestantismo latinoamericano y estaba empezando a leer Tío Vania porque además quiero ver mañana Tio Vania en la calle 42; quiero leer también Tres hermanas porque tengo la versión de Lawrence Olivier y quiero cotejarla; luego tengo ganas de leer una obra de O'Neal, The iceman came in, Llegó el hielero, porque la vi hace mucho y me pareció formidable con un reparto suntuoso encabezado por Robert Ryan. Entonces, como redescubrí esta obra, quiero releer a O'Neal y a Tennessee Williams, la posibilidad de ver además Un tranvía llamado deseo y la película que en inglés se llama The Fugitive Kind con Marlon Brando, y bueno, está la otra obra, De repente en el verano, con Elizabeth Taylor, Montgomery Cliff, Katharine Hepburn; entonces así, releer a Tennessee Williams combinando con las películas. Pero son como disciplinas de fanático, no pretenden otra cosa.

PG:¿Usted cree que de todo libro se puede sacar algo bueno?
CM: Ay, no. La lucha contra corriente puede ser buena pero demasiado fastidiosa. De un libro de Carlos Cuauhtémoc Sánchez se puede sacar el odio a la alfabetización, tal vez, pero no... Estoy exagerando. Toda esa falsa literatura me irrita mucho, aunque me divierta recordada, padezco todo esta quincallería verbal que nos inunda, yo no podría ya.

PG: También con todos los libros de autoayuda, por ejemplo.
CM: Bueno, eso es chistoso si uno piensa que alguien lo pueda leer creyendo en ellos, eso tiene la virtud que uno se imagina una comunidad de ansiosos del éxito que siguen lavando pisos —con todo el respeto para los que lavan pisos, con toda la falta de respeto a los que anhelan el éxito—, pero fuera de eso no me dice nada, salvo eso, salvo imaginarme quién puede leerlos candorosamente, y luego siempre llego a la conclusión que los miembros del gabinete de Fox. No, no, pero no lo digo como crítica, el primer acto del gabinete de Fox, esto es cierto, fue una sesión de autoayuda, porque, pensando en Fox, es aquello en lo que él puede creer, ¿no? "Autoayúdate que Dios te autoayudará", supongo que así piensa que es el refrán.

PG:¿Usted cree que en México se lee poco?, según las encuestas los mexicanos leen un libro al año. ¿Cree que estas encuestas son confiables?
CM: Es obvio que sí. Se lee poco, se lee cada vez menos, el Internet ha centuplicado las posibilidades de lectura pero de un modo que no se relaciona con lo que era la lectura tradicional, ya está todo hecho por fragmentos, por saltos, por el intercutting, entonces ya es una lectura como de montaje, y todavía no sé adónde vaya a concluir y ya no lo sabré, en mi caso sí ya es una conclusión terminal, un adjetivo que uno debe ya aplicar para todo. Espero que Fox sea un presidente terminal y que no vuelva a verlo, por como es... Lo que sucede es no sólo se lee poco, todo lo que se sabía dejó de saberse y no se ha establecido con claridad cuál es el nuevo sistema de conocimientos. José Emilio Pacheco tiene un término que me parece muy ilustrativo, las alusiones perdidas, decirle a alguien algo que cuando yo era adolescente todavía se podía decir sin problema, el tonel de las danaídes, ahora el talón de Aquiles, gracias a Brad Pitt, se ha rehabilitado como metáfora, pero cuántas cosas hay que ya no funcionan: Venus nace de la amarga espuma o todo lo que era de referencia mitológica, de Zeus, de Minerva, de Juno, todo eso ya no está y las referencias cinematográficas, salvo algunos casos, no alcanzan el grado de mitología internacional perdurable, es decir, Red Butler, Scarlet O'Hara, son una excepción, pero, en general uno no puede ya pensar como antes se hablaba de Abelardo y Eloísa, ¿qué quiere decir para un joven Abelardo y Eloísa?, ya nada. Entonces, como se ha perdido ya todo un sistema de alusiones culturales, es obvio que la lectura que respaldaba, nutría, solidificaba el sistema de relaciones culturales está muerta, entonces, ¿qué se está leyendo y cómo se está leyendo?, no sabría decirlo, pero ciertamente el lugar que ocupaba Mefistófeles en el menudo o mayoreo con Fausto, lo ocupa Darth Vader, o los villanos de El señor de los anillos. Ha habido un tal desplazamiento de conocimientos y de referencias que hace pensar que la lectura que se conocía sí está desapareciendo porque implicaba un método que no estaba sustentado en las imágenes y ahora es iconósfera todo, todo es vida de la imagen.

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Nota:



[i] No es por afán de corregir al maestro Monsiváis, quien tampoco tiene que saber todo sobre todo —aunque a veces da la impresión de que sí lo sabe—, pero me parece un dato interesante: después de la entrevista revisé mi vieja edición de las obras selectas de Ágata Christie y no sólo comprobé que el título castellano es Diez negritos, sino que por increíble que parezca el título original es Ten Little Neggers. ¿Y qué pasó con Ten Little Indians? Indagué un poco más y encontré la explicación en The Bedside, Bathtube and Armchair Companion to Ágata Christie, editado por Dick Riley y Pam McAllister, y publicado por MJF Books, de Estados Unidos. El título original en Inglaterra fue Ten Little Neggers porque en dicho país la palabra negger no era considerada despectiva, por lo menos en el momento en que el libro se publicó por primera vez (1939), y procedía de una canción infantil de Gran Bretaña. En Estados Unidos fue donde los editores consideraron que la palabra en cuestión era ofensiva y cambiaron el título a Ten Little Indians, que procede también de una canción infantil pero norteamericana.


[Lecturas 5. Octubre 2004-marzo 2005]

Memoria de papel




Memoria de papel
de Antonio Malacara Martínez

Carlos Manuel Valdés






Antes de hablar del libro que reseño quiero declarar que soy lector de Malacara desde hace muchos años pues leo sus columnas periodísticas con regularidad. Ahora, tras la lectura de Memoria de papel, confirmo mi asiduidad.


El autor tiene un estilo muy original y nos entrega en sus breves artículos una reflexión y una síntesis de sus muchas lecturas que nos brindan a la vez datos sobre libros y autores fundamentales para comprender el mundo actual así como tópicos tan disímiles como el café, el cigarro, la mujer, la amistad o las instituciones que nos gobiernan.


Me agrada decir lo anterior porque los escritos de don Antonio son en sí tema de conversación, lugar de encuentro, guía de lectura, referencia obligada y momento de reconciliación con nosotros mismos. Los condimentos de su escritura son, para bien de todos, la broma sencilla, la exageración de un dato, la ironía respecto a cuestiones de nuestra sociedad y, sin duda, el buen humor.


Al asomarnos a Memoria de papel encontramos derroteros para conocer o ligar entre sí a autores a los que quizá no tenemos en la mente y a los que no habíamos considerado interesantes. Ahí se nos convoca para presentarnos uno a uno a los grandes escritores al mismo tiempo que se nos acerca a sus obras; todo sin solemnidad. Y, en el caso de que Malacara haya citado críticamente a un autor, jamás le hace de manera grosera sino sosegadamente.


Una vez que el lector se introduce en la información que aporta cada pequeño ensayo, advierte, así mismo, que puede haber siempre una manera amable de asomarse al tema tratado, al mundo de las letras, al pasado o a la ciencia. La seriedad del enfoque no deja de lado el recurso a la ironía, ni la glosa marginal. Cito como ejemplo: “hay una situación muy peculiar que comparten todos los clásicos, pues al igual que ha ocurrido con la Biblia, con Marx o el Quijote, todo mundo habla de ellos, pero pocos, en verdad, los han leído detenidamente”.


Antonio Malacara tampoco olvida confesar que hay obras que él mismo quisiera leer pero que todavía no ha podido abordarlas. Señala que acaba de adquirir una excelente biografía “de casi mil páginas, por lo que creo que necesitaré una beca para poder leerla. Su precio amerita casi de un plan de financiamiento bancario, pero vale la pena”. Lo mismo hace al conducirnos hacia algunos autores, como Lawrence Durrell a quien, después de elogiarlo, confiesa al lector, en un afán de honradez intelectual: “me hubiera gustado leer Primavera pánica y Limones amargos, pero nunca los conseguí”.


Algo que hace que el libro no tenga desperdicio es el repaso por los temas y autores que fincan nuestra cultura culta. Los escritores americanos son básicos para Malacara. No deja en penumbra sus filias como tampoco oculta sus fobias, aunque pocas, a través de sus ensayos y reseñas.


Quiero reconocer que he aprendido muchas cosas nuevas en el libro que presento. Diré que, sencillamente, de Julio Torri y Artemio de Valle Arizpe recibí información novedosa que me llevará a releerlos con otros ojos. De don Artemio, por ejemplo, ahora conozco las lecturas que lo influenciaron, con lo cual me he aclarado sus obsesiones y su estilo.


Memoria de papel es un libro que brota, en parte, de columnas periodísticas, aunque adquiere una independencia total con respecto a aquéllas. Aquí encontramos ensayos que pueden ser leídos de manera completamente autónoma, lo que no hace que uno deba seguir una secuencia de orden. Y, es curioso, pero creo poder afirmar que bajo el formato de compendio leo al autor de forma diferente que cuando lo hago en el rotativo. Es evidente que la diferencia no está en lo escrito sino en la forma de leer y en la desigual actitud que tomamos frente a un periódico y la que asumimos al tener un libro en las manos. A Malacara lo leo en su entrega periódica, normalmente mientras desayuno, lo que en muchas mañanas realizo de manera apresurada por las prisas del trabajo, pero así y todo recibo una bien organizada exposición temática que me traslada a versiones críticas y analíticas de tramas y autores del mayor interés. Ahora que lo he leído bajo el soporte o formato de libro, encuentro no sólo un orden diferente, sino la posibilidad de relectura, la peripecia de la referencia, la virtual comparación de una temática con otra del mismo texto y el cotejo de Malacara con Malacara.


El libro se ordena bajo tres grandes secciones: Autores, Lecturas y Otros temas. No me quedó la menor duda de que para el editor, Jesús Guerra, debe haber sido difícil dividir los artículos y ensayos puesto que en (casi) todos aparecen autores, datos biográficos, citas, referencias y vínculos temáticos. He aquí que un excelente lector de muchos autores, un incisivo escritor que está por cumplir 50 años de escribir sin descanso, un crítico que critica al mismo tiempo que simpatiza con sus criticados, un hombre cuya escritura llana es garantía de búsqueda de lectores, un veterano de las letras que continúa cautivando jóvenes... nos lanza esta Memoria de papel para que descubramos en un volumen la dicha a la vez que el compromiso de leer para comprender el mundo, así como para ingresar en el universo de la cultura por la única puerta; la vía que Marx definió como ad astra per aspera ("a las estrellas se va por caminos escabrosos").


No renunciaré al deber de agradecer la edición de este libro. Es fácil advertir que se cuidó con gusto y oficio. Un escritor escribe y un editor edita; si ambos lo hacen bien el lector sale ganando; tales tareas son importantes y difíciles. En este caso la SEPC hizo bien al incluir entre sus publicaciones Memoria de papel.


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Memoria de papel. Antonio Malacara Martínez. Coordinación General de Bibliotecas, Publicaciones y Librerías de la Secretaría de Educación Pública de Coahuila. Primera edición, noviembre de 2005. Saltillo, Coahuila. 342 págs.


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Este texto de Carlos Valdés es la presentación de Memoria de papel, leída por su autor la noche del 23 de noviembre de 2005 en el Centro Cultural Vito Alessio Robles.


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El autor:



Antonio Malacara Martínez nació en Saltillo, Coahuila. Se inició en el periodismo en 1957 en el diario El Sol del Norte, y desde entonces ha escrito para diversas publicaciones, como los periódicos Vanguardia y Palabra, y las revistas Prisma y Ser Universitario, de la Universidad Autónoma de Coahuila, Desierto Modo, del Instituto Coahuilense de Cultura y Lecturas, de la Coordinación de Bibliotecas, Publicaciones y Librerías de Coahuila. Es autor de las siguientes obras: Dos momentos de una historia, 1990; Los días y los temas, 1990; Antología de la poesía de Felipe Sánchez de la Fuente, 1991 (los tres publicados por la Universidad Autónoma de Coahuila); De todos los días, 1997 (Fondo Estatal para la Cultura y las Artes de Coahuila), y Señales de humo, 2001 (Coordinación de Bibliotecas, Publicaciones y Librerías de la SEPC). Obtuvo el Premio Estatal de Periodismo en 1990, y la Presea Saltillo 2000, otorgada por el Republicano Ayuntamiento de Saltillo.


[Lecturas 6. Enero-abril de 2006]

El escritor y sus hábitos


El escritor y sus hábitos

Antonio Malacara Martínez


El poeta y dramaturgo inglés T. S. Eliot, escribió a lápiz todas sus obras (su esposa se encargaba de mecanografiar sus manuscritos), las cuales escribía cuando tenía algún tiempo disponible, pues por estrecheces económicas se vio obligado a trabajar en un banco y también a hacer labores editoriales. Eliot nunca se quejó de estas circunstancias, al contrario, afirmaba que esta situación lo había obligado a una mayor concentración.

Yeats decía que escribir es un oficio solitario y sedentario. Y así es. El caso de Katherine Anne Porter demuestra hasta qué grados de soledad se puede llegar. Curiosamente algunas de sus obras las escribió en México, en los años posrevolucionarios. Por lo general, para escribir, se iba a vivir al campo donde pasaba años enteros sin visitas, ni teléfono ni distracciones. Nada que interrumpiera su trabajo. Escribía de tres a cinco horas diarias; el resto del día lo dedicaba a pensar en lo que escribiría al día siguiente.

Aldous Huxley también prefería la mañana para escribir, pero continuaba un poco antes de la cena. Cuando se sentía decaer o atascar en lo que escribía optaba por ponerse a leer. Generalmente psicología o historia. Esto lo motivaba y lo inducía a continuar. En cambio para el humorista James Thurber el trabajo de escritor se reducía a pulir y pulir hasta que la obra pareciera escrita sin esfuerzo. Por lo general reescribía hasta siete veces el borrador del libro, lo que naturalmente le llevaba mucho tiempo. Pensaba que la primera o segunda versión siempre parece haber sido escrita por una criada, de ahí su obsesión por reescribir y pulir.

William Faulkner afirmó en una célebre entrevista, que todo lo que un escritor necesita es un poco de papel, whisky y tabaco, y que el mejor ambiente para escribir es indiscutiblemente un burdel por la mañana. Hay una tranquilidad y un silencio absolutos, y por las noches hay tanta actividad social que el escritor nunca se aburre. Por su parte, Willa Cather confesaba que le era imprescindible leer un pasaje de la Biblia antes de ponerse a escribir. No lo hacía por devoción, lo admitía, sino pura y simplemente para ponerse en contacto con la buena prosa.

El italiano Alberto Moravia, al igual que Thurber, revisaba el manuscrito innumerables veces. Su método, según decía, era similar al que empleaban los pintores de hace varios siglos, aplicando, por decirlo así, capa tras capa. Nunca tomaba apuntes, ni hacía planes o esbozos, simplemente escribía a partir de un recuerdo, una persona o una experiencia. La primera versión solía parecerle bastante burda, por lo que reescribía el texto tantas veces como era necesario.

En esto de los estímulos o hábitos a que recurren o acostumbran los escritores se encuentran cosas interesantes. Henry Miller, por ejemplo, siempre prefirió, aún durante sus tormentosos años en París, trabajar dos o tres horas en la mañana después del desayuno. Escribía directamente a máquina y a gran velocidad. Hemingway se motivaba afilando los veinte lápices que siempre tenía a su alcance. Escribía invariablemente de pie, en papel cebolla, y gustaba de contar y anotar el número de palabras que había escrito durante la jornada. A Norman Mailer se le facilita la tarea de escribir en un cuarto que tenga vista al mar. Detesta los jardines y prefiere ver barcos o lanchones.

Para Robert Graves era indispensable que en la habitación donde escribía sólo hubiera objetos y muebles hechos a mano. A ese grado llegaba su irritación contra la sociedad industrial. El ruso Vladimir Nabokov gustaba de escribir casi de madrugada. Escribía sobre fichas que copiaba, aumentaba y arreglaba gradualmente hasta convertirlos en novela. Antes de que perdiera totalmente la vista, Jorge Luis Borges se llegaba hasta la Biblioteca Nacional en Buenos Aires. Se presentaba bien entrada la tarde; dictaba cartas y poemas a su secretaria, quien los pasaba a máquina y después se los leía en voz alta. Borges iba haciendo las correcciones una y otra vez hasta quedar satisfecho con el resultado.

George Seferis, el poeta griego, acostumbraba escribir notas acerca del poema que pensaba crear. Lo que hacía con el objeto de no olvidar todas las cosas que deseaba incluir en él, tales como ideas, expresiones poéticas, declaraciones poéticas, etcétera. Notas que posteriormente le recordaban cierta atmósfera para el poema que, entre tanto, maduraba y construía mentalmente.

John Steinbeck solía escribir una página diaria. Se acondicionaba psicológicamente; nunca pensaba si iba a terminar el libro algún día. Simplemente escribía. Cuando llegaba a lo que consideraba el fin, entonces procedía a reescribir capítulos enteros o corregía escenas que no resultaban de su agrado. Los diálogos siempre los leía en voz alta a medida que los escribía. Así, confesaba, obtenía el sonido del diálogo. Escribía a lápiz, siempre que éstos fueran redondos, pues los hexagonales le lastimaban los dedos. Por su parte, Thomas Mann hacía honor a su ascendencia alemana. Era exageradamente disciplinado en su trabajo; escribía invariablemente todos los días de nueve a una. En cambio, el inglés Anthony Burgess, como Mauriac, prefería la tarde. Afirmaba que a esa hora encontraba más silencio (“hasta los perros duermen a esas horas”, decía). Comía poco, y encontraba que su mente estaba más receptiva a esas alturas, así que trabajaba hasta el anochecer. John Updike escribe por las mañanas. Tiene la manía de tomar constantes notas, esté donde esté. Curiosamente, una de sus novelas, bastante descarnada, la planeó totalmente en la iglesia.

Mario Vargas Llosa confiesa ser totalmente rutinario en sus hábitos. Por lo menos mientras aún vivía en Perú, se levantaba a las 7.15 de la mañana. Corría durante treinta minutos por los alrededores de su casa en Lima. Desayunaba, leía los periódicos, y para los 8.30 estaba ya frente a su mesa de trabajo. La mitad de la jornada la empleaba en escribir directamente a máquina; la otra mitad en corregir. Por la tarde —es muy probable que siga siendo así— sólo toma notas y jamás escribe por las noches. Tiene la manía de escribir sus notas en cuadernos de pasta roja y hojas rayadas horizontalmente, los cuales adquiere regularmente en Londres.

La novelista española Rosa Chacel, aún pasados los 85 años de edad, se levantaba invariablemente a las siete de la mañana, y una hora más tarde ya se encontraba trabajando. A media mañana interrumpía su tarea para tomar un café y fumarse una pipa. Le era indiferente que a su alrededor hubiera ruidos o silencio, poseía una gran concentración cuando escribía. No acostumbraba tomar notas. “Todo lo retengo en la cabeza”, decía, “porque tengo una excelente memoria y jamás he apuntado cosas por la calle”.

Otro escritor que estaba acostumbrado al ruido era el cubano Guillermo Cabrera Infante. Ello se debe tal vez a que gran parte de su vida transcurrió en innumerables redacciones de periódicos. Gustaba de escribir directamente a máquina, porque consideraba que era la fórmula que mejor le permitía ver un adelanto de la impresión. Confesó que para escribir una historia sólo necesitaba tener el título. “Con el título”, afirmaba, “yo tengo una novela condensada. En dos palabras se pueden contener todas las sugerencias del mundo. Por ejemplo, mi última novela, que por cierto es la primera que escribo directamente en inglés, el título se me ocurrió de repente: Puro humo. Y ahí está toda una historia pop del puro, el cine y los comediantes”.

El también desaparecido Truman Capote declaraba ser un escritor completamente horizontal. Confesaba que no podía pensar a menos que estuviera acostado, ya fuera en la cama o en un diván, y con cigarrillos y café a la mano. Por la tarde, cambiaba el café por el té, y más tarde éste por el jerez. Por último, prefería los martinis. Escribía la primera versión a mano, a lápiz. Después hacía una revisión completa también a lápiz. Se consideraba un estilista, y era proclive a dejarse obsesionar por la colocación de una coma y por el peso de un punto y coma. Esta obsesión le irritaba sobremanera, por el tiempo que en ello perdía. Tenía varias supersticiones que lo perturbaban, según se lo dijo hace años a la periodista Pati Hili. Una de ellas era la de no iniciar ni concluir nada en día viernes. Curiosamente, y esto ha pasado desapercibido, murió precisamente un viernes.



[Lecturas 3. Enero-mayo de 2004]

domingo, 25 de octubre de 2009

Entrevista a Elsa Cross


Entrevista a Elsa Cross

Patricia Galindo


El 12 de noviembre de 2006 estuvo en Saltillo la reconocida poeta, ensayista y traductora literaria Elsa Cross, invitada por la Coordinación General de Bibliotecas, Publicaciones y Librerías para cerrar, con la lectura de algunos de sus poemas, el Primer Maratón de Lectura. Momentos antes de su presentación, nos concedió esta entrevista.

Elsa Cross es doctora en Filosofía y Letras por la UNAM, y actualmente es catedrática en la misma universidad. En 1990 recibió el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes por El diván de Antar, y en 1992 recibió el Premio Nacional de Poesía Jaime Sabines por Moira. Entre sus poemarios se encuentran, además, Espejo al sol, Canto Malabar y otros poemas, Jaguar, Cantáridas y Los sueños.

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Patricia Galindo: ¿Cuando empezó a leer?
Elsa Cross: Alrededor de los nueve o diez años, gracias a una biblioteca que había en mi casa; mi papá tenía una colección de libros clásicos adaptados para niños, de la serie Araluce de Barcelona. Incluía autores como Shakespeare, Calderón de la Barca, Tirso de Molina, Goethe, Dante, Wagner. Además en casa de mi abuela también había una biblioteca; estaba rodeada de libros. En mi adolescencia leí muchísimo a Dostoyevski, Flaubert, Homero, y también algunas porquerías porque a esa edad no sabía distinguir entre los buenos y malos libros.

PG: ¿Qué libros o autores la marcaron?
EC: Me impactó mucho la lectura de fragmentos de la Ilíada, su lenguaje; me ayudaba que yo ya tenía referencias sobre la mitología griega, que es básica para entrar a la cultura occidental porque ésta se encuentra llena de alusiones a ella, en la pintura, la música, la danza, la escultura; si uno no la conoce es difícil entender una obra, un poema, la ópera de Monteverde, la de Puccini.

PG: ¿Qué le aporta la lectura?
EC: Los grandes libros son los que en cada lectura te enriquecen, te descubren un aspecto nuevo. Los libros que no son tan buenos se agotan en la primera lectura, como las películas malas. Algunos poetas a los que siempre regreso son Saint-John Perse, Ezra Pound, Octavio Paz; los griegos: Cavafis, Elytes y Seferis; otros como Paul Celan, porque tienen una extraordinaria riqueza de lenguaje, de recursos poéticos, un trasfondo que no se puede captar tan fácilmente.

PG: ¿A qué autores recomienda para quienes se inician en la poesía?
EC: Sabines, Pablo Neruda, García Lorca, son buenos poetas y al mismo tiempo muy accesibles, son directos en los temas. Les sugiero que no lean a la fuerza, si algo no los jala, si no les dice nada, déjenlo, busquen otro autor; si una puerta está cerrada, entren por la ventana; no hagan de la lectura una obligación odiosa.

PG: ¿Y en el género de novela?
EC: Hay una novela del siglo I, de un autor latino llamado Apuleyo, El asno de oro, que trata de un hombre que queda accidentalmente convertido en burro. Es un relato gracioso que muestra las costumbres de aquella época, y sería una película fantástica. Está llena de historias, como el Quijote, en donde hay muchos relatos dentro de la novela, lo que la hace muy ágil. El asno de oro tiene un fondo profundo y bonito, se lee muy fácil, puede ser una buena entrada antes de comenzar con algo más complicado, y continuar con los clásicos. Otro clásico es el Decamerón de Bocaccio, que son 100 cuentos llenos de cosas pícaras y divertidas.

PG: ¿Qué está leyendo actualmente?
EC: Algunos libros que tienen que ver con filosofía de la India y de religiones antiguas. Recientemente acabo de leer un libro de poemas de Julián Herbert que me gustó mucho. También leí Relatos verdaderos de Luciano, autor del siglo II, y cuenta de un viaje a la luna; es de los primeros autores que trataron acerca de un viaje a la luna; van navegando en el mar y un ventarrón los lanza a la luna; tiene muchas sorpresas.



[Lecturas 7. Primavera-verano de 2007]