martes, 13 de octubre de 2009

Miradas. De poetas, escritores y artistas





Miradas. 
De poetas, escritores y artistas,
de Juan Gelman


Cirilo Recio Dávila


Sólidamente situado en el bélico y contradictorio mundo del siglo XX y aún del XXI, Juan Gelman ha vivido los avatares que de un extremo ideológico hasta el extremo contrario han marcado la historia de los últimos 100 años. Su posición política en una nación —Argentina— en la que dominaba una visión unilateral y excluyente de la derecha, le llevó a padecer el exilio y la separación forzada de sus seres queridos.



Esa distancia de su país y ese dolor se volvieron en una constante presión sentimental, un acicate intelectual y una fuente de desesperación ante la crueldad y la injusticia. Es que el desamparo es más profundo cuando es el propio ser humano el que lo provoca, porque entonces la vida se vacía del sentido que le daría el hombre mismo.


En su libro Miradas. De poetas, escritores y artistas, que cubre un conjunto de 77 artículos y ensayos periodísticos publicados en un diario de Buenos Aires entre octubre de 1998 y febrero del 2004, Juan Gelman recorre los entretelones de una porción del universo creativo del siglo XX. Relata y comenta a partir de una precisa mirada los aspectos ocultos, vedados a veces a la construcción amañada y cuidadosa de la publicidad, la propaganda y la leyenda, pero no por ello son menos significativos en su dimensión humana y creativa.


De esa constelación de autores y circunstancias son notables las paradojas que la vida impone. Ejemplo de esto es el artículo “Escribir para comer”, dedicado a Raymond Chandler, en el que refiere el poema “Nocturno de ninguna parte” de este autor: “No hay país tan bello/ como la Inglaterra que recorro en las horas nocturnas/ de esta tierra prometedora y desconsolada/ de exilio y desaliento”. El poema fue escrito por Chandler en Los Ángeles en la década de los 30, y señala Gelman: “En 1931 la policía angelina levantó barricadas en el perímetro de la ciudad para cortar el flujo de los nuevos nómadas, que llegaban a razón de dos mil por semana. En ese contexto Chandler empezó a escribir. Para comer.”


Enseguida explica que Chandler nació en Chicago, “[…] pero la nostalgia británica del poema tiene su explicación: en 1896, a los 8 años de edad Chandler viaja a Inglaterra y vive con su madre hasta los 14.” En este escrito destaca justamente esa fina ironía vital a pesar del éxito y popularidad de este autor (su primera novela, El gran sueño, fue llevada al cine con Humphrey Bogart, reseña Gelman), su prestigio decayó en “ciertos círculos intelectuales yanquis” aunque “sencillamente fue un gran escritor”.


El extenso recorrido de los ensayos de Miradas refiere constantemente situaciones semejantes a la que describe de Chandler. La extraña locura de una mujer de extraordinaria lucidez como lo fue Virginia Woolf; la incomprensión de un público que compraba todo lo que el sobresaliente pintor expresionista ruso, emigrado a Estados Unidos, Mark Rothko producía en los años 50, por considerar su pintura decorativa, cuando el autor trataba de cambiar el mundo con su obra; el insomnio del filósofo nihilista Emil Cioran, de quien —consigna Gelman— George Steiner se preguntara si su nihilismo era histriónico o verdadero y para “quien dormir era el secreto de la vida… porque permite que la existencia sea soportable, consiguió el olvido sólo poco antes de morir: la enfermedad de Alzheimer le procuró una amnesia total”. O la búsqueda insaciable de sentido que se deja ver en el texto titulado “Electricidades” donde escribe de las disciplinas y conocimientos que el ser humano ha relacionado con la música —matemáticas, teosofía, magia, psicología, medicina, etcétera—, argumenta sobre los intentos infructuosos de establecer sistemas de relación entre la música y diversas realidades filosóficas, cita las poéticas palabras que Beethoven dedicara a la escritora alemana Bettina Brentano: “la música es la tierra eléctrica en que el espíritu florece, vive, inventa”, y concluye que tal vez Beethoven se refería a otra cosa, al misterio aún sin develar del origen de las emociones que la música verdadera concita, porque hablar de electricidad en el tiempo de Beethoven era referirse a algo casi desconocido.


Con estos escuetos ejemplos es posible trazar un mapa de comprensión sobre estos textos sabios y certeros de Gelman, vemos una mirada —valga la expresión— que descree de prepotencias y condescendencias interesadas, una visión lúcida de la humana condición falible. Pone en la mesa de las discusiones una y otra vez el humano fracaso ante la persecución infinita de lo sublime aunque eso sublime a veces se encuentre solamente en la imaginación. Esos pequeños y entrañables dramas de autores que tuvieron —como todos— que luchar contra las minucias de su tiempo, su circunstancia y sus semejantes. Combates nada banales por cierto aunque muchas veces definitivos en la consecución de una obra o en su desarrollo y destino, aunque a veces también sea apenas obra negra.


Sin embargo no se piense que Miradas es un libro que solamente apunta las paradojas propias de la creación artística. En sus páginas encontramos muy claras expresiones de libertad. Una franca posición contraria a la prepotencia, la arbitrariedad injusta, el abuso o el autoritarismo a través de una escritura directa y sencilla, que no vacila en proponer paralelos históricos que reafianzan su argumento para referirse a hechos más cercanos a nuestra época. Tal ocurre en el artículo “Rufianes” en el que escribe del novelista norteamericano John Cowper Powys (1872-1963) y al citarlo, cuando éste se refiere a Oscar Wilde retoma: “Vivimos en una era donde el mundo, por primera vez en su historia, está literalmente bajo el dominio de la más estúpida, la más embotada, la menos inteligente y la menos admirables de todas las clases de comunidad”. Y enseguida Gelman agrega una expresión que revela magistralmente su ingenio, lucidez y profunda ironía: “Se refería a ‘los rufianes comerciales’. En la Argentina, y no sólo, se aplicaría a ‘los rufianes financieros’. Y no sólo.”


El aliento de libertad que recorre los textos de Juan Gelman nace de una profunda convicción humanista que se revela a través de un sentido del humor sencillo y sensible. El poeta que obtuvo el premio Cervantes del 2007 escribe con conocimiento de causa y autoridad moral de esas paradojas humanas que nos revelan ese debatirse entre mundos, convicciones o realidades en conflicto. Como al comentar el caso de un John Wayne que se rehusó ir a la guerra, pero en cambio con inaudita valentía incitaba a sus compatriotas a “cazar herejes comunistas” en una guerra cruel y sin sentido. O de cómo fue que mientras Arthur Miller prefirió el juicio legal adverso antes que delatar a sus colegas sospechosos de ser comunistas —en pleno macartismo—, Elia Kazan denunció a ocho de sus compañeros de Hollywood y cuando en 1999 a Kazan se le otorgó el Oscar por trayectoria, Miller —autor de Las brujas de Salem— apoyó su nominación.


Plantado con firmeza en su tiempo y en el mundo, Gelman deja constancia de la justicia y la libertad a pesar de la mezquindad que en demasiados momentos habita el corazón humano. Tal vez esa amplia visión, llena de coraje, humor y amor por la vida, provenga de su propia historia, quizá de su innata sensibilidad, posiblemente de ambas cosas, pero eso es tema aparte.



. . . . . . . . . . . . . . .

Miradas. De poetas, escritores y artistas. Juan Gelman. Ediciones ERA. México. Primera edición: 2006. 241 págs.


martes, 6 de octubre de 2009

Primeras líneas... Lolita


Primeras líneas...


Lolita
en dos idiomas



Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at three, on the teeth. Lo. Lee. Ta.
She was Lo, plain Lo, in the morning, standing four feet ten in one sock. She was Lola in slacks. She was Dolly at school. She was Dolores on the dotted line. But in my arms she was always Lolita.



Versión original en inglés de Vladimir Nabokov.
(G. Putnam's Sons, Nueva York, 1955)

. . . . . . . . . . . . . . .

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.
Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.



Traducción al español de Enrique Tejedor.
(Ediciones Grijalbo, Barcelona, 1975)



[Lecturas 6. Enero-abril de 2006]

lunes, 5 de octubre de 2009

Todas mis vidas posibles


Feria del Libro Saltillo 2009


Todas mis vidas posibles, de Beatriz Rivas


Fabiola Rodríguez y April Parra

La autora de La hora sin diosas (Alfaguara, 2003; Punto de Lectura, 2006); Recorded Books, 2007) y Viento amargo (Alfaguara, 2006; Punto de Lectura, 2009) comenta que la idea de su nueva novela surgió hace dos años, cuando, al buscar en Internet comentarios sobre uno de sus libros, escribió su nombre y encontró que salían entradas sobre varias Beatriz Rivas con sus respectivas historias.




La narradora escribe en Todas mis vidas posibles (Alfaguara, 2009) sobre otras Beatrices, mujeres que podrían ser ella y con las que comparte alguna pasión o temor: una vendedora de fármacos, una manicurista, una periodista asesinada en Ciudad Juárez, una senegalesa que anhela regresar a su país natal. Las vidas que va narrando cambian su visión de sí misma y le hacen saber que el destino es más astuto que nosotros, tiene más experiencia y nunca se siente culpable.
La autora afirmó tener un temor al momento de escribir esta novela, pues había resultado ser una serie de cuentos en lugar de una sola historia. Sin embargo, el hilo conductor se lo dio gracias a una carta de William Coday, un condenado a muerte en Estados Unidos, lector de sus novelas que se impresionó con La hora sin diosas.


“Un escritor sabe que sus libros pueden llegar a cualquier mano. Pero conocer que uno de mis lectores era alguien que asesinó a dos mujeres a puñaladas y martillazos me dejó estupefacta. Además, porque sostuve correspondencia con él, supe que era un tipo culto. Estudió filosofía. Intenté visitarlo, conocerlo, pero no me lo permitió”, detalla.


Así, prosigue la también cuentista, periodista y tallerista, decidió ser un personaje más de su propia novela y que la historia de la “Beatriz Uno” fuera el eje alrededor del cual giraban las demás Beatrices que, al final, el lector se da cuenta que unas tienen que ver con las otras, que no son extrañas.


“Fue difícil escoger a los diversos personajes femeninos, pues me puse como requisito sentir su vida en el estómago, que me cautivara realmente. Mi búsqueda no fue intelectual ni me identifico con ninguna, excepto con la Uno, y quise contar cada historia de diferente manera”, añade.


Para la escritora Beatriz Rivas elegir es “maravilloso y terrible a la vez”, porque al escoger una carrera, una vocación, un amor o un proyecto “se reducen tus vidas posibles; esos otros destinos que pudiste experimentar se cancelan o se transforman con una sola decisión”. Por eso, en su nueva novela busca responder a la pregunta de cuántas vidas caben en un mismo nombre: el suyo.


Para finalizar, la autora comentó sobre la necesidad de fomentar la lectura en nuestro país, pues no es sólo un hobbie, sino que abre la mente y te ayuda a aprender sobre ti mismo. Puntualizó que lo más valioso no es una historia o el conocimiento que te dejan los libros, sino “la búsqueda de respuestas, independientemente si haya o no respuestas”.


Patton


Patton

Arthur L. Figueroa


Habiendo participado en la Segunda Guerra Mundial, en el Ejército de Estados Unidos, como soldado de Infantería, en el Tercer Ejército, comandado por el General George S. Patton, me siento impulsado a reseñar el libro Patton de Alan Axelrod, recientemente obsequiado por mi hija Cristina, ya que tuve la suerte de ver en persona a este gran general, a cierta distancia, cuando visitó a nuestra División, la 76, en febrero de 1945.

Este libro, publicado en el año 2006, es una biografía concisa pero de gran profundidad, sobre la vida, actividades y actitudes del General Patton. Desde su nacimiento hasta su muerte. Fue un extraordinario estratega, quien prácticamente entrenó solo a la primera generación de combatientes americanos del desierto. Conquistó Sicilia y llevó al Tercer Ejército a obtener impresionantes triunfos a través de Europa, deteniéndose sólo para transformar la derrota en triunfo en la Batalla del Bolsón.

Pero Patton fue también el general más controvertido en la historia de Estados Unidos. Un hombre que nació para la guerra, soldado de caballería, empapado en la romántica tradición militar, arrastró a una casta militar americana conservadora y renuente hacia los más avanzados campos de batalla con vehículos blindados de alta movilidad. Un esnob autocrático, pero aun así, creó una compenetración sin paralelo hasta con el más modesto soldado raso bajo su mando. Aunque tenía un amplio repertorio de lenguaje profano, rezaba a diario y creía que Dios lo había destinado a la grandeza militar.

A pesar de ser un hombre profundamente inseguro de sí mismo, hizo del Tercer Ejército la unidad de combate más segura de sí misma y una fuerza combatiente consistentemente victoriosa en el escenario europeo de operaciones.

Esta obra muestra al hombre detrás de la leyenda, a un guerrero que modernizó la tecnología y tácticas del ejército de Estados Unidos y desarrolló las perennes estrategias de liderazgo, que han inspirado a generaciones.

El autor de esta biografía nos conduce en una forma concisa y cronológica, a través de su vida.

Nacido para el Ejército, el joven George era selectivo en la adoración de sus antepasados, inclinándose más a los paternos. Debido a la dislexia que sufría, su padre le leía en voz alta, bastante tiempo más de lo acostumbrado, para su edad. George memorizaba todo lo que se le leía.

Con el apoyo de su padre, inició su carrera en el Instituto Militar de Virginia (VMI), acostumbrada antesala a la Academia Militar de West Point. Se distinguió por su capacidad deportiva, académica y en esgrima de sable. Después de graduarse como Subteniente de Caballería, rediseñó el sable de caballería, lo cual, más adelante, le daría el impresionante y arcaico titulo de “Maestro del Sable”, único en el Ejército de Estados Unidos.

Durante su larga carrera militar, consignó sus ideas en diarios y apuntes, los cuales se encuentran en la biblioteca de West Point, y son ávidamente consultados hasta la fecha.

Muchos de sus más tempranos apuntes muestran una marcada xenofobia, la cual, sin embargo, atemperó en sus últimos años. Era un estricto disciplinario, pero no exigía más que lo que él se imponía personalmente.

Su primer encuentro con vehículos blindados fue en la Primera Guerra Mundial, en ese momento su filosofía táctica cambió al ver que con dichos blindados se protegía a la Infantería y lograban avances más penetrantes y rápidos. A su regreso a Estados Unidos, se dedicó a desarrollar tácticas que involucraran a la Infantería y los vehículos blindados, y agregó apoyo aéreo después.

En la Segunda Guerra Mundial, luego de la vergonzosa derrota de las tropas americanas a manos de Rommel en el Paso Kasserine, en África, Patton tomó el mando y convirtió al Séptimo Ejército en una unidad disciplinada y agresiva que derrotó a las tropas y tanques de Rommel en Al-Qatar.

El carácter agresivo y voluble de Patton le trajo problemas con sus superiores, a tal grado que el General Eisenhower, Comandante Supremo de las Fuerzas Aliadas, en varias ocasiones consideró despojarlo de su mando, pero reconociendo que Patton era un genio táctico, lo retuvo, aunque permaneció en un virtual limbo por un tiempo. Al formar al Tercer Ejército a su estilo, y demostrando con hechos que era el mejor en su ramo, su campaña a través de Francia lo justificó gracias a sus asombrosos ataques y avances.

El apodo Old Blood and Guts (“El Viejo Sangre y Agallas”) se supone lo inventó él mismo. Algunos soldados, sarcásticamente decían, “Sí, sus agallas y nuestra sangre”, pero aún ésos sentían un casi amoroso respeto por el viejo.

Con todos sus defectos, sus virtudes como estratega y guerrero hacen palidecer sus debilidades. Su filosofía de “atacar-avanzar” repetida, significaba que si el enemigo daba traspiés, era el momento de seguir atacando. Cuando el Mariscal Von Rundstedt, inició su último contraataque en diciembre de 1944 en las Ardenas, nunca imaginó que Patton sería quien lo detuviera y derrotara, pues, según la información que tenía, el Tercer Ejército de Estados Unidos estaba muy al sur del área. Pero Patton hizo lo que se consideraba casi imposible, giró su Ejército 90 grados al Norte y a marchas forzadas de sus tropas, detuvo la contraofensiva alemana en Bastogne, en Bélgica, liberando a sus defensores americanos.

Con el Tercer Ejército cruzó la frontera de Alemania, iniciando así la última ofensiva, la que destruyó finalmente al nazismo.

El 28 de septiembre de 1945, Eisenhower citó a Patton a su cuartel general, en Frankfurt, donde después de una acalorada discusión entre ellos y Bedell Smith, Eisenhower, discretamente, incluso con amabilidad, hizo lo que cuidadosamente calificó como sugerencia: le dijo a Patton que tomara el mando del llamado Ejército 15 —realmente sólo un pequeño cuartel general y personal asistente—, que había sido formado para recopilar la historia de la guerra en Europa. Era un puesto importante, insistió Eisenhower, y el 15 necesitaba un buen general en jefe. El primer impulso de Patton fue renunciar a su grado de oficial en ese mismo instante, pero se contuvo. Tal vez fue su amor por la historia y la oportunidad de ejercer algún control sobre cómo debería escribirse la historia de la guerra —cualesquiera hayan sido sus razones— el caso es que decidió renunciar a su histórico Tercer Ejército y asumir el mando de este nuevo “ejército de papel”.

En una ocasión dijo a su asistente, “un soldado debe morir en combate, ya sea por una bala, o volado en pedazos, es su destino final”.

Su fin fue triste, el 9 de diciembre, en un accidente entre su auto y un camión militar, sufrió graves heridas, las cuales pusieron fin a sus días el 22 de diciembre de 1945. Tenía 60 años.

. . . . . . . . . . . . . . .

Patton. A biography. Alan Axelrod. Palgrave Macmillan, Great General Series, 2006. 204 págs.

. . . . . . . . . . . . . . .

El autor:

Alan Axelrod es autor de muchos libros sobre historia americana y militar, entre ellos Patton on Leadeship, Enciclopedia of Wars y The Macmillan Dictionary of Military Biography. Reside en Atlanta, Georgia.

El editor de la Serie, el General Wesley K. Clark (retirado), sirvió en el Ejército de Estados Unidos durante treinta y cuatro años; llegó al grado de general de cuatro estrellas como Comandante Supremo Aliado de la OTAN, en Europa, y es autor del éxito de ventas, Waging Modern War, Bosnia, Kosovo and the Future of Combat. Reside en Little Rock, Arkansas y Washington, DC.


[Lecturas 7. Primavera-verano de 2007]

domingo, 4 de octubre de 2009

Feria del Libro Saltillo 2009


Literatura policiaca y sociedad mexicana contemporánea

Fabiola Rodríguez y April Parra


En su décima segunda edición, la Feria del Libro Saltillo 2009 (FLS) reúne a escritores, editores, libreros y lectores aficionados al género negro en el panel de discusión Literatura policiaca y sociedad mexicana contemporánea, presidida por los escritores Juan Hernández Luna, Jaime Muñoz, Eduardo Monteverde, Élmer Mendoza, Rolo Diez, Juan José Rodríguez y Paco Ignacio Taibo II; este último, en una entrevista previa comentó el valor de este género en la actualidad.

Taibo II explicó que es imposible desligar los factores políticos y sociales de la criminalidad en nuestros países: están tan absoluta e íntimamente vinculados, que el hecho del crimen es un reflejo de los comportamientos, los modelos y los conflictos de cada una de nuestras sociedades.

En sus propias palabras: “en México vivimos un momento crítico, no sólo por la violencia, sino por la impunidad. Vivimos en un país donde el 90% de los crímenes no se resuelven y el sistema judicial no funciona”.

Al preguntarle qué rasgo consideraría el más representativo de la sociedad Mexicana al enfrentarse diariamente a la violencia, respondió que la sociedad converge con la memoria colectiva de un pueblo y de un país. “Los mexicanos ya no creemos… desde el fraude electoral, si no se castiga esa presunción, si no se limpia o se aclara este delito mayor, si no se responde a la demanda de los mexicanos de no ser gobernados por alguien que no eligieron, es que existe un grave problema”.

Ya en el panel de discusión, la opinión de los escritores se unió a la de Taibo II al reflexionar sobre la necesidad de escribir acerca de un tema tan polémico. “¿De qué otra cosa podemos escribir?”, si en esta sociedad la violencia ha iniciado un proceso de descomposición, burocratización, y pérdida ideológica, por eso es necesario no abandonar la visión crítica y también hay que rescatar el sentido romántico y épico de la propuesta de los valores de libertad y paz.

Durante la plática, entre diversos comentarios y anécdotas, los autores rescataron la necesidad de confiar en el triunfo de las causas justas, pues si bien en la vida no existen los finales felices, nunca hay que dejar de buscar la luz al final del túnel.

¿Cuál es el futuro que le espera al país? Paco Ignacio Taibo II respondió: “Pues no tengo mi bola de cristal ahorita porque la usé para jugar boliche, así que no te podría decir. Lo que sí te digo es que hay que resistir, ¿cómo vamos a salir del agujero si no lo hacemos? Yo me levanto en las mañanas y digo: no me voy a quedar callado”.

[Viernes 2 de octubre]

Libros jubilados


Libros jubilados

Jesús de León



A la memoria de Torquemada,
crítico de críticos


Es duro deshacerse de los libros que amamos, ay, que seguiremos amando. ¿Quién los adoptará? ¿Quién los amará como yo los he amado? Soy muy amigo de mis libros. Los considero no solamente objetos sino espacio de conversación. Tengo obras generales, es decir, diccionarios, enciclopedias, atlas... Libros de consulta que le pueden servir a cualquiera y que tienen una función inmediata. Otros tienen una función práctica. Son almacenes de instrucciones para elaborar una serie de trabajos. Estas obras de divulgación opcional me será fácil donarlas. No son una buena inversión, pero cualquier institución las aceptará sin mayor problema. No me preocupan.

Me preocupan, en cambio, todos aquellos libros de creación o de ficción que, la verdad, no sé qué me movió a comprarlos. Aquí los parámetros se vuelven más subjetivos: gustos, fobias. Será verdaderamente difícil quitármelos de encima. Puede ser que los acepten en las bibliotecas públicas, pero exigen que se cubra el enojoso trámite de dejar asentado el nombre de quien los donó. Si los llevo a las librerías de viejo, los recibirán por una bicoca y los tratarán como mugre rechazada. Cosa peor ocurrirá con los libros de este tipo que son cortesía del autor y donde uno tiene que pasar por el penoso trance de borrar la dedicatoria o arrancar definitivamente la página para no delatarnos frente al autor y frente a otras personas. Estos libros son los niños mongolitos de mi biblioteca.

Luego están los libros que compré, por obligación, cuando estudiaba. Son los que más me inquietan. Tuvieron algo de mercado, pero ahora ya nadie los incluye en los programas de estudio. ¿Quién va a desear, a estas alturas, el Curso de literatura, de Carlos González Peña?

Muy cerca de mis libros de texto tengo mis libros de trabajo. Ésos que uno siempre necesita. En mi caso, una gran cantidad de programas, manuales, reglamentos, estatutos, etcétera. De éstos me desharé primero, precisamente para no tener malos recuerdos.

En mi estudio hay también una gran cantidad de libros de reflexión, de crítica, de análisis. Todos aquellos volúmenes que me han ayudado a pensar. Son libros siempre raros y siempre difíciles de comprar y de recomendar. También difíciles de leer. Tengo, además, kilos y kilos de periódicos, revistas, folletos, fotocopias y, por último, notas, cartas, manuscritos, es decir, mi obra personal, que será lo último que ponga en una pira para que sea lo primero que arda.

Desgraciadamente no hay estufa ni caldera ni baldío ni raso (de ésos que utilizan para quemar mariguana) ni desierto apartado en el que pueda arder semejante hoguera. Está prohibido. Ya no lo permiten las autoridades de ecología.

¿Qué hacer entonces con estos libros? ¿Quién los abrirá, les cantará y los subrayará como lo hice yo? Al quemarlos realizaría no sólo un auto de fe sino de escepticismo. ¿Se quema a los amigos? Sí, claro, pero en sentido simbólico.

En lugar de estar pensando a quién se los puedo vender o a quién se los puedo donar o cómo los puedo destruir, creo que me saldré simplemente de mi casa con lo que llevo puesto y dejaré los libros donde están. No voy a devanarme los sesos. Mi imaginación no da para tanto. Quizá el nuevo dueño sea un alma gemela, como dice la canción, un alma como la mía, que tampoco sabrá qué hacer con los libros y los dejará ahí, tal y como están, para evitarse el trabajo de pintar muros, poner papel tapiz o, por lo menos, cubrir con yeso las grietas que hay detrás de los libreros. Además, así podrá presumir a las visitas de que es un hombre de gran cultura, al fin y al cabo no cuesta nada saludar con sombrero ajeno.

Mientras tanto, yo andaré por las calles, ligero de equipaje, pero me tomaré ciertas noches para rondar mi vieja casa y perturbar, aleve, el sueño del nuevo propietario, gritando: ¡aaaayyyy miiiiis liiiibrooooos!



[Lecturas 3. Enero-mayo de 2004]

Entrevista a don Antonio Malacara




Entrevista a don Antonio Malacara
Patricia Galindo Lozano



Antonio Malacara Martínez nació en Saltillo, Coahuila. Se inició en el periodismo en 1957 en el diario El Sol del Norte y desde entonces ha escrito para diversas publicaciones. Es autor de los siguientes libros: Dos momentos de una historia, 1990; Los días y los temas, 1990; Antología de la poesía de Felipe Sánchez de la Fuente, 1991; De todos los días, 1997 y Señales de humo, 2001, este último editado por la SEPC a través de la Dirección Estatal de Bibliotecas [y posteriormente Memoria de papel, 2005, editado también por la SEPC a través de la Coordinación General de Bibliotecas, Publicaciones y Librerías]. Obtuvo el Premio Estatal de Periodismo en 1990 y la Presea Saltillo 2000, otorgada por el Republicano Ayuntamiento de Saltillo.

. . . . . . . . . . . . . . .

Lecturas: ¿Cuándo empezó a leer?
Antonio Malacara: Entre los 7 y 8 años de edad, mi padre me regaló Corazón, diario de un niño. Fue mi primer libro. Un libro que me impactó porque me dio a conocer muchas cosas que yo desconocía, mejor dicho, cosas a las que yo no había prestado atención o no había advertido: las desigualdades sociales, la solidaridad, el patriotismo, en fin, una serie de lecciones muy valiosas. Nunca lo he olvidado.

L: ¿Lo releyó después?
AM: Sí, años después. Inclusive alguna vez vi una película basada en uno de los cuentos: “De los Apeninos a los Andes”, o algo por el estilo.

L: ¿Ha tenido algún libro preferido, ya sea a lo largo de su vida, o quizá por etapas?
AM: Sí tengo libros preferidos y me ha sucedido una cosa: libros que me gustaron, digamos a los 15, 18 años, después que los releí ya a los 30, 40 años, no les encontré nada. Y dije: “¿Pues por qué me gustaban?” Pero obviamente el que cambió fui yo, no el libro. Tengo libros preferidos; de cuestiones filosóficas me gusta lo de Julián Marías, Ortega y Gasset... De literatura siempre me gustó Hemingway, John Dos Passos y Sherwood Anderson, y hay otros... y sobre todo, sobre todas las cosas... Shakespeare. Es un tesoro inagotable. No es, como se pensaría, un autor aburrido, de ninguna manera.

L: Usted, ¿relee con frecuencia?
AM: De vez en cuando, no de una manera determinada. Releo cuando me apetece; ciertas circunstancias me hacen recordar determinado libro y lo releo.

L: ¿Por qué lee?
AM: Bueno, fíjate que en la lectura encuentra uno, en la escritura mejor dicho, encuentra uno inquietudes, o sentimientos que uno trae. Pero de todas maneras se hace un hábito si se toma desde temprana edad. Ya después, es como el cigarrillo, es una cosa muy agradable y ya no se lo puede uno quitar... aunque no es dañino para la salud.

No pude estudiar una profesión, tuve que ponerme a trabajar pronto. Entonces no quería yo ignorar de temas como derecho, política, economía, educación, etcétera. Esto fue lo que me hizo comenzar mi biblioteca, mejor que un diccionario, tengo cantidad de libros sobre estos temas que me sirven de consulta.

L: ¿Hay libros o autores que usted reconozca que han influido directamente en su vida, de alguna manera?
AM: Hay dos autores franceses que me impactaron mucho y en alguna forma moldearon mi manera de pensar: Jean- Paul Sartre y Albert Camus. Son los dos escritores que en una determinada época de mi vida me impactaron, allá por los años 50, cuando estaban en el apogeo de su fama y cuyas actitudes o declaraciones o lo que sea eran noticia, hasta de ocho columnas, cosa que ya no se ha visto jamás con un pensador.

L: ¿De qué forma lo influyeron?
AM: Bueno, Jean-Paul Sartre me impactó por la manera en que visualiza o vive la soledad del hombre. Es muy ilustrativo el caso que pinta de Roquentín, el personaje de La náusea, que de pronto se da cuenta de que todo es una gratuidad, que no hay nada... y a partir de ahí empieza a evolucionar su pensamiento. Eso fue lo que más me impactó de Sartre. De Camus, sus ideas de libertad y su conciencia social.

L: ¿Tiene libros de cabecera?
AM: Pues solía tener libros de cabecera, ahora ya tengo un problema para leer. El libro éste que estoy leyendo, Cuando fumar era un placer (de Cristina Peri Rossi), es doble placer porque trae un tipo de letra grande que me facilita mucho la lectura. Con un libro de letra pequeña ya batallo, y en la noche, suspendo mis actividades. Pero leo en el curso del día, en la mañana... al mediodía leo los periódicos, y en la tarde siempre leo.

L: ¿Cuáles serían esos libros de cabecera que tuvo?
AM: Pues, ¿qué te diré? Libros de teoría o novela y poesía. A mí me gusta mucho la poesía. Pero esos libros, qué te diría yo... los ensayos de Alfonso Reyes, de Octavio Paz o los dos libritos de Rulfo. Sí, hay cosas que te dejan tranquilo, que no te inquietan demasiado para dormir.

L: ¿Cuáles son los géneros que más lee?
AM: Bueno, generalmente ensayo y novela o narración en general. Son los dos géneros básicos, sin descuidar, por supuesto, la poesía, porque, como te digo, la poesía me gusta mucho.

L: ¿Usted cree que de todo libro, por malo que sea, se puede sacar algo bueno?
AM: Por lo menos, la ortografía.

L: ¿Está de acuerdo que se lee poco en estos días?
AM: Sí, es algo de lamentarse, en México se lee poco. Yo me quedo asombrado con los tirajes en España, en Argentina, en Estados Unidos, una cosa fantástica, y aquí no pasan las ediciones de 3000 ejemplares, y eso cuando es un éxito.

L: ¿Qué aconsejaría que se pudiera hacer para tratar de incrementar la lectura en México?
AM: En los últimos años se ha hablado de programas para estimular a los niños a leer pero para mí, y lo digo por mi caso, la mejor manera es que los padres los estimulen, que los vean leer a ellos para que el niño tenga también curiosidad o ganas de leer. Fue mi caso, porque a mí me llamaba la atención que todas las noches veía a mi padre con un libro o con una revista, bueno, “qué será eso que tanto le atrae”, pensaba yo, ¿no? Y tan pronto como aprendí a leer, inmediatamente empecé a devorar libros. Allá en los años 40 y 50 fue cuando leí más, ya después, los trabajos... se hizo más esporádico, pero la lectura es, como le llaman, “el vicio impune”, no lo deja uno, igual que... [levanta una mano y muestra un cigarro encendido].

L: A lo largo de toda su vida como lector, ¿qué cambios importantes ha visto en los libros, en la escritura, en la edición...?
AM: Bueno, ahora hay más títulos, y mejor editados. Hay también la tendencia en muchos escritores a escribir en forma más amena de manera que te captan la atención de inmediato. Antes, generalmente los libros eran de páginas opacas, letra muy pequeña y renglones muy cerrados; ahora no, ya procuran pulirse en las ediciones.

L: ¿Qué libros está leyendo en estos días?
AM: Pues, todos estos libros que tengo a la mano... La cultura, todo lo que hay que saber (de Dietrich Schwanitz), y éste que está fabuloso, que me ha gustado mucho: El siglo de Sartre (de Bernard-Henri Lévy). Estoy leyendo otro, uno de Alberto Manguel, En el bosque del espejo, que es muy interesante y yo no le conocía más que un libro, el de Una historia de la lectura, que también es fascinante.
[Lecturas 2. Septiembre-diciembre de 2003]