martes, 20 de septiembre de 2011

Entrevista a Claudia Piñeiro (1a de 2 partes)



Ecos de la FIL-Saltillo 2011

Claudia Piñeiro en la FIL-Saltillo 2011. Foto: Jesús Guerra


Entrevista a Claudia Piñeiro
(Primera de dos partes)

Ana Laura Cadenas

El sábado 10 de septiembre, dentro del marco de la décimo cuarta Feria del Libro de Saltillo (y primera Internacional), la escritora argentina Claudia Piñeiro presentó dos de sus novelas recientes: Las viudas de los jueves (2005; Alfaguara, 2007), ganadora del Premio Clarín de Novela 2005 —obra con la cual alcanzó el reconocimiento internacional, que fue llevada a la pantalla grande por Marcelo Piñeyro— y Las grietas de Jara (Alfaguara, 2009), ganadora de la edición 2010 del Premio Sor Juana Inés de la Cruz.

Nacida en Buenos Aires, Argentina, en 1960, Claudia Piñeiro es narradora, dramaturga, guionista de televisión y colaboradora de distintos medios impresos. Ha obtenido diversos premios nacionales e internacionales por su obra literaria, teatral y periodística.

La presentación, a cargo de Marcela González Durán, directora de Alfaguara México, fue una divertida charla en la que se tocaron muchos aspectos de las novelas, desde el proceso creativo, el desarrollo de personajes y, por decirlo de alguna manera, la sana «obsesión» de Claudia Piñeiro por los asesinatos.

El domingo tuve la oportunidad de sentarme a platicar con Claudia en el hotel Camino Real. A continuación les comparto la entrevista.



Ana Laura Cadenas: ¿Por qué leer?
CLAUDIA PIÑEIRO: Bueno, el tema de por qué leer a veces es muy difícil de transmitir porque a mí no me gusta esa cuestión de que hay que leer. El que no lee se pierde algo, pero hay muchos que nos perdemos muchas cosas, entonces si alguien no quiere leer, ¿cómo obligarlo? No, no me parece. Pero sí que me da pena que se pierdan un montón de cosas que los que leemos tenemos.

A mí me pasó, por ejemplo, que como manejo mucho siempre llevo un libro conmigo a donde voy, porque me da esa como desesperación de que si llego y tengo que esperar en algún lado y no tengo un libro algo va a pasar, entonces yo llevo [libros] muchas veces en el auto, no para leer obviamente mientras estoy manejando sino cuando llego; y una vez uno de mis hijos, cuando era muy chiquito, agarró el libro y me dijo: «¿Pero qué hay acá adentro que lo llevas a todas partes?» Y un poco eso es lo que a uno le gustaría transmitir, que hay allá adentro un montón de cosas para descubrir; no solamente historias y personajes, sino también el rescate del lenguaje que es algo que nos constituye como seres humanos. Entonces, eso lo tiene que descubrir el otro.

Creo que de todos modos en el caso de los niños es un proceso de iniciación. Si alguien los inicia en la lectura es mucho más fácil que si la descubren solos. Pero es casi una cuestión también mágica, ¿no?, eso de que algunos pueden dejarse seducir por la lectura, y hay otros que no. Lamentablemente es así.

¿Cuándo empezaste a leer?
Empecé a leer en el colegio, básicamente. Mis primeras lecturas eran orientadas por las maestras. Mis padres me compraban libros cada tanto. Para ellos leer era un valor, pero no era una familia lectora que tuviera grandes bibliotecas y que estuviera incentivando todo el tiempo; simplemente era una familia sencilla que sabía que leer era bueno y que cuando podían ahorrar plata me compraban algún libro, pero el descubrimiento de las lecturas vino más a partir del colegio.

A veces hay libros que sirven de introducción, porque la lectura también tiene un primer momento que tiene que ver con poder manejar bien la capacidad de lectura, más allá de lo que estás leyendo. A veces sucede en la Argentina, no sémo será en México, que hay chicos que llegan al séptimo grado de la primaria sin leer de corrido y bien, y esos chicos nunca van a poder apreciar la literatura porque les cuesta la función lectora. Entonces hay una cuestión de entrenamiento. Lo mismo que hay gente que dice «yo tardo un año para leer una novela», y uno que está acostumbrado a leer más seguido quizá la lea en dos días. Cuando uno está leyendo seguido, lee más rápido, y cuando dejas un tiempo de leer, te cuesta retomar. Entonces hay una cuestión de entrenamiento en lo que es leer, más allá de lo que estés leyendo, que es importante y que también se ejercita.

Después hay que lograr ese paso. A mí me parece que hay libros que sirven del pase de un lado al otro. Que pueden ser de lectura más sencilla pero que te sugieren que hay algo más que un best-seller, o que hay algo más para descubrir en otros autores. Yo me acuerdo que a Harold Bloom, que odia los libros de Harry Potter, alguien le decía en un reportaje «pero bueno, aunque sea nos sirve para que inicien [a leer]» y él decía que no, porque entonces después van a leer a Stephen King. Bueno en realidad Stephen King tampoco está mal, es como que [Harold Bloom] lo dice desde una soberbia demasiado alta de lo que sirve y lo que no sirve. Entonces son todos pasajes, ¿no?, uno pasa por Stephen King, que es un maestro de lo que hace, y después puede ir a otra cosa, y así...

Claudia Piñeiro y Marcela González Durán


Yo soy una fan de Harry Potter, y a mí leer Harry Potter no me quita de leer otras cosas.
Exactamente. Y Stephen King tiene libros maravillosos también. O sea, me parece que esa postura tan elitista de la literatura no sirve justamente para fomentar la lectura, ¿no?

¿Libros favoritos, autores que te hayan gustado mucho?
Los dos autores que más sigo actualmente son David Lodge, que es un inglés, y Coetzee, que es un sudafricano, ganador del premio Nobel, y me gusta tener alguna novela de los dos para leer porque Coetzee es muy duro. Uno de sus libros favoritos míos, que más me gusta, es un libro que se llama Desgracia, y es un libro de unas imágenes demasiado fuertes, entonces me gusta siempre estar leyendo un libro de él y uno de Lodge que tiene una ironía y un humor muy ácido, como es el humor inglés, y que a mí me divierte mucho, y que habla mucho de los mundos universitarios y del querer aparentar que son tan importantes si no son tan importantes, etcétera. Son dos autores que en la actualidad sigo bastante. Después leo mucho literatura nueva que sale en mi país, de autores jóvenes que generalmente se editan en editoriales más alternativas, como para saber también qué está escribiendo la gente, ¿no?, por dónde pasan los intereses, cómo se apropian del lenguaje, etcétera, y ahí te encontrás con cosas muy interesantes que a lo mejor no tienen circulación, a lo mejor no llegan a otros países, pero que son muy buena literatura. Y después, bueno, hay autores que me gustan mucho como Chéjov, Cheever o Carver, y un libro que me encantó leer fue En busca del tiempo perdido, Por el camino de Swann, que es un libro difícil para entrar para el lector que no está acostumbrado como a esa morosidad, pero una vez que te dejas llevar es así como de una perfección impactante.

¿Hacia qué tipo de género te inclinas?
A mí lo que más me gusta leer es novela. Ahora, dentro de la novela, los géneros ya no me interesan tanto; sigo más a los autores que a los géneros. Entonces puedo leer a Simenon, no porque sea policial sino porque me gusta, y puedo no leer otras cosas del género policial. Dentro de, digamos, cuento, novela, poesía, lo que más me atrae leer es novela, y dentro de eso, los autores que sé que no me van a defraudar; y siempre trato también de descubrir alguno nuevo.

¿Tienes libros de cabecera? ¿Qué tienes en tu casa que estés leyendo?
Las casas de los escritores, en general de los que conozco, son un caos de libros, porque los libros crecen como hongos. Vos los ordenás y al rato tienes de nuevo pilas de libros por todos lados y nunca alcanzan las bibliotecas para ordenarlos, porque además te regalan libros y te mandan libros y vos te comprás libros, entonces es un crecimiento tan exponencial que es imposible. Así que, digamos, tengo pilas de libros cerca de mi cama, por todos lados, para leer y después no los puedes leer todos, pero los tengo ahí por el deseo de... bueno, en algún momento los voy a leer, pero hay algunos libros a los que se recurre más veces. Por ejemplo, hay libros de George Steiner, que es un filósofo que habla mucho sobre el lenguaje, que cada tanto releo, o algunos libros de Barthes como El placer del texto o La preparación de la novela. Los que releo, que tengo más de cabecera, tienen más que ver con el ensayo literario que con la novela en sí misma.

¿Crees que de todo libro, por malo que sea, se puede sacar algo bueno?
No, me parece que no. [Ríe] No, el libro es un objeto, entonces, digamos, literariamente, a todos no se les puede sacar algo. Hay libros que no son de literatura, son de otra cosa. Un libro de recetas de cocina es un libro de recetas de cocina y alguien podrá hacer una comida muy rica con eso, ahora, eso no es literatura. Y con otras cosas más cercanas a la literatura también pasa que a veces un libro puede generar otras sensaciones pero no la de estar leyendo literatura, no. Eso más allá de la calidad o no de los textos, ¿no? Hay libros que están pensados para otra cosa. Para entretener, para pasar el rato.



¿Crees —digo, obviamente no sabes mucho de México pues no has estado aquí mucho tiempo, pero en Argentina—, crees que se está leyendo más, se está leyendo menos, se está perdiendo la lectura?
Mira, en realidad hay una cosa muy contradictoria que es que las generaciones nuevas lo que hacen todo el tiempo es comunicarse a través de la palabra escrita, porque los mensajes de texto, los chats, el Twitter, el Facebook, es todo palabra escrita. Uno escribe y el otro lee. Entonces la palabra escrita está como en su apogeo de alguna manera. Eso no quiere decir que esas generaciones lean literatura, ¿no? Me parece que siempre, en todas las épocas, la literatura fue para pocos; en una sociedad, la mayor cantidad de gente no lee, siempre son como un círculo reducido, y es como la obligación probablemente de políticas de Estado y demás lograr que la gente lea, fomentarlo, acercar los libros. Porque la cuestión también es la cercanía de un libro, ¿no?, si un chico no tiene libros en su casa va a ser bien difícil que lea. El acceso gratuito a bibliotecas y demás, todo eso fomenta la lectura. Pero me parece que siempre, de todos modos, los lectores, siempre son como minoría en una sociedad.

En Argentina, ¿cómo ves eso del fomento a la literatura?, ¿crees que se está dando?
Hay planes interesantes, hay planes que hace la CONABIP, que es el organismo que se ocupa de las bibliotecas populares. Hay planes de la Secretaría de Cultura y demás. Hubo unos cuantos años de retroceso en la educación pública, sobre todo en la década del noventa, y eso no ayuda porque justamente no genera gente con potencial para disfrutar la lectura porque se traban al leer. Entonces hay que empezar por una cuestión ya como de base. Ahora, a mí me parece cuando voy a otros países de Latinoamérica que tengo la sensación de que hay mejores planes de lectura. Cuando fui a Perú, por ejemplo, hace unos años, tenían estipulado, desde el gobierno, por ejemplo, cuántos libros había que leer en la escuela por año. Está bien, uno puede decir «bueno a lo mejor no los leen», pero ya hay una cuestión con que el Ministerio de Educación diga hay que leer ocho libros en tal grado por año, es un objetivo que se les pone a los maestros. Porque a veces los maestros están apurados con otras cosas y dejan las lecturas de lado.

¿Qué estás leyendo ahora?
Ahora me traje para leer, para el viaje, dos manuscritos porque soy jurado de un concurso de novela en la Argentina, entonces tengo que leer 10 manuscritos y me traje dos. Pero además de eso, me traje un libro de un chileno que se llama Alejandro Zambra que se titula Los caminos para volver a casa. Es una novela de Anagrama que la presentó hace muy poquito acá en México. Y me traje un libro de cuentos que me prestaron de una autora argentina que es una mujer mayor, se llama Elvira Orphée, y ya no se consiguen sus libros, y alguien me prestó un libro de cuentos de ella también para el viaje.

Claudia, cuando no conoces un autor, ¿te lo recomienda alguien?, ¿es algo que vas a una librería, te llama la atención, lo compras?, ¿qué usas como referencia?
Hay una cuestión como de voyeur, de estar siempre espiando lo que leen los demás. Y los demás pueden ser un amigo, puede ser un librero; creo que se va armando como una cofradía. Uno sabe a quién preguntarle, «ché, qué te parece si leo tal cosa». Voy y me fijo en las librerías, pero sobre todo hablo con los libreros. O sea, todavía en Argentina hay tradición de librerías donde el que está vendiendo sabe muy bien lo que está vendiendo. Hay las de cadena en donde es más difícil y vos te das cuenta que saben menos, pero hay muchas librerías donde el librero funciona normalmente como alguien que te recomienda lecturas, y además que te recomienda a vos, que no es lo mismo que recomendarle a otro. Yo también, cuando me piden que recomiende libros, quiero saber a quién se lo voy a recomendar porque no a todas las personas yo les recomendaría lo mismo para leer, ¿no? Y bueno, yo [me guío] de esa manera también, por las notas que salen en los diarios, por las críticas o las notas que salen en los suplementos culturales, que a lo mejor aparece un autor que me interesa, y mucho, mucho, por recomendación.


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